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Tomas Alva Edison: Una mentira de su madre pudo cambiar su destino

Tomas Alva Edison: Una mentira de su madre pudo cambiar su destino

Tomas Alva Edison: Una mentira de su madre pudo cambiar su destino
noviembre 22

La psicología y la tenacidad de la progenitora de este científico fue determinante en su capacidad inventora

 

Si la madre de Thomas Alva Edison (1847-1931) viviera actualmente, debería celebrar su santoral el 9 de noviembre, el Día Internacional del Inventor (incluso a pesar de no llamarse Almudena). Sin embargo, esa fecha no guarda relación con Edison, Tesla, Arquímedes, Franklin ni Leonardo da Vinci; sino que se conmemora el nacimiento de la actriz e inventora Hedy Lamarr, que aunque desconocida para el gran público, fue la creadora de una técnica de modulación –espectro ensanchado– empleada en el campo de las telecomunicaciones.

Pero volviendo a Edison, una de las figuras más emblemáticas de la ciencia del siglo pasado y que no deja indiferente a nadie que se acerque a su biografía. Nació en Milán (Ohio) y era el más pequeño de siete hermanos. Su madre era maestra de escuela y su padre era un activista político canadiense que no tuvo más remedio que exiliarse a los Estados Unidos.

Parece ser que Thomas no era un niño «fácil» en el colegio: propenso a la distracción, enormemente impulsivo y con gran facilidad para multifocalizar su atención, posiblemente a más de un lector estos síntomas no le resulten ajenos ni desconocidos.

El día que expulsaron a Edison del colegio

Cierto día, cuando Edison tenía ocho años, llegó del colegio apesadumbrado porque su maestro le había encomendado entregar una nota a sus padres. Su madre, Nancy Elliot (1810-1871), la leyó bajo la atenta mirada del pequeño.

– ¿Qué pone? –acabó preguntando.

Con lágrimas en los ojos Nancy leyó a su hijo el contenido de aquella breve misiva.

– Su hijo es un genio, esta escuela es muy pequeña para él y no tenemos buenos maestros para enseñarlos. Por favor, enséñele usted en casa.

Nancy abrazó a Thomas y le dijo que no se preocupara, que a partir de ese momento se encargaría personalmente de su educación. Y eso fue exactamente lo que sucedió.

Su madre no le debió hacer nada mal, si tenemos en cuenta que a los 15 años Edison comenzó a trabajar como telegrafista y, un año después, alumbró su primer invento: un repetidor automático capaz de transmitir señales de telégrafo entre diferentes estaciones. A este le seguirían más de mil inventos.

La madre que había detrás del genio

Muchos años después, cuando Nancy ya había fallecido y Edison era un inventor reconocido a nivel internacional, encontró por casualidad la nota. Cuál fue la sorpresa cuando leyó sobrecogido su verdadero contenido :

– Su hijo está mentalmente enfermo y no podemos permitirle que venga más a la escuela.

Edison lloró amargamente tras conocer la verdadera historia. Cuando se repuso, escribió en su diario: «Thomas Alva Edison fue un niño mentalmente enfermo, pero gracias a una madre heroica se convirtió en el genio del siglo».

¿Qué hubiera pasado si su madre se hubiera dejado arrastrar por el modelo escolar que exigía silencio, escuchar sin hablar y seguir un hilo narrativo escolar perfectamente estandarizado? Quizás ahora no tendríamos electricidad. Espero que el lector esté de acuerdo conmigo en que deberíamos de acordarnos de Nancy Elliot, por motivos más que sobrados, todos los 9 de noviembre.

Pedro Gargantilla. Médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

ABC, España, 17-11-2018

 

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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