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Henning Mankell, la falsa utopía socialista

Henning Mankell, la falsa utopía socialista

Henning Mankell, la falsa utopía socialista
septiembre 06

Férreo defensor de la justicia y el compromiso social, Henning Mankell (foto) también fue crítico con el socialismo. En su primera novela, El hombre de la dinamita, recuperada por Tusquets, el escritor reflexiona sobre la errática deriva ideológica de los 60 y el fracaso del modelo social sueco.

Escritor comprometido política y socialmente con mil y una causas y uno de los precursores de la novela negra más social con su inspector Wallander como bandera, pocos dudan de que el escritor sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948 – Gotemburgo, 2015), que el próximo octubre hubiera cumplido 70 años, fue un feroz defensor de los más necesitados. Sin embargo, en El hombre de la dinamita, su primera novela publicada en 1973 e inédita en español, que ahora recupera Tusquets, un joven Mankell reflexiona ácidamente por boca de Oskar, un obrero anciano socialista y jubilado, sobre la errática deriva del socialismo en los años 60 y sobre el aparente fracaso del modelo social sueco.

El interés de Mankell por el socialismo se manifestaría tempranamente, y no le abandonaría durante el resto de su vida. Hijo de un juez rural, a los 16 años dejó la escuela para convertirse en marino mercante, soñando con una aventura romántica y destinos exóticos. Sin embargo, trabajó como estibador en un barco de carbón, y el lugar que más visitó fue Middlesbrough, en Inglaterra. Hijo de su época y de los ideales de Mayo del 68, llegó a vivir en París, e hizo suyo el discurso obrerista y sindicalista de entonces, e incluso estuvo en diversas manifestaciones, de donde aseguraba poseer una cicatriz hecha como cortesía por el bastón de un policía.

A los diecinueve años, de vuelta a Suecia, empezó a colaborar con el Riksteatern, el Teatro Nacional Itinerante de Suecia, donde inicialmente comenzó como actor y en 1968 escribió su primera obra de carácter satírico, Feria popular que llegó a tener cien representaciones. Ya en la década de 1970, vivió en Noruega con una mujer que era miembro de un partido maoísta y el periódico noruego Dagbladet dijo que participó en las acciones del Partido Comunista Obrero de Noruega. Fue en esta época cuando comenzó a bucear en la profusa historia del nacionalismo y el sindicalismo de su país y a escribir la historia de Oskar, dejando claro que no sólo era un pensador y un activista político, sino también un escritor político.

Oskar Johannes Johansson ha sido un trabajador toda su vida. Igual que su padre. Igual que su abuelo. Vigilante de la esclusa, albañil en la construcción del canal. Limpiador de letrinas. Dinamitero, dinamitero. Johannes, su padre, Oskar”. Siguiendo las peripecias vitales de este dinamitero nacido a finales del siglo XIX, superviviente imposible de una explosión durante la voladura de un túnel, Mankell elabora una radiografía del obrero medio sueco y de la evolución social y política de su país.

La fuerza del cambio social

Hay fechas, sucesos. Desde 1910 hasta 1965, hasta 1969. Hay una realidad en permanente cambio, un Oskar siempre distinto. Ha sido un trabajador invalido toda su vida, lo ha pasado igual que otros. Grandes fluctuaciones entre trabajo y falta de trabajo. Ahora gana más, viven una casa mejor. La sociedad cambia y Oskar cambia también. Oskar es un obrero, pertenece a un grupo que, para él, está claramente definido y también claramente separado”. El Mankell narrador omnisciente va desgranando la vida y los pensamientos del obrero, la pobreza paulatinamente menos acusada, las mejoras en la calidad de vida, el mayor peso social…, del que sus protagonistas, los trabajadores, parecen no hacerse cargo por completo.

Oskar no tiene ninguna perspectiva acerca de sí mismo. Sostiene una y otra vez que él nunca ha tenido nada de extraordinario, que es uno más. Sólo eso. Dinamitero y familia. Importante para la familia, pero para nadie más. No se siente partícipe de los cambios. Se han producido y le han influido, pero él no los ha creado. El obrero es un ciudadano en la sociedad, pero son otras fuerzas las que operan y provocan cambios. En ese punto es donde pensamos diferente”, sentencia.

Se calcula que Suecia fue el país europeo que durante los primeros años del siglo XX tuvo el número más alto de días afectados por conflictos laborales y huelgas. Pero también es cierto que, dado el alto grado de organización en el mundo laboral en ambos sectores, se desarrolló con creciente fuerza la idea de la negociación colectiva, algo vital para el futuro. Hubo multitud de huelgas y periodos de largos paros que Mankell refleja en la novela. Habitualmente, las huelgas eran un fracaso para los obreros, pero, a la larga, todas estas movilizaciones y conflictos darían sus frutos en forma de conquistas como la de la jornada de ocho horas, mejoras salariales y laborales, y el establecimiento de los pilares del moderno estado del bienestar sueco.

Un estado del bienestar que sus propios protagonistas discuten ampliamente. Hasta el punto de que, como constata Mankell, muchos obreros dieron la espalda al socialismo en los años 50. “Cuando Oskar deja el Partido Socialdemócrata no es una reacción violenta, sino el resultado de una larga cadena de sucesos. Cuando habla de ello destaca la sensación de que sucedió demasiado poco en demasiado tiempo. Simplemente dice que la cosa “no se mueve””.

En manos de la juventud

Ya hacia el final de la novela, frisando ese año 68 que en lo simbólico todavía tiene largo recorrido, Mankell se entrega directamente por boca de su protagonista a una crítica feroz y despiadada, quizá propia de su juventud, pero que tampoco desentona en labios del ajado dinamitero. “La decadencia más vergonzosa de los socialdemócratas es que han convertido el socialismo en una especia de organización para funcionarios inútiles que se llenan los bolsillos a costa de los trabajadores. Para acceder a esta sociedad hay una entrada y luego una salida, pero lo que hay en medio… eso no se sabe”.

Pero de forma significativa, delega la responsabilidad en una generación, la suya, que veía un prometedor horizonte de cambios en su futuro: “La juventud se ha dado cuenta, así que estoy tranquilo, porque tarde o temprano ellos van a traer el socialismo. O quizá venga de fuera. Eso ya lo sabemos, que el resto del mundo nos obligará a introducir cambios aquí también. Es inevitable. Cada vez que estalla una revolución en alguna parte, me alegro muchísimo. Entonces me tumbo en la cama y sueño que yo también estoy con ellos. Y en cierto modo, es así”.

Como broche, el escritor radiografía un problema latente, incipiente en aquellos años, pero que no ha tardado en erigirse como una de las claves de nuestro mundo contemporáneo más de cuatro décadas después, la radical sustitución del socialismo por el individualismo, que toma forma en aspectos como la soledad o el racismo. “El socialismo combate la soledad. Íbamos caminando hacia la izquierda y a cada paso era más numerosa la muchedumbre. Ahora, en cambio, veo en los periódicos a la gente arrodillada suplicando compañía. Y eso que en este país se supone que tenemos un Gobierno socialista. Esos anuncios son terribles. La gente está muy sola. ¿Qué demonios ha sido del socialismo?” E insiste. “Entonces estábamos unidos. Pensábamos en cambiar las cosas para todos. Era casi como una competición sin competencia. Todos querían dar algo al que caminaba a su lado, aunque apenas lo conociera, eso nunca tuvo importancia. Entonces nos alegrábamos cuando venía alguien nuevo. Ahora, en cambio, la gente se enfada cuando llega un desconocido. ¿Qué demonios hace aquí? ¿Será una amenaza para mi situación?”.

Un mensaje vigente

La novela fue recuperada en Suecia a finales de los 90, cuando ya la fama de Mankell trascendía a unos pocos lectores iniciados gracias a sus novelas negras. En el prólogo a esa edición, escrito veinticinco años después, en noviembre de 1997, el escritor recuerda la composición del libro y lanza otro par de reflexiones que conviene no olvidar. “Han ocurrido muchas cosas en veinticinco años. Han caído algunos muros, otros se han levantado. Ha caído un imperio, otros se han debilitado desde dentro y están formándose nuevos centros de poder. Pero los pobres y los desvalidos del mundo se han vuelto más pobres en estos veinticinco años. Y Suecia ha pasado de un intento decente de construir una sociedad a un saqueo social. Una división cada vez más clara entre las personas necesarias y las sobrantes”.

Años después de escribir El hombre de la dinamita vendrían los largos viajes y estancias en América Latina, Oriente Medio y especialmente África, donde llegó a residir en varias temporadas. Llegarían el inspector Wallander y su idea de justicia social, su lucha contra el imperialismo y el liberalismo y su denuncia de esa falsa imagen de un paraíso socialdemócrata creada, según Mankell, desde el exterior. Pero quizá, haya que buscar la génesis del escritor social en personas como Oskar, precursores de unos ideales que todavía son tan necesarios. Pues como afirma Mankell en el prólogo: “al leer de nuevo el libro, después de todo este tiempo, tomo conciencia de que este cuarto de siglo quizás no haya sido tan largo. Lo que dice el libro sigue vigente hoy en gran medida”.

Andrés Seoane. EL CULTURAL, España, 03-09-2018

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