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DDHH, condición sine qua non para la paz

DDHH, condición sine qua non para la paz

DDHH, condición sine qua non para la paz

¿Qué podemos hacer ante la aparición de nuevos derechos humanos, que no son humanos…? ¿Hace falta una nueva Declaración? ¿Hace falta una situación de terror como la que se vivía hace 70 años?

70 años después de la Declaración Universal, los derechos humanos atraviesan una gran crisis. Están atrapados entre el “progresismo” libertario occidental y el activismo de los 57 estados de la Organización de Cooperación Islámica que someten los derechos humanos a la sharia. Para salir de este callejón sin salida, habrá que reafirmar el arraigo de los derechos humanos en la naturaleza humana. No nos queda otra.

El pasado martes, conmemorando esta Declaración, asistí a la conferencia que pronunció Josep Antoni Durán Lleida, antiguo parlamentario europeo y miembro del parlamento español, con el título La familia y los derechos humanos. «Aún no hemos cumplido con el mandato constitucional de proteger la familia desde el punto de vista social, jurídico y económico. Se ha subestimado a la familia como célula básica de estructuración de la sociedad y auténtico motor y garantía del bienestar social. Que se lo pregunten, si no, a miles de personas que encontraron en sus padres o abuelos la supervivencia cuando la crisis económica les dejó sin trabajo. Se ha ignorado a la familia como escuela de transmisión de valores. ¿Recuerdan aquello de Tony Blair? “Un país es más fuerte cuanto más fuertes son sus familias”. Y se ha menospreciado a la familia como garantía de futuro. No se trata de prescribir cuántos hijos deben tenerse, sino de garantizar que quien quiera, pueda tenerlos (de media, 2,5 deseados, frente a 1,3 reales). En España, incluso lo poco que se ofrece de ayuda a la maternidad pagaba impuestos hasta la reciente sentencia del TS. A la hora de garantizar el derecho a no tener hijos, hemos ido más allá que nadie en la UE. Pero en lo que a la protección del derecho a tenerlos se refiere, estamos al final de la cola”».

¿Qué podemos hacer ante la aparición de nuevos derechos humanos, que no son humanos…? ¿Hace falta una nueva Declaración? ¿Hace falta una situación de terror como la que se vivía hace 70 años?

Ricardo Calleja, prof. del IESE, opina que «hoy sería imposible un consenso semejante. Ya entonces se logró el acuerdo gracias a que no se abrió el melón del fundamento de los derechos, y a los horrores de la guerra. Hoy el desacuerdo es más radical, especialmente por la definición de “derechos” y de “humano”: Los derechos son reconocidos en su pluralidad como la protección de esferas de libertad individual. Existe un derecho general de libertad que protege la expresión de cualquier estilo de vida. La pluralidad de derechos es solo enumeración reivindicativa de casos típicos, sin valor objetivo. Conceptos supuestamente centrales e indiscutidos como “dignidad” y “humano” se convierten en lugar de desencuentro».

“Lo que era mainstream hace unos años, ahora es puesto en duda e incluso es objeto de polémica: la diferencia esencial entre ser humano y animales (hace una semana hablábamos en este Blog de humanos-no-personas); la diferencia con la máquina; y el deber de conservar la especie frente a intentos de “mejorarla”.

En 1948 estábamos de acuerdo en la importancia de proteger esos derechos para asegurar la paz en el mundo y proteger la dignidad de las personas. Mientras que, ahora, se pone en duda el sentido de las palabras, y se presiona para cambiarlo, un ejemplo más de la toxicidad de las ideas que dominan el mundo en que vivimos. Frente a este nuevo concepto, en nuestra mano está reconocer los derechos arraigados en nuestra naturaleza humana, y hacer posible que los que nos rodean, al menos, puedan disfrutarlos.

Nuria Chinchilla, en blog.iese.edu.

ALMUDI, 15-12-2018

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Durante el mandato de Napoleón Bonaparte se pintó un banco de los jardines del Palacio de las Tullerías (por aquel entonces residencia imperial). Para evitar que alguna de las damas de la corte manchara su vestido al sentarse, ordenó colocar a un soldado de guardia con el propósito de avisar que la pintura todavía estaba fresca.

Cuando la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III se instaló en el Palacio de las Tullerías se percató que había un soldado de guardia frente a un banco del jardín.

Tras observar varios días seguidos que dicho asiento siempre estaba vigilado por alguno de los soldados del palacio, se interesó por el asunto y descubrió que aquella orden dada por Napoleón I cuarenta años atrás ¡nadie se había ocupado de anularla!

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