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Jorge Edwards: Esclavos de la consigna

Jorge Edwards: Esclavos de la consigna

Jorge Edwards: Esclavos de la consigna
diciembre 06

Lumen. Barcelona, 2018. 320 páginas. 18,90 €. Segunda parte, que puede leerse autónomamente, de las memorias del escritor y diplomático chileno, Premio Cervantes. Un retrato inolvidable de su trayectoria, de su país, del castrismo, y de figuras como Pablo Neruda o Carlos Fuentes. Por Carlos Abella

Tengo especial debilidad por Jorge Edwards, por su elegancia, criterio y capacidad de sugestión literaria, tanto temática como estilística, y un poco alejada de la inspiración más peculiar y novedosa de los llamados autores latinoamericanos fueran del boom, o seguidores de ese moda identificada con los años sesenta y posteriores. Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de Chile y en la de Princeton, en Estados Unidos, y fue durante sus estudios en esta universidad norteamericana, cuando asistió a un conferencia de Fidel Castro en abril de 1959 (páginas 122-123), donde refiere que un buen amigo suyo, Alan Brilliant “se había interesado en las primeras etapas por el personaje de Fidel Castro pero muy pronto, cuando comenzaron los procesos de La Habana y los fusilamientos de gente de la época de Batista, después de juicios sumarísimos, se puso a expresar con insistencia una gran reserva, un crítica decidida. Eso de tomarse la justicia por su mano y de fusilar a centenares de personas en estadios o en los patios de un cuartel, con asistencia de público, al estilo de las tejedoras de los años duros de la Revolución francesa al pie de los cadalsos, no le gustaba absolutamente nada”.

Y confiesa Edwards: “Yo y Pilar (su mujer) no le hicimos suficiente caso. Debimos tomar el tema mucho más en serio; eso nos habría ahorrado el tiempo y los errores que son propios del entusiasmo excesivo, no bien corregido por la revisión crítica. Y tomé distancias más o menos tempranas con respecto al castrismo… pero había elementos que me habrían permitido distanciarme mucho antes a pesar de la ola general de beatería de rampante fanatismo”.

Este párrafo ya podría servir de argumento en favor de mi debilidad, porque Edwards ya hace con él una sencilla declaración de distancia de esa consigna a la que con acertada ironía dedica el título de estos nuevos recuerdos, que como Los círculos morados tanto y tan bien nos han permitido conocer la rica variedad de las sociedades americanas, de sus elites intelectuales y de cómo se pudo generar la tremenda ola creativa que asombró al mundo con la prosa de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, y de tantos otros que dieron vitalidad a las editoriales en español, acreditando la vigencia y riqueza de nuestra lengua en todo el mundo.

Estas memorias tienen además el atractivo de ofrecer una visión muy perspicaz de sus andanzas europeas como diplomático en las ciudades en las que estuvo destinado y en las que quiso presenciar con sus ojos las descripciones de las calles, cafés, y ambientes de las novelas de los grandes autores clásicos de la narrativa española y francesa. Especialmente curiosa es su excursión a Ginebra a una reunión del GATT (páginas 108-109), donde Edwards acude para conocer y expresar a este organismo internacional el deseo del gobierno chileno de conocer las prácticas del libre comercio y de crear una zona de libre comercio en Latinoamérica, idea revolucionaria en ese tiempo y que pretendía establecer puentes y pasarelas para una integración de las economías y de las sociedades de esas repúblicas.

Valoro su obra y estas memorias por su talento y no por su pertenencia al círculo de los que él define como “esclavos de la consigna”. Es dura la narración de varios episodios relacionados con la brusca personalidad de Pablo Neruda, descrita en varios de sus encuentros en Santiago de Chile y en París. En cambio me ha encantado el capítulo 12 dedicado a la personalidad de Carlos Fuentes, al que conoce precisamente en la casa de Neruda en San Cristóbal: “Era un éxito el suyo y sobre todo visto desde el Chile de comienzos de los sesenta, de aire extranjero, que venía del vasto mundo, que tenía algún tipo de relación con el cine, con la gloria de escritores como Ernest Hemingway o Jean Paul Sartre, de gente de esos niveles…¡que aura la de Carlos Fuentes!”.

Su obra literaria se inició con la publicación de su primer libro en 1952, una recopilación de cuentos titulada El patio. En 1954 comenzó su carrera diplomática y, en 1962 obtuvo su primer nombramiento como secretario de la Embajada de Chile en París, año en el que publica como cuento “Gente de ciudad”, y responsabilidad que mantuvo hasta 1967, y durante esta primera misión diplomática en la capital francesa trabó amistad con Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, entre otros. Su nombre está asociado, por tanto, al llamado boom latinoamericano. Fue enviado a La Habana en 1971 por el Gobierno de Salvador Allende quien lo nombró encargado de negocios en la embajada chilena en Cuba y de donde fue expulsado por el régimen de Castro. Fruto de esas experiencias sería su obra Persona Non Grata que le granjeó la enemistad de las fuerzas políticas de izquierda y creó una gran polémica entre los escritores latinoamericanos hasta el extremo de que Julio Cortázar diría: “Ese Jorge Edwards es mi amigo, pero no tengo ganas de verlo”.

Otra de sus criticas fue expresada por la escritora Margarita Aguirre que le definió así: “Lo que pasa es que JE no quiere pelearse”. El libro era una crítica de la sociedad cubana y consiguió ser prohibido tanto por el gobierno cubano como por el chileno. A su regreso de Cuba, Edwards fue enviado de nuevo como secretario de embajada a París, donde estaría a las órdenes de Pablo Neruda. Tras el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, Edwards abandonó la carrera diplomática, exiliándose en Barcelona, donde trabajaría en la editorial Seix Barral dedicándose a la literatura y al periodismo. En 1978 regresó a Santiago de Chile y, restablecida la democracia, el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle le nombró embajador ante la Unesco (1994-1996). En 2010 fue designado embajador en París por el nuevo Gobierno de Sebastián Piñera, político al que Edwards había apoyado. Es Premio Cervantes del año 1999 y tiene la nacionalidad española desde 2010.

Como resumen de estas líneas y expresada su trayectoria diplomática y literaria a grandes rasgos, hago mías las palabras del escritor Juan José Armas Marcelo, que define a Edwards y sus memorias como: “Hoy por hoy, me atrevo a decir en voz alta que Edwards es el memorialista actual más relevante en las literaturas de lengua española; chileno del mundo, enamorado de la literatura de Francia, y de todas las literaturas del universo, Edwards mantiene la memoria fresca, cercana, cómplice; cómplice, digo, de las palabras, de la certidumbre de la palabra flaubertiana”. Así es.

Carlos Abella. EL IMPARCIAL, España, 25-11-2018

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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