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Los consejos de Madeleine Albright

Los consejos de Madeleine Albright

Los consejos de Madeleine Albright

MADELEINE Albright fue la primera mujer en ocupar la secretaria de Estado en EE.UU, durante el segundo mandato de Bill Clinton. Sus memorias ( Madame secretary) fueron un best seller, porque el personaje es toda una referencia moral y política en su país. Ahora, a los 81 años, acaba de publicar Fascismo, una advertencia (Pais) que es un análisis sobre una ideología que chocó frontalmente contra la democracia en el siglo XX, hasta el punto de que estuvo en juego la supervivencia de la libertad humana.

Ante la aparición de movimientos populistas que hacen temer un resurgir del fascismo en el mundo, Albright ha escrito un libro espléndido y oportuno. Imprescindible es el capítulo titulado “El difícil arte de gobernar” , donde intenta explicar la insatisfacción de la democracia, lo que atribuye en buena medida a las dificultades de los poderes públicos de comunicar sus propósitos y actuaciones. Las redes sociales nos conectan a todos con todos, pero cada día hay más personas dispuestas a hacer de informadores: “Este incremento de la concienciación humana tiene cosas buenas pero también puede provocar resentimiento entre aquellos que ven lo que otras personas tienen y ellos no”. Albright señala que los avances tecnológicos nos han aportado una audiencia mejor informada, pero también su reverso más maléfico: un público mal informado, lo que significa “hombres y mujeres que creen estar en posesión de la verdad por lo que han visto u oído en las redes sociales.”

Basta con leer la prensa de calidad para entender las amenazas que ensombrecen la democracia y que desestabilizan los gobiernos. Pero, aunque la democracia es un régimen proclive a fallos –desde la incompetencia a la corrupción–, es posible remediar sus deficiencias con el debate público o el voto en las urnas. Albright nos recuerda el peligro del fascismo: “Cuando un dictador abusa de su poder, no se le puede parar por ningún medio legal.”

Marius Carol, Director

LA VANGUARDIA, España, 29-09-2018

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Humor

Se cuenta que durante una cacería, el rey Alfonso XIII decidió permanecer un rato sentado a la sombra de un árbol para así poder descansar un poco, mientras sus compañeros de la partida de caza continuaron con la actividad.

Poco después se paró frente a él un campesino que estaba de paso, quien le preguntó al monarca si era verdad que por allí andaba el rey y de ser afirmativo le podía indicar quién era, pues le gustaría conocerlo personalmente.

Alfonso XIII se incorporó y pidió a aquel hombre que lo acompañara hasta donde se encontraba el resto de cazadores de la montería y podría averiguar quién era el rey porque todos los presentes estarían con sus cabezas descubiertas menos él.

Al alcanzar al resto de la partida, todos se descubrieron ante el rey a excepción del campesino.

-«Ahora ya sabe usted quién es el rey» comentó Alfonso XIII

A lo que el hombre contestó:

-«Una de dos. O es usted o soy yo, porque somos los únicos que seguimos con el sombrero puesto»

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El 8 de octubre de 1881, durante la inauguración de la línea férrea que unía las capitales de Madrid y Lisboa, con paso por Cáceres, el rey Alfonso XII tuvo un despiste a la hora de pronunciar unas palabras, en las que vitoreó a la ciudad de Cáceres.

Rápidamente fue advertido de su error, ya que no era ciudad sino villa, a lo que el monarca muy digno contestó:

«Pues desde hoy es ciudad»

Y así fue, ya que pocos meses después, el 9 de febrero de 1882, Alfonso XII ratifico sus palabras y nombró oficialmente ciudad a la hasta entonces villa de Cáceres.

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