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5 de octubre: La fuerza del lápiz

5 de octubre: La fuerza del lápiz

5 de octubre: La fuerza del lápiz

Mariana Aylwin: «… la vía armada no hizo más que darle nuevo aire al régimen y a la represión, tras el intento de asesinato a Pinochet y la internación de armas desde Cuba…».

Pareciera que ya está todo dicho sobre los 30 años del plebiscito del 5 de octubre que impidió la continuidad del general Pinochet por ocho años más en el gobierno. Aunque la historia es veleidosa, es un hecho que -por ahora- todos quieren ser parte de esta conmemoración, lo que implica un reconocimiento a su significado. El 11 de septiembre divide; en cambio, el 5 de octubre convoca a sectores muy diversos.

Podría decirse que hay una conciencia generalizada de que esa noche ganó Chile. Los testimonios que se han recibido en la página www.lafuerzadellapiz.cl así lo reflejan. Se puede contrastar la propaganda de la época, los titulares de los diarios y ver la distancia entre un país dividido entre amigos y enemigos, y uno que entiende el plebiscito de 1988 como el inicio de una etapa que superó esa confrontación.

Ahora lo reconocen quienes entonces pensaban que aceptar el plebiscito era una claudicación frente a la Constitución de 1980. Lo reconocen los que insistían en la derrota de la dictadura por la vía insurreccional y la violencia. Lo reconocen los que esperaban que el régimen cayera solo con la movilización social. Lo reconocen, también, quienes votaron por la continuidad del gobierno militar.

Por eso es irrelevante la discusión sobre quiénes tienen más mérito para celebrar.

La historia se hace de la confluencia de distintos procesos que van abriendo opciones, pero también de las decisiones que los liderazgos van enfrentando en momentos determinados. Participar del plebiscito no era una alternativa popular. Más bien terminó siendo la opción más racional después de fracasadas otras estrategias, como el «va a caer» de las movilizaciones sociales, o la lucha por tener elecciones libres. No obstante, ellas abrieron espacios para la intensa movilización política-electoral que finalmente pudo poner fin a la dictadura. No puede decirse lo mismo de la vía armada, que no hizo más que darle nuevo aire al régimen y a la represión, tras el intento de asesinato a Pinochet y la internación de armas desde Cuba.

La campaña del No tuvo la virtud de reconocer el estado de ánimo de un pueblo que no quería más guerra. Que buscaba recuperar su dignidad y su libertad, por métodos pacíficos. Sin odio, sin violencia. Ese 5 de octubre ganó la tradición republicana de nuestro país, la dignidad de un pueblo que venció el miedo y participó mayoritariamente en un proceso electoral incierto, que cuidó voto a voto porque ahí estaba su voz. Fue el triunfo del coraje que tuvieron el pueblo chileno y sus dirigentes, de unos líderes políticos que supieron ponerse de acuerdo, hacer pedagogía y, a veces, nadar contra la corriente. Que se atrevieron a cambiar la institucionalidad desde la aceptación de lo que ya existía. Y hay que decirlo fuerte porque parece olvidado, fue el triunfo de millares de mujeres, que no escribieron sus nombres en ningún pergamino, pero que tejieron redes y consiguieron lo que parecía imposible: derrotar la fuerza de las armas y de la violencia con un lápiz.

No deja de ser paradójico que la gesta más heroica del siglo XX haya sido consecuencia de un realismo sensato, más que de una quimera utópica.

Por eso, a treinta años del plebiscito, la mirada debiera estar puesta en cómo fortalecer la confianza en la democracia que recuperamos, como un sistema capaz de garantizar los derechos humanos y avanzar en un desarrollo inclusivo, con crecimiento económico y bienestar social para todos. Que sea un aliciente para desechar la tendencia maniquea y agresiva que está permeando nuestro debate político.

Mariana Aylwin. EL MERCURIO, 03-10-2018

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Humor

Se cuenta que durante una cacería, el rey Alfonso XIII decidió permanecer un rato sentado a la sombra de un árbol para así poder descansar un poco, mientras sus compañeros de la partida de caza continuaron con la actividad.

Poco después se paró frente a él un campesino que estaba de paso, quien le preguntó al monarca si era verdad que por allí andaba el rey y de ser afirmativo le podía indicar quién era, pues le gustaría conocerlo personalmente.

Alfonso XIII se incorporó y pidió a aquel hombre que lo acompañara hasta donde se encontraba el resto de cazadores de la montería y podría averiguar quién era el rey porque todos los presentes estarían con sus cabezas descubiertas menos él.

Al alcanzar al resto de la partida, todos se descubrieron ante el rey a excepción del campesino.

-«Ahora ya sabe usted quién es el rey» comentó Alfonso XIII

A lo que el hombre contestó:

-«Una de dos. O es usted o soy yo, porque somos los únicos que seguimos con el sombrero puesto»

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El 8 de octubre de 1881, durante la inauguración de la línea férrea que unía las capitales de Madrid y Lisboa, con paso por Cáceres, el rey Alfonso XII tuvo un despiste a la hora de pronunciar unas palabras, en las que vitoreó a la ciudad de Cáceres.

Rápidamente fue advertido de su error, ya que no era ciudad sino villa, a lo que el monarca muy digno contestó:

«Pues desde hoy es ciudad»

Y así fue, ya que pocos meses después, el 9 de febrero de 1882, Alfonso XII ratifico sus palabras y nombró oficialmente ciudad a la hasta entonces villa de Cáceres.

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