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Javier Camarena: “El gusto del público por los sobreagudos conduce a la banalidad”

Javier Camarena: “El gusto del público por los sobreagudos conduce a la banalidad”

Javier Camarena: “El gusto del público por los sobreagudos conduce a la banalidad”
octubre 04

Es el campeón de los sobreagudos. Ha puesto a sus pies el Teatro Real y el Met, liberando bises a discreción. Un éxito que sostiene en la humildad y la honestidad interpretativa. Javier Camarena será uno de los grandes protagonistas de la temporada lírica española. Estrena I puritani el 5 de octubre en el Liceo y Los pescadores de perlas ya en 2019 en la ABAO. Además, lanza disco para homenajear al tenor y compositor Manuel García.

Lo de Javier Camarena (Xalapa, 1976) en el Real fue uno de esos raros acontecimientos en que la ópera copa el protagonismo mediático. En su debut en el teatro madrileño, tan exigente, tan circunspecto a veces, la lió. Y bien liada: el público, subyugado por su seguridad y brillo en los sobreagudos, le reclamó un bis del aria Ah, mes amis! de la donizettiana Hija del regimiento. O sea, que despachó 18 dos de pecho de un tirón. Esa proeza la exportó luego al Liceo. No era, de todas formas, la primera vez que el tenor mexicano obraba el delirio. En aquel 2014, ya se había visto obligado a bisar el aria extrema de la Cenerentola (Si, ritrovarla io iuro) en el Met. Diluyó así la decepción de la parroquia neoyorquina, que había visto el nombre de Juan Diego Flórez caerse del cartel. Repetiría gesta en tan monumental escenario en 2016 con Don Pasquale, situándose allí por encima de totems como Pavarotti en el ranquin de escalada a notas estratosféricas. Ahora está ampliando su repertorio hacia dominios menos ligeros. Pero sin renunciar a su querencia original: el bel canto. El próximo viernes 5 de octubre en el Liceo, quiere demostrar que ahí sigue siendo el Rey.

Pregunta.– ¿Qué siente al cantar en el Liceo, un templo lírico donde la voz es siempre el ingrediente prioritario?

Respuesta.- Pues qué le voy a decir… Además, la última vez que estuve aquí, con La hija del regimiento, hice bises en todas las funciones. Es un precedente que convierte esta cita en algo muy especial, a la que llego con uno de mis caballos de batalla en los últimos años, Puritani.

P.– La primera vez que cantó el rol de Arturo de esta ópera de Bellini fue en aquel glorioso 2014. ¿Qué aporta hoy en su carrera y hasta cuándo se ve encarnándolo?

R.– Para mí este papel era una encrucijada que debía atravesar para poder enfrentar un repertorio más lírico. Sabía que si conseguía sentirme seguro a pesar de las exigencias de su fraseo elegante, de su resolución climática en constantes sobreagudos, de su línea dramática deliciosa y de sus pasajes más serios, podría realizar la transición. Superar esa prueba me reafirmó para hacer sin tambaleos luego Rigoletto y Lucia Lammermoor.

P.– ¿Los cambios de su voz han sobrevenido naturalmente o los está propiciando con entrenamientos específicos?

R.– Ambas cosas. A Rossini y sus sobreagudos brillantes los he resuelto siempre muy decorosamente. Pero nunca he creído que fueran mi punto fuerte. Me sentía más cómodo en un Ernesto de Don Pasquale o en un Nemorino de L’elisir, con una línea melódica más horizontal que vertical. El acierto al cantar Rossini fue mantener siempre la voz en una posición alta, ser flexible y conservar la ligereza para poder enfrentar estos roles de ahora sin forzar en los cambios de color, que son naturales con el paso del tiempo.

P.– Para algunos tenores ese tránsito ha tenido consecuencias fatales. Ahí está el ejemplo de Giuseppe Di Stefano.

R.– Es un paso que hay que respaldar con mucho estudio para ir sobre seguro. Y hay que reconocer siempre las propias limitaciones. Es una cuestión de humildad e inteligencia.

P.– ¿Es Gregory Kunde un referente en ese tipo de evolución canora?

R.- Es una leyenda viviente. Todo tenor debe echar un ojo a su trayectoria porque es sumamente interesante. Su paso del bel canto a un repertorio lírico se sustenta en una gran disciplina.

Modelo Wunderlich

P.– Aunque para usted el gran modelo es Fritz Wunderlich, ¿no?

R.– Sí, es que me toca muy dentro el corazón. Su voz es cálida, honesta y franca al 100 %. Lo tenía todo. Sus ciclos de Schubert son deliciosos. No hay nada de él que no disfrute, incluso su Barbero de Sevilla en alemán me encanta.

Camarena, sin embargo, reivindicará a otro tenor legendario, el sevillano Manuel García en Contrabandista, un álbum que lanzará Decca a principios de octubre. Niño bonito de Rossini y padre de la Malibrán, también fue un sugerente compositor cuya obra poco a poco está emergiendo de nuevo. Fue Cecilia Bartolila que le que puso tras su pista. “No quería hacer el típico disco de highlights. Ya sé que hay operómanos a los que les gusta escuchar Una furtiva lágrima o La donna é mobile en 50 versiones diferentes pero a mí eso no me interesaba artísticamente. Tenía un embrión de disco pensado de otro compositor. Mi idea era hacer lo que ella lleva haciendo tantos años: aparte de cantar, ofrecer historia. Por eso buscaba que me asesoraran sus musicólogos. Bartoli me sugirió entonces a García, que ella había trabajado en su proyecto de Malibrán. Empecé a investigar y fue un descubrimiento”.

P.– Canta algunas obras que interpretó habitualmente pero él era un baritenor, registro alejado del suyo. ¿Cómo ha manejado esa circunstancia?

R.– He aprendido mucho escarbando en su figura. Por ejemplo, que nos hemos acostumbrado a escuchar El barbero de Sevilla en voces completamente ligeras y se ha olvidado la parte dramática y el tour de force final de Almaviva, cuando se enfrenta a Bartolo en el famoso rondó Cessa di piú resistere. Ahí lucía Manuel García su voz en todo su esplendor. En Ricciardo e Zoraide, que es otra ópera que cantó, yo no puedo hacer lo que hacía, y por eso lo grabó otro tenor. También grabé Armida con Bartoli, en un registro más central no tan grave. Quedó bastante bien. Al ir descubriendo su biografía he podido tener una visión más clara de cómo él podía interpretarlas.

P.–Y como compositor lo pone a la altura de Rossini, Donizetti y Bellini. Eso son palabras mayores.

R.– Lo que yo digo es que hace falta un estudio más profundo de su obra. Seguro que de esa edición crítica saldría un buen puñado de óperas a la altura de estos tres genios, que, por otra parte, también escribieron muchas más obras de las que han pasado a la posteridad.

P.– Él vivió en México tras su independencia, en unos años en que los españoles no éramos muy estimados allí. ¿Cómo fue aquella etapa?

La obra de Manuel García hay que estudiarla más a fondo. Saldría un puñado de óperas a la altura de Rossini…”

R.– Los mexicanos viajados y que podían ir a la ópera en Europa sabían de su prestigio. Por eso se le acogió bien, a pesar de que era un periodo complicado. A él le hizo mucha ilusión asentarse en un país hispanohablante tras su paso por París, Londres y Nueva York. Fue una figura clave en la difusión de la ópera. Para llegar a más gente tradujo algunas obras de su repertorio al español.

P.– Usted con España tiene muy buena onda. ¿Qué impacto han tenido en su carrera los bises cosechados aquí?

R.– Obviamente, fue un gran honor, sobre todo hacerlo en dos teatros de la historia y la trascendencia del Real y el Liceo. Pero lo importante de aquello es que demostró que la ópera está viva y que puede despertar emociones más reales y explosivas de lo que se nos ha querido acostumbrar. Es muy triste ver al público encorsetado porque teme que le miren feo. Es con eso con lo que me quedo: que la gente pudiera volar sobre mi canto, más que con la repercusión mediática.

P.– Es curioso que un virtuoso de los sobreagudos como usted diga que están sobrevalorados.

R.– Esas notas estratosféricas son lo que se espera de un tenor pero si uno se deja llevar por la inercia de este gusto del público puede caer en el egocentrismo, la banalidad y la superficialidad. La historia de la música nos dice que todos los instrumentos han cambiado menos el aparato de fonación del cantante. Antes se cantaba acompañado de conjuntos más pequeños y con una afinación más baja. Se recurría más al falsete porque ibas a ser escuchado. Ahora en cambio el esfuerzo muscular es muy superior. La diferencia es abismal. Por eso es injusto que se catalogue a un cantante por si canta o no canta el fa de Puritani. Hay que juzgarle por cómo canta toda la obra, que está llena de desafíos. Yo puedo cantar esa nota pero no me gusta cómo suena mi voz en ese registro y, además, siento que se rompe la melodía.

P.– ¿Y cuándo le vamos a ver cantando zarzuela?

Es injusto que se catalogue a un tenor por si canta el fa de Puritani o no. Hay que juzgarle por cómo canta toda la ópera”

R.– Me encantaría. Cantar en mi idioma es un placer. No soy un gran conocedor. En la Zarzuela sólo canté los highlights. Hay cosas que me parecen sublimes: Por el humo se sabe, la romanza de La flor roja, Paxarín, tú que vuelas… Está complicado por la agenda pero ojalá.

La semilla mexicana

P.– ¿Y el México bajo el rumbo de López Obrador le despierta muchas esperanzas?

R.– La verdad es que basar las esperanzas en un país a partir de un gobierno concreto me parece demasiado fácil, porque si las cosas no marchan bien en el futuro, uno tiene a quien echarle la culpa. Pero ¿dónde queda la parte que te corresponde a ti como ciudadano? Creo que no importa mucho qué partido político gobierne mi país, que sea uno u otro no altera nada mientras no haya un cambio radical en la forma de pensar y no se detenga la corrupción. Hay que empezar por sus pequeñas manifestaciones: una madre que cubre a su hijo para que no vaya a la escuela diciendo que está enfermo, el soborno al oficial de tránsito que te ha puesto una multa… Son cosas básicas, sí, pero hacen mucho daño: se expanden como las ondas generadas por una piedrecita en el agua de un estanque, hasta situaciones que llegan a costar vidas. Lo que necesita mi México es una gran inversión en educación y los cambios podrán verse en una o dos generaciones. La semilla hay que plantarla hoy.

Alberto Ojeda. @albertoojeda77

EL CULTURAL, España, 28-09-2018

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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