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México a la izquierda

México a la izquierda

México a la izquierda

Se llegó el día. México traspasa poderes del priista Peña Nieto a Andrés Manuel López Obrador, catapultado por un partido nuevo de izquierda, Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), una amalgama de fuerzas de izquierda incluida la corriente más identificada así desde un PRI fracturado y con una génesis que ha trocado de partido a partido hasta hoy.

Es la primera vez que la izquierda ocupará la presidencia de México. No arriba en la era dorada latinoamericana de esa corriente política. Y hoy tiene un nuevo presidente.

En el mensaje inaugural en esta ceremonia de investidura a la nación verificada el 1 de diciembre de 2018, López señala que inicia un cambio de régimen político. Una cuarta transformación –aludiendo a nuestra Guerra de Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana, las tres previas– y anticipa que será profunda y radical, pese a buscarla ordenada.

Promete López Obrador acabar con la corrupción y la impunidad “que impiden el renacimiento de México”. Se arroga el proyecto de hacer de la honestidad y la fraternidad, una forma de vida y de gobierno. La verdad es que es un mensaje nada nuevo, hay que señalarlo.

Supone su ascenso el arribo de un núcleo que releva a otro que por 35 años ha detentado el gobierno y deja resultados paradójicos bajo un modelo neoliberal, pero sin duda se distinguen tres temas incuestionables: recibe el país más violento sin una guerra civil, una crisis con más migrantes y una deuda externa brutal de 10 billones de pesos. Unos 500 millones de dólares. No está a debate la herencia priista en esos rubros y sobre todo, en la enorme desigualdad que asoma y nos es insultante e injusta.

Considerando al modelo neoliberal como un fracaso, como calamidad y desastre lo ha llamado, anuncia su cese. No dice cómo. Barrunta un proyecto distinto porque debe cesar la extenuante transferencia de bienes y empresas públicas a inversiones extranjeras; debe terminar acabando con la corrupción y con la impunidad. Suena a quimera. Pero suena a necesario actuar. Ha guardado silencio frente al narco. Eso sí, promete a voz en cuello no ordenar que las Fuerzas Armadas repriman al pueblo. No perseguir al pasado, sino solo si el pueblo lo pide. Poner fin al aforamiento tan dañino sigue en el debate y por el bien ya es apremiante no perdernos y atender, coincido, “primero los pobres”.

Ciertamente, no salen las cuentas a menos que haya una cordura y una disciplina financiera. No aumenta impuestos, baja el IVA, pero promete gasto sin endeudamiento. Y este ya no es posible, pues estamos ahogados.

De momento presenciamos un traspaso de poderes y a este grupo de izquierda no afecto a los militares de los que tendrá que echar mano para pacificar el país, confrontado con un empresariado voraz y rapaz en muchos casos y arropando denuncias de los abusos existentes del pasado reciente, llega legitimado con un capital político de 30 millones de votos, pero ¡ojo! supone que no todos lo han secundado siempre, así que puede ser una mayoría volátil. Ojalá que sea consciente de ello porque los electores como nunca antes, dejaron claro que echarán a quien haga falta.

López Obrador como presidente ha dicho que un ciudadano le espetó un “no tienes derecho a fallarnos”. “No tienes derecho a fallarnos” y tiene razón. Esperamos resultados, no milagros. Así de sencillo. Y mi respiro llegó al oírle decir que no buscará reelegirse. Créame que no es poca cosa decirlo.

Columna de Marcos Marín Amezcua.

EL IMPARCIAL, España, 01-12-2018

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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