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¡Fuego, fuego!

¡Fuego, fuego!

¡Fuego, fuego!

“Es imposible no solidarizar con el dolor y la impotencia del pueblo brasileño ante esta pérdida irreparable”.

 

A una semana del incendio que destruyó el Museo Nacional de Brasil en Río de Janeiro, las autoridades aún no tienen claridad sobre el origen de esta catástrofe. En pocas horas, las llamas arrasaron este museo bicentenario de historia natural y antropología, el más grande de Latinoamérica, y dueño de la quinta mayor colección del mundo: unos veinte millones de piezas arqueológicas.

Se habló de un cortocircuito o de la caída de un balões -pequeño globo aerostático- como causas inmediatas del incendio, pero sin duda hay circunstancias anteriores que lo propiciaron. Así al menos lo han declarado muchas voces expertas, las que coinciden en que la tragedia pudo haberse evitado, o al menos prevenido, ya que fueron los sucesivos recortes presupuestarios los que produjeron el descuido de esta institución administrada por la Universidad de Río de Janeiro. Desde 2014, el museo recibía del gobierno federal menos de 500 mil reales -unos 100 mil euros- al año para su mantención, cifra que en 2018 se redujo a 205.821 reales -unos 43 mil euros-. Según publicó El País de España, menos de lo que se destina anualmente a lavar los autos de los diputados en Brasilia. Los reclamos tuvieron algún efecto y, en junio, se aprobaron 21 millones de reales para, entre otras cosas, instalar un sistema de protección contra incendios. Lo que viene ahora, en cambio, es un plan de emergencia para asegurar la estructura del edificio, evitar robos y resguardar lo poco que se puede haber salvado: un 10 por ciento, dicen los más optimistas.

Fundado en 1818 por el rey Juan VI de Portugal, el entonces Museo Real nació con el fin de promover la investigación científica y poner su colección al alcance de los especialistas.

Esta semana, en cambio, el incendio lo convirtió en un símbolo de la desidia de sucesivos gobiernos. La imagen del fuego es particularmente fuerte, considerando cómo regímenes autoritarios de distinto signo han pretendido destruir la memoria y el pensamiento precisamente a través de la quema de libros, edificios u objetos de arte. Y cómo la literatura misma ha llamado la atención sobre ese peligro, con obras como “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, por citar la más conocida.

El ministro de Cultura de Brasil ya ha anunciado que se realizará “un esfuerzo de reconstrucción”, pero sin precisar fechas. Ciertamente, el edificio podrá volver a levantarse, lo que va a costar varios años, pero sus únicas y valiosas piezas, algunas de miles de años de antigüedad, se han perdido para siempre.

Es imposible no solidarizar con el dolor y la impotencia del pueblo brasileño ante esta pérdida irreparable. Más aun al conocer las conmovedoras declaraciones del arquitecto y urbanista Washington Fajardo, presidente del Consejo Municipal del Patrimonio Cultural de Río de Janeiro entre 2009 y 2016: “Que las generaciones futuras nos perdonen. Somos la gran nación desmemoriada, vagando por el cosmos sin saber lo que fuimos, o que podemos, o soñamos. Ahora son cenizas aquello que debería inspirar a los jóvenes a guiar la nación”.

Columna de María Teresa Cárdenas. EL MERCURIO, 10-09-2018

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Humor

Un insistente desconocido solicitó ser recibido por Bernard Shaw. Este, después varias negativas, para quitárselo de encima, lo recibió de pie, como para anunciar que la entrevista sería corta. El desconocido le pidió dinero con el siguiente argumento:

—Somos de la misma familia, y es justo que nos ayudemos unos a otros.

—¿De la misma familia? —preguntó Shaw.

—Sí, los dos descendemos de Adán y Eva.

Shaw, sin discutir, le dio un chelín y le dijo:

—Ahí va esto. Y si los demás miembros de la familia le dan lo mismo, no tardará en ser mucho más rico que yo.

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