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Memento Mori

Memento Mori

Memento Mori

En la recientemente estrenada película Rapsodia Bohemia –que narra la vida de Freddie Mercury y la banda Queen–, el cantante tiene un momento de sinceridad con sus compañeros, con los que busca reconectarse después de una experiencia como solista que lo dejó insatisfecho.

Trabajé con músicos y, al decirles lo que quería, eso hacían”, se queja Mercury, interpretado por Rami Malek. “Nadie me rechazaba nada, como hace Roger; nadie me reescribía nada, como me hace Brian, y nadie se me quedaba viendo raro, como hace Deacon”.

En suma, en esa escena, el líder de la banda lamenta que esos músicos contratados siempre le hubiesen dado por su lado, que no le hubiesen advertido en qué se equivocaba, que le hubiesen aplaudido todo sin hacerle sugerencia alguna.

A reserva de confirmar la precisión histórica de dicho diálogo, el guionista de la película, el neozelandés Anthony McCarten, manda a los espectadores un poderoso mensaje: ni un genio musical como Freddie Mercury puede prescindir de consejos.

A lo largo de mi trayectoria de tres décadas en los medios de comunicación, he sido jefe y he sido subalterno. De hecho, sigo siendo una cosa y otra.

Con mis superiores y con mis compañeros de redacción he tratado siempre de aplicar un principio: no me gusta el “sí, señor” desprovisto de mirada crítica. Ninguno de ellos me dejará mentir.

A un jefe de nada le sirve que no le indiquen en qué se equivoca o qué aspectos no está advirtiendo a la hora de tomar una decisión o cómo podría alcanzarse mejor o más rápido un objetivo.

Para ello, los grandes hombres se han apoyado en asesores.

Por ejemplo, se habla mucho sobre los logros de Winston Churchill, un estadista que pasó a la historia por sus agallas, sus principios y su cálculo estratégico. Pero pocas veces se habla de Frederick Lindemann, el físico de origen alemán que se convirtió en brazo derecho del primer ministro y héroe de la Segunda Guerra Mundial.

Churchill y Lindemann se conocieron por casualidad en los años 20, en un partido de tenis. Aquél quedó impresionado por la capacidad de éste de explicar con sencillez temas científicos complejos y por sus habilidades como piloto de avión, una aspiración frustrada de Churchill. Ambos desarrollaron una amistad que se prolongó por casi cuatro décadas. Durante ese lapso, tuvieron una intensa correspondencia.

Tenista consumado –al punto de que alguna vez compitió en Wimbledon–, Lindemann fue designado por Churchill cabeza del S-Branch, un cuerpo de asesores que proveyó al gobierno británico de datos sucintos durante la Segunda Guerra Mundial, para ayudar a tomar decisiones sin demora, basados en información precisa.

La confianza de Churchill en su asesor y amigo tuvo sus límites. Cuando el primer ministro dudó que Lindemann tuviese razón en su convicción de que los nazis no poseían el misil balístico V2, tomó sus propias decisiones –y al final tuvo razón en hacerlo–, pero aquello fue la excepción y no la norma.

Churchill y Lindemann eran muy distintos en sus gustos. El asesor era abstemio, vegetariano y no fumador.

El primer ministro era todo lo contrario. Aun así, sus mentes lograron conectarse y juntos formaron un equipo que logró hacer historia.

Todo político que aspire a la grandeza necesita de consejos y de quien lo frene en sus impulsos. El político es responsable último de la toma de decisiones, pero realiza mejor su labor si tiene quien lo asesore de forma crítica y no sólo colaboradores que siempre le den por su lado y no le avisen cuando se está equivocando.

Tertuliano, el escritor de finales del siglo II y principios del siglo III, relata en su apologética cómo se desarrollaba el memento mori –frase proveniente del latín que significa “recuerda que morirás”–, una tradición de los conquistadores romanos.

Cuando se desarrollaba la ceremonia del Triumphus, el general que desfilaba victorioso por las calles de Roma rumbo al Campo de Marte era seguido por un siervo que le recordaba las limitaciones de su naturaleza.

Respice post te! Hominem te esse memento!” (“¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!”) era la frase empleada, según Tertuliano.

A todo hombre poderoso le sirve que le recuerden su naturaleza y le digan en qué se equivoca. Necesita, como dice Freddie Mercury en la escena de Rapsodia Bohemia, que haya quien lo frene y lo corrija.

La vanidad, el exceso de confianza y el aislamiento de quienes pueden dar consejos valiosos son pecados políticos que han hecho caer a más de uno.

Pascal Beltrán Del Río, Bitácora del Director

EXCELSIOR, México, 07-11-2018

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-Me encanta lo simple, pero no como marido.
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—El arte de los impuestos consiste en desplumar el ganso en orden a obtener el máximo de plumas con el mínimo de alaridos.
El jefe de gobierno de la Unión Soviética, Nikita Kruschov (1894-1971) decía:
—Cuando despellejes a tus contribuyentes, déjales algo de piel para que crezca de nuevo; así podrás hacerlo más veces.
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