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Sin paciencia para el amor

Sin paciencia para el amor

Sin paciencia para el amor
enero 03

El amor requiere paciencia y cuidados, y en una época de resultados rápidos y recompensas inmediatas, retrocede, lo mismo como relación de afecto y entrega que como motivo de inspiración para el arte. Ese es el diagnóstico del crítico cultural David Masciotra en The American Conservative.

En 2014, señala Masciotra, el Journal of Advertising Research publicó un estudio en que documentaba el declive en las referencias al amor en la música popular. La palabra había caído por debajo de expresiones como “pasarlo bien” y aun de epítetos malsonantes como el despectivo nigger (negro) en la lista de los términos más utilizados en las canciones de mayor éxito de los 2000.

El crítico musical John Blake notó siete años atrás que R&B [ryhtm and blues], el género de grandes artistas como Al Green o Aretha Franklin, ya no producía canciones de pasión romántica. La única palabra de cuatro letras que no se permite en el hip-hop es ‘amor’. La sexualidad es primariamente un medio de conquista misógina, y no vale la pena establecer lazos de afecto comprometido”.

Recientemente –añade–, Esquire reportó que ‘los asiduos al cine están cansados del romance en la pantalla’. Un columnista, en The Washington Post, afirmó que ‘la comedia romántica está muerta. Bien’. Ambos artículos atribuyen la falta de interés del público cinéfilo por el amor a las cambiantes costumbres sociales, que ahora hacen que los ‘clichés’ de las películas ‘chico-conoce-a-chica’ resulten ‘ofensivos’”.

Masciotra apunta que, de igual modo, se ha hecho corriente que críticos “de vanguardia” deconstruyan populares historias de amor, como Pretty Woman o Say Anything, “reimaginándolas como historias de depredación de mujeres que sucumben al acoso sexual. Nada importa que la mayor audiencia de esos filmes hayan sido y siempre serán las mujeres”.

El autor cita, a modo de ejemplo, a un escritor que ha reducido cualquier intento de seducción masculina a un esquema de “perpetuación de las expectativas culturales regresivas de la sociedad para con los roles de género”.

El declive del amor y el cortejo parece haberse extendido entre la gente, observa Masciotra. “Como profesor de una pequeña universidad, continuamente me choca la lánguida esterilidad del aula contemporánea. La mayoría de los alumnos y las alumnas visten pantalones deportivos y mocasines, raramente hablan, y pasan más tiempo mirando sus teléfonos que mirándose entre ellos”.

Cita además al filósofo Erich Fromm, autor de El arte de amar, para quien el amor, como cualquier arte –como la ingeniería, como la pintura, como tocar un instrumento– necesita conocimiento y esfuerzo.

“‘Toda nuestra cultura –explica Fromm– se basa en un apetito por comprar’. En consecuencia, la mayoría de las personas piensan en el amor solo como adquisición –cómo pueden ellas mismas ser amadas–, antes que en aprender cómo amar a otras. Enamorarse es involuntario, pero proteger y conservar un amor más maduro y perdurable, exige que el amante tenga la disciplina, la madurez y la fe necesarias para ‘mantenerse enamorado’”. El amor depende también “de una relativa falta de narcisismo”, y por tanto, “requiere el desarrollo de la humildad, la objetividad y la razón”. Pero todas esas virtudes, añade Fromm, son atacadas por la “alienada cultura del éxito”.

Por ello, dice Masciotra, “en una cultura que se mueve por la gratificación instantánea (…) puede parecer que el amor exige demasiado esfuerzo”. Muchos se contentan con el hookup (relación sexual ocasional), “expresión propia de gente que cree que el romance debe funcionar como un aparato electrónico: se conecta a la corriente y se pulsa el botón de encendido”.

ACEPRENSA, 02-01-2019

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Humor

El cardenal Richelieu (1585-1642) era hombre de pocas palabras. En una de las fiestas en que se veía obligado a participar, permanecía apartado del resto de los invitados y se dedicaba a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Notando su soledad, un duque se le acercó y le dijo:

—¿Se aburre, su eminencia?

—No —contestó lacónicamente Richelieu.

—¿De veras no se aburre, su eminencia? —insistió el duque al rato.

—No, estimado duque; no me aburro jamás, a no ser que los demás insistan en aburrirme.

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención. El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.