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El hombre más sabio del mundo

El hombre más sabio del mundo

El hombre más sabio del mundo

“No basta con reprobar los crímenes del pasado, también hay que preguntarse por las condiciones que debe cumplir una condena para que sea justa”.

Llegó septiembre, y el clima político se enrarece. Los chilenos parecemos condenados a discutir eternamente sobre las mismas cosas, de manera agria, sin poder ni querer escuchar las razones del que piensa distinto.

Reconozco que no me hago muchas esperanzas acerca de la utilidad de esta columna, pero hay una idea que me ronda desde hace tiempo y me gustaría saber qué piensan mis lectores de izquierda. Conozco a algunos, y no son unos fanáticos, sino gente razonable.

Partamos por una constatación elemental: no todos los militares que se hallan presos en Punta Peuco o Colina se llaman Manuel Contreras o Álvaro Corvalán. Existen situaciones muy diferentes.

Pensemos, por un momento, en X, un caso real. Por entonces, era un subteniente y tenía 20 años. Le ordenaron que fusilara a una persona: que matara a un ser humano como él, a quien ni siquiera conocía. Él dijo que no podía hacerlo, pues era católico. “Si no lo haces, el fusilado serás tú”, se le respondió con dureza. No estoy haciendo una reconstrucción literaria, pues esa versión resultó corroborada por el propio capitán que dio la fatídica orden.

Muchas décadas después, nosotros nos planteamos la necesidad de castigar a X. Hizo algo muy malo y no queremos que se repita. Pero si somos personas decentes, deberíamos preguntarnos no solo por la justicia de su acto, sino por la legitimidad de nuestra propia conducta a la hora de sancionarlo. Obviamente, no basta con que estemos indignados, o con que nos pongamos en el lugar de la familia del difunto. Para que el castigo sea legítimo, y no mera expresión de nuestra rabia, deben cumplirse determinadas condiciones. ¿Se cumplen en su caso?

Se dice que el acto de X no es un homicidio cualquiera, sino expresión del “terrorismo de Estado”. X era un eslabón de una maquinaria de exterminio. Supongamos que eso fue así. En ese caso, lo primero sería preguntarnos si X lo sabía. Si lo ignoraba, no cabe aplicarle esa calificación de terrorista de Estado, aunque en los hechos fuera una pieza más de un proyecto semejante, pues no basta con que lo supiesen sus superiores.

Ciertamente, X era consciente de que su acto era reprobable. Por eso invocó sus deberes de católico para no realizarlo. También sabía que era un delito, pues la ley se presume conocida. Pero los delitos están afectos a ciertos plazos de prescripción, y un Estado de Derecho debe respetarlos.

Es así como ese delito, por revestir el carácter de lesa humanidad, hoy es considerado imprescriptible. ¿Tenía alguna posibilidad X de saber que su acto tenía ese peculiar carácter y que, por tanto, no estaba sujeto a prescripción? Él había recibido clases de legislación en la Escuela Militar. ¿Le enseñaron eso? Imposible, porque en esa época Chile no había suscrito los acuerdos internacionales que así lo señalaban. Recién lo hizo en 2009.

Sin embargo, aunque X no lo supiera, parece que él debería haber adivinado que muchas décadas después los estudiosos del derecho iban a elaborar teorías muy ingeniosas. De acuerdo con ellas, el carácter de su delito y sus consecuencias es materia de costumbre internacional, y obliga incluso a los países que no hayan suscrito esa convención. Y yo me pregunto: ¿en qué biblioteca podía leer X esos libros, que todavía no se habían escrito, donde se expondrían unas teorías que le exigían actuar de otro modo, so pena de imprescriptibilidad?

Podría seguir, pero basta con lo escrito para darse cuenta de que son muchos los supuestos que deberían cumplirse para que nuestra condena a X sea justa. Me temo que no se cumplen.

Sin embargo, a los chilenos nos importa un comino que X esté condenado a 10 años y un día, porque nos sentimos muy buenos. Y acusamos a nuestros jueces si osan aplicar a los militares las normas que valen para el resto de los presos, para que nunca más tengan una idea semejante. Como los responsables ya están muertos, saciamos nuestras infinitas ansias de justicia condenando a X y a otros pelados como él, que pagan las habas que otro burro se comió. También damos sesudas conferencias y escribimos columnas ingeniosas, para convencernos de que X está donde debe estar, mientras vamos a nuestros malls a gozar de la expansión del consumo. No nos importa que, para tenerlo allí, debamos partir de la base de que él debía saberlo todo, porque, para poder condenarlo, hemos transformado a X en el hombre más sabio del mundo.

No basta con reprobar los crímenes del pasado, también hay que preguntarse por las condiciones que debe cumplir una condena para que sea justa.

Columna de Joaquín García-Huidobro. EL MERCURIO, 02-09-2018

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