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CHALECOS BASTANTE ROJOS

CHALECOS BASTANTE ROJOS

CHALECOS BASTANTE ROJOS

Lillian Calm escribe: “Si el movimiento galo se llama ‘chalecos amarillos’ es sin duda por aquellos reflectantes que utilizan los conductores cuando están en panne para que, al bajarse del vehículo, los divisen desde lejos, tanto de noche como de día. En Chile los manifestantes no han usado chalecos pero no importa: yo los imagino y casi los veo vistiendo chalecos muy rojos porque intuyo que aquí el motor, el principio y el fin, ha sido obedecer ciegamente a consignas ideológicas”.

 

El título, “chalecos bastante rojos”, nada tiene que ver con los que debe vestir Santa Claus. Y quienes se han levantado contra Emmanuel Macron, el sábado pasado ya por sexta vez,  han sido los denominados “chalecos amarillos”; no rojos. Es la expresión callejera de una población enardecida, unida en sus inicios para protestar ante el alza del impuesto a la bencina en Francia. Pero como soy mal pensada, en Chile lo que he visto en las últimas semanas, y en suelo criollo, no han sido chalecos amarillos sino rojos. Y bien rojos.

Si el movimiento galo se llama “chalecos amarillos” es sin duda por aquellos reflectantes que utilizan los conductores cuando están en panne para que, al bajarse del vehículo, los divisen desde lejos, tanto de noche como de día. En Chile los manifestantes no han usado chalecos pero no importa: yo los imagino y casi los veo vistiendo chalecos muy rojos porque intuyo que aquí el motor, el principio y el fin, ha sido obedecer ciegamente a consignas ideológicas.

Me explico: hace unos días encendí el televisor a la hora de las noticias y en vez de sintonizar de inmediato los canales españoles, como suelo hacerlo en defensa propia, me detuve, algo rarísimo en mí, en los chilenos.

El presidente del Tribunal Constitucional, el abogado Iván Aróstica, caía violentamente al suelo y era bien golpeado y pateado y garabateado al salir al Paseo Huérfanos, tras presidir la audiencia en que diecinueve agrupaciones expusieron sobre un requerimiento de parlamentarios de la UDI y de RN. ¿El fin de ese requerimiento? Declarar inconstitucional un artículo de la reforma al sistema de libertades condicionales para condenados por causas relativas a los derechos humanos, es decir, nada que ver con patear y re-patear al ministro Aróstica.

Por supuesto, él hizo la denuncia correspondiente ante Carabineros y se querelló por las agresiones al igual que el Ministerio del Interior, que lo apoyó, pero de esas denuncias y querellas, como es usual, poco o nada termina por saberse.

Continúo: apenas horas antes de ese mismo día, en un Liceo de Estación Central, el Presidente Sebastián Piñera promulgó la ley del Aula Segura, que establece el deber de un director de expulsar a alumnos que atenten violentamente contra su establecimiento.

Y en la promulgación de la ley se montó un verdadero show, también trasmitido por televisión: una profesora desplegó un cartel en que se leía: “Aula segura, demagogia igual al comando jungla”, pero no permaneció muda, sino que espetó ante los periodistas frases que lejos de ser espontáneas parecían esconder una asonante monserga ideológica.

Trascribo esa cantinela: “No me toque, no me toque. No estoy insultando a nadie. No puede ser que esté toda esta parafernalia. Esta es pura demagogia. Aquí no era necesario criminalizar a los estudiantes. No se le puede dar atribución al director de un establecimiento de ser juez y parte al mismo tiempo. Si hay delitos en este país, todos sabemos que para eso está la ley. Por eso decimos que es una pura demagogia (“decimos”, en plural), al igual como los comandos Jungla (¿?). Esta es pura parafernalia. Puro volador de luces. No están cautelando ninguna seguridad en todos nosotros…”.

¿Quiénes son “nosotros”? Ya lo dije. Como soy mal pensada no pude dejar de recordar las monsergas comunistas y de sus adláteres, que he oído tantas veces y que ahora especialmente están estallando por aquí y por allá procurando, hasta ahora sin resultados, provocar un desgobierno.

En el mismo día en el barrio Meiggs se armó la grande entre los locatarios establecidos y los ambulantes, y entre bandas de comerciantes ilegales. También se trasmitió in extenso por televisión y estuvieron presentes las monsergas de siempre.

Pero lo fuerte, lo violento, todo el furor y el ensañamiento, se produjo en Valparaíso con miras a que se plegaran a un paro local portuarios de todo Chile. Eso para mí no fue una mera petición laboral hacia una empresa. Fue solo destrucción, fuego, proyectiles: de todo vi en los videos filmados en el puerto. Hasta diputados comunistas…  en terreno.

 El fin propósito de fondo, al menos a mí, me pareció simplemente la destrucción por la destrucción, sin miramientos hacia el pequeño comerciante que vende más en esta época del año, ni tampoco hacia el operador turístico ni menos hacia el estibador o el afuerino que tiene (o tenía) programado, lícitamente, apreciar los fuegos artificiales de Año Nuevo. Esto, deduje, solo obedecía a órdenes de partido. ¿Y si no, por qué se ha llegado a esos extremos violentistas para tratar con empresarios?

Post Scriptum:

Y una diferencia primordial con los chalecos amarillos franceses: ese es un movimiento que nació espontáneamente y, como se ha señalado, al margen de los sindicatos y de los partidos políticos. Nada tiene que ver con la singularidad ya arcaica de nuestras reivindicaciones criollas.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 27-12-2018

 

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