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Borges y su eterno desencuentro con el peronismo

Borges y su eterno desencuentro con el peronismo

Borges y su eterno desencuentro con el peronismo
agosto 30

Días antes de un nuevo aniversario del nacimiento de Jorge Luis Borges, recordé que nunca había visitado la Casa Borges en Adrogué.

Tenía imágenes de una Adrogué en blanco y negro, con plazas desérticas y casas bajas, en una época en que las rejas no habían empezado a usarse de manera masiva en búsqueda de resguardo. En una de las fotos se veían árboles delgados, un jardín modesto y Borges en el centro de la imagen, acompañado por dos mujeres vestidas con elegancia y sencillez.

borges

Esta última observación la hizo una amiga cuando vimos las fotos en una página web. En otra, Borges posa junto a la estatua de Diana Cazadora, que, según leímos, estaba en el Hotel Las Delicias, donde el escritor pasaba veranos y fines de semana en familia.

Muchos especialistas en la obra de Borges, y a la vez habitantes orgullosos de ese barrio del sur del conurbano, habían dictaminado que el escenario de uno de los cuentos más célebres de Borges, «La muerte y la brújula», estaba inspirado en el paisaje de Adrogué y era un homenaje a ese lugar.

«El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. Era una de esas tardes desiertas que parecen amaneceres. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban». Sin duda para los borgeanos, la quinta de Triste-le-Roy es el hotel y estas líneas son la prueba irrefutable: «Lönrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada». Entre motivos clásicos de su literatura (como las simetrías, las duplicaciones y los nombres de ascendencia escandinava), se dibuja un mapa de Adrogué.

Entonces, el domingo pasado, cuando hizo un frío al que le cabría ese genial adjetivo borgeano («crapuloso»), subimos a uno de los vagones del ferrocarril de la Línea Roca rumbo a Adrogué. En la estación no encontramos horizontes ni caballos plateados bebiendo de charcos, aunque sí un aire húmedo y frío en las calles. Y una vecina que, orgullosa, nos indicó el camino hasta la Casa Borges, ubicada en la calle Almirante Brown 301. Antes, nos dijo, pasaríamos por la puerta de lo que había sido el Hotel Las Delicias, que se convirtió en un centro cultural enorme del Partido de Almirante Brown. Estaba cerrado ese día.

Como se lee en el poema «Adrogué», que Borges escribió y su hermana Norah ilustró, «mi paso busca y halla el esperado/ umbral» frente a la plaza Almirante Brown (tal como había dicho la señora que nos indicó el camino). La casa, que pertenecía a la madre de Borges, mira los eucaliptus que miraba el poeta desde la ventana. A un lado de la casa, ahora sí tras las rejas, un gran mural (pintado por el artista Jorge Aranda) muestra a un Borges de espaldas que pasea junto a un tigre por un sendero arbolado. El mismo e increíble poema, que se puede leer como si se hiciera un paseo por el pasado del escritor que es, de alguna manera, también el nuestro (el de los lectores de Borges y el de los que nunca lo leyeron), termina con una estrofa insuperable: «El antiguo estupor de la elegía/ Me abruma cuando pienso en esa casa/ Y no comprendo cómo el tiempo pasa,/ Yo, que soy tiempo y sangre y agonía».

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Mientras sacamos fotos con los teléfonos celulares, nos sorprende como una ironía de la historia entre Borges y el peronismo que al lado de la casa se haya establecido una sede del Partido Justicialista. En el jardín de cemento de esa sede, los bustos de Eva Perón y de Juan Domingo Perón le dan la espalda a la estatua del autor de Ficciones, del otro lado de la medianera. Es probable que nadie pueda comprender nunca, de manera íntima, cómo el tiempo pasa ni tampoco cómo, de manera pública, los desencuentros perduran por tantos años.

Daniel Gigena. LA NACIÓN, Argentina, 24-08-2018

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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