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Crisis del Capitalismo

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El mercado no es perfecto. El mercado tiene fallas que el Estado debe subsanar. Instrumentos como los que empaquetaban hipotecas debieron haberse regulado para evitar la asimetría en la información. Muchas personas sufrieron importantes pérdidas financieras

 

Esta semana se cumple una década de la más reciente crisis del capitalismo mundial. Fue durísima, pero, gracias a las enseñanzas de episodios anteriores y las políticas públicas que se implementaron, se evitó que una recesión se convirtiera en depresión.

Creo y defiendo a la economía de mercado. Pero también sé que el mercado tiene fallas que deben ser resueltas por el gobierno. Una de ellas es la “asimetría de información”: cuando un comprador tiene menos información que el vendedor. Todos, de alguna manera, lo hemos vivido. Vendedores que esconden las verdaderas cualidades de un producto, que nos engañan, para que se los compremos. El fondo de la crisis de 2008 fue precisamente eso.

Después de la recesión de 2001, la Reserva Federal de Estados Unidos bajó las tasas de interés, lo cual generó un boom en el sector inmobiliario de ese país. Los precios de los bienes raíces crecían mes tras mes y los bancos, que tenían mucha liquidez, comenzaron a otorgar hipotecas bajo las erróneas premisas de que las tasas de interés se mantendrían bajas y los precios de las propiedades seguirían creciendo.

Algunos bancos se cubrieron pasándole el riesgo a otros. Se inventaron unas cosas llamadas “deuda garantizada con hipotecas”. Lo que hicieron fue agrupar varias hipotecas en una especie de bono que se vendía en el mercado. Varios inversionistas los compraron. Pagaban buenos rendimientos. Supuestamente, el riesgo era bajo. El problema es que vendieron un camello porque, adentro de cada paquete, había buenas y malas hipotecas. Los vendedores engañaron a los compradores, típico problema de asimetría de información.

Para 2006, la Fed comenzó a subir los intereses. La gente que se endeudó para adquirir una, dos y más casas, comenzó a dejar de pagar. En el mercado había una sobreoferta de viviendas y edificios de oficinas. Los precios de los inmuebles se cayeron. Las dos premisas que generaron el boom inmobiliario se derrumbaron.

Bear Stearns, banco que se había dedicado a empaquetar y acumular obligaciones respaldadas por hipotecas, tenía una gran exposición a este tipo de instrumentos. En julio de 2008, cuando quedó claro que este tipo de papeles tenían un menor valor, quebró. Ya en septiembre, vendría la quiebra de Lehman, la desaparición de Marrill Lynch (adquirida por Bank of America) y, finalmente, el rescate del gobierno estadunidense de su sector financiero.

Los grandes conglomerados sobrevivieron gracias al dinero público. Como se dijo en su momento, de haberlos dejado quebrar, se hubiera generado una crisis económica mayor: los famosos too big to fail.

En este décimo aniversario, recomiendo dos películas sobre el tema. La primera —basada en el libro de Michael Lewis, The Big Short— trata de cómo varios analistas se dieron cuenta de la burbuja en el mercado inmobiliario y la inevitable explosión que tendrían los instrumentos de deuda garantizada con hipotecas.

En consecuencia, apostaron en su contra en derivados financieros que tuvieron que inventarse. No sin gran dramatismo, tuvieron ganancias enormes por haberse percatado que los papeles, supuestamente, garantizados con hipotecas no valían nada.

La otra película es Too Big to Fail. Es la historia de cómo intervino el Departamento del Tesoro, la Reserva Federal y el Congreso de Estados Unidos para salvar a su sistema financiero entre agosto y octubre de 2008. Particularmente dramático es el fin de semana antes de la quiebra de Lehman y del rescate de la gigantesca compañía de seguros AIG.

El mercado no es perfecto. El mercado tiene fallas que el Estado debe subsanar. Instrumentos como los que empaquetaban hipotecas debieron haberse regulado para evitar la asimetría en la información. Muchas personas sufrieron importantes pérdidas financieras. A la postre, el gobierno tuvo que intervenir para restaurar la confianza en el sistema.

La intervención del Estado, sin embargo, llegó muy tarde y, como sabemos, tuvo un efecto regresivo en la distribución del ingreso. Los ricos se salvaron y se hicieron más ricos. Los pobres fueron los más afectados. Desde entonces, reaccionan con el único instrumento político que siguen teniendo en las democracias: el voto.

Paradójicamente, en Estados Unidos votaron por un candidato que está revirtiendo las regulaciones diseñadas para que el mercado no vuelva a fallar. Parece que no aprendemos.

Columna de Leo Zuckermann. Twitter: @leozuckermann

EXCELSIOR, México, 12-09-2018

 

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