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Una reestructuración ministerial con sabor a poco

Una reestructuración ministerial con sabor a poco

Una reestructuración ministerial con sabor a poco

La reestructuración del gabinete de ministerios fue hasta ahora un simple ordenamiento al que cuesta encontrarle una lógica. Si el propósito de esta disminución de 22 ministerios a 11 fue achicar el gasto público, la desilusión no es poca hasta el momento: de acuerdo con las cifras difundidas por el ministro Nicolás Dujovne, el ahorro en gastos operativos para el presupuesto 2019 apenas representará el 0,2 por ciento del PBI.

Y si el objetivo del presidente Mauricio Macri con estos cambios era darle una nueva impronta a su gestión, devaluada por la crisis económica y la desconfianza, llama la atención que no haya habido ni un solo nombre nuevo en su equipo ministerial.

No es que la decisión en sí de recortar 11 ministerios sea mala. Al contrario. Siempre hemos cuestionado desde esta columna de opinión la determinación de elevar el número de ministerios, con su secuela de secretarías, subsecretarías y direcciones nacionales o generales, que tomó Macri al asumir la presidencia de la Nación. La cantidad de “ravioles”, como se conoce en el argot de la administración pública a cada uno de los rectángulos del organigrama del Poder Ejecutivo, creció monumentalmente, y debe celebrarse que el propio mandatario que incentivó ese crecimiento -aun cuando el número total de empleados públicos no haya crecido desde su asunción- haya reparado su error original.

Pero la medida no tendrá más que un efecto simbólico o cosmético si no implica una mayor reducción del gasto del Estado. Es de esperar que, con el correr de los días, tengamos mayores precisiones sobre el número de “ravioles” que quedarán en la administración pública.

Por lo pronto, no se advierte una lógica de funcionamiento a la hora de analizar los recortes en la estructura de ministerios y su conformación final. Todo indica que el Presidente se guió más por las personas antes que por las carteras a la hora de decidir la eliminación de 11 de estas y su transformación en secretarías de Estado.

Menos entendible es el innecesario desgaste al que se expuso el Gobierno en los días previos al anuncio del recorte de ministerios sin cambios de personas. Por empezar, resultó insólito que el futuro del gabinete pareciera someterse a una suerte de asamblea permanente en la quinta de Olivos, de la que a cada rato se filtraron toda clase de rumores acerca de las negociaciones en curso. Poco decoroso resultó el papel de dirigentes del radicalismo negociando cargos, como inquietante fue la falta de cohesión exhibida en la coalición Cambiemos. Lamentable fue que se dejara trascender que el puesto del titular del Palacio de Hacienda -quien 48 horas después debía estar rediscutiendo el acuerdo con el FMI- estaba siendo objeto de un imperdonable manoseo, sin que ningún vocero de alto rango del Gobierno saliera a cortar de raíz ese trascendido. Y no menos curioso resultó que se haya mencionado como posibles integrantes del gabinete a figuras que fueron la encarnación de un gradualismo que fracasó estrepitosamente o que haya estado en duda la permanencia del actual canciller, a solo tres meses de la cumbre de presidentes del G-20.

Si bien el reordenamiento del gabinete ministerial deja abierta una puerta a próximos cambios, la dimensión de la crisis socioeconómica y financiera hacía esperar modificaciones más profundas, en dirección de un acuerdo con otros sectores de la oposición, que pudieran fortalecer políticamente a la administración de Macri y permitir avanzar hacia la búsqueda de consensos duraderos frente a la gravedad de la situación fiscal y cambiaria, el preocupante ritmo de endeudamiento público y el crítico nivel de inflación que castiga a todos los argentinos, pero en especial a los que menos tienen.

Editorial de LA NACION, Argentina, 05-09-2018

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