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NO SOLO OFERTONES: TAMBIÉN ES NOCHEBUENA

NO SOLO OFERTONES: TAMBIÉN ES NOCHEBUENA

NO SOLO OFERTONES: TAMBIÉN ES NOCHEBUENA

Lillian Calm escribe: “Tratando de hacer un parón ante tanto acoso (porque esta sociedad de consumo también es acoso) decidí retomar la lectura de un libro que detalla una de las muchas visiones de Ana Catalina Emmerick, mística alemana beatificada por san Juan Pablo II”.

Solo el domingo 2 comenzó el Adviento, del latín “adventus”, venida. Es decir, la preparación de la Navidad o natividad de Jesucristo, la venida de Jesús cada 25 de diciembre aunque desgraciadamente son muchos en el mundo los que ni siquiera saben qué se celebra.

En las casas comerciales esa preparación -no digamos de la venida de Jesús sino, hablemos claro, de las más suculentas ventas del año-, comenzó muchísimo antes con ofertas y ofertones de todo tipo de mercadería y, por supuesto, también con belenes desfasados del tiempo litúrgico. Podemos decir que más bien ha obedecido al “tiempo” comercial.

Sí, porque no habían terminado de retirar de las vitrinas esas horribles máscaras de Halloween con brujas, esqueletos y otros elementos truculentos que buscaban producir terror, cuando la publicidad de consumo ya se había volcado sin pausa hacia la Navidad.

Tratando de hacer un parón ante tanto acoso (porque aquí también se puede hablar de acoso) decidí retomar la lectura de un libro que detalla las muchas visiones de Ana Catalina Emmerick, mística alemana beatificada por san Juan Pablo II.

En medio de este anzuelo mercantil invito a leer en estas cuatro semanas que se iniciaron el domingo que pasó, párrafos referentes al nacimiento de Jesús que esta religiosa agustina le relató al escritor germano Clemens Brentano. Él la visitó dos veces al día desde 1818 hasta 1824, año de su muerte, y pudo tomar nota de esos últimos relatos narrados por la vidente inválida.

Reproduciré unos que no solo nos ponen en sintonía con el Adviento y el nacimiento de Jesús, sino con el hecho más trascendental y eterno que hemos vivido los hombres en esta tierra.

Estas vivencias no son dogma de fe. No hace falta creer en ellas, pero nos ayudan a irrumpir con piadosa indiscreción en algo de lo mucho que ocurrió ahí en Belén esa noche. Y que sigue ocurriendo cada Nochebuena.

¿Por qué ocurre cada Nochebuena? El Papa Benedicto XVI explica en palabras muy sencillas la razón del tiempo verbal “presente”. Al comentar, durante su pontificado, un texto de la liturgia leyó: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador”. Y acto seguido: “Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado —Dios ha venido— ni el futuro, —Dios vendrá—, sino el presente: ‘Dios viene’. Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento ‘Dios viene’”.

Pero centrémonos ahora en textos de Ana Catalina Emmerick: “He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis (…) El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía.

Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.

Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces que los ángeles, en forma humana, se hincaban delante del Niño recién nacido para adorarlo.

Cuando había transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretase contra su corazón el Don Sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos y, derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo.

María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. ‘¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!’”.

Por mi parte yo solo me aventuro a releer la escena y no tengo nada que agregar. No me atrevería.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 29-11-2018

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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