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Aquí trabajó un genio

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agosto 30

Hace unos meses París abrió al público el estudio del escultor Alberto Giacometti (foto de arriba), pero no es este el único taller visitable de los grandes artistas del siglo XX. Los espacios de trabajo de Joan Miró, Sorolla, Bacon y Brancusi también permiten ver sus pinceles, caballetes, paletas y batas. De la máxima limpieza del taller de Sorolla al máximo desorden de Bacon, hablamos con los responsables de estos espacios que nos permiten adentrarnos en el mundo creativo de sus dueños.

El pasado mes de junio París rehabilitaba el estudio en el que Alberto Giacometti trabajó durante décadas. Han pasado más de 50 años desde su muerte pero su obra se sigue viendo en exposiciones temporales y en subastas. Durante los años que vivió en la capital francesa el artista tuvo varios talleres en una misma calle y ahora podemos visitar el espacio en el que el artista daba vida a sus alargadas figuras en una reconstrucción fiel a la manera en la que lo tenía. En este espacio se podrá ver la cama donde dormía, los pinceles que usaba y algunas de las obras del artista suizo. Pero no es el único estudio abierto al público. Son el caso de los atelieres de Joan Bacon en Dublín y de Brancusi en París.

Todos ellos se encuentran abiertos al público y es posible visitarlos y empaparnos del ambiente en el que las musas los atrapaban. Cada uno tiene sus particularidades pero el rasgo común es que aún se pueden ver sus pinceles, sus caballetes o sus batas. Hay botes de pintura, recortes de periódico o cartas manuscritas. De la máxima limpieza del taller de Sorolla al desorden absoluto de Bacon, hablamos con los responsables de estos lugares que mantienen el espíritu intacto de sus dueños.

Joan Miró, en Mont-roig el tiempo se detuvo en 1976

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Taller de Joan Miró en Mont-roig

Entre 1920 y 1921 Joan Miró inmortalizó un lugar que para él era vital: la masía de Mont Roig. Fue allí, contra la voluntad de su padre y su poca destreza en el arte del dibujo, donde decidió que sería artista. El pasado mes de abril, coincidiendo con el 125 aniversario de su nacimiento, se inauguró allí la tercera fundación del artista bajo el nombre de Mas Miró y el taller, el primero que pidió construir a finales de los años 40, es una de las visitas más destacadas. El estudio está “tal cual lo dejó el artista la última vez que trabajó allí en septiembre de 1976”, apunta Elena Juncosa, directora del espacio.

En la pared de su estudio aún cuelga el calendario abierto en esa fecha y conserva las herramientas y elementos que formaban parte del trabajo del artista. En Mont Roig hay enseres de pintura, esbozos, su bata y elementos de inspiración que podían ser, en palabras del propio artista, “una mota de polvo o un rayo que brilla”. También destacan “dos grafitos que Miró pintó utilizando la pared como soporte”, añade Juncosa. Desde su apertura en 20 de abril este estudio ha recibido a 2.000 visitantes, 2.000 personas que han podido ya respirar la atmósfera creativa de Miró.

La fundación Mas Miró ofrece visitas guiadas en las que el visitante se adentra en la casa, la capilla, los jardines y el taller, concebido por él mismo con la voluntad de poder trabajar la escultura. “Toda mi obra es concebida en Mont-roig”, dijo Miró y allí, ahora, el visitante puede “experimentar las sensaciones de Joan y acercarse a Miró”, concluye la directora.

El punto de inflexión de Joan Miró en Mallorca

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Estudio del artista en Mallorca: Foto: Pep Escoda

Que Joan Miró lidió contra sus carencias como pintor nos lo contó Josep Massoten una entrevista concedida a El Cultural con motivo de la publicación de la primera biografía del artista. Miró, para guarecerse de la guerra civil y las consecuencias que esta pudiera tener, decidió instalar su domicilio en Mallorca. Era 1956 y allí, junto a su amigo el arquitecto Josep Sert, construyó un taller en el que trabajó hasta su muerte en septiembre de 1983. Era un espacio, como afirma su nieto Joan Punyet Miró, en el que nadie podía entrar si no era en su compañía.

En Mallorca el artista paseaba en busca de objetos que le pudieran servir de inspiración y los disponía en el suelo en círculo, como en una especie de aquelarre, a esperar que les llegara su turno. Sin embargo, una vez instalado en la isla balear decidió destruir casi la mitad de su producción “porque era demasiado previsible y modelada”, asegura Punyet Miró. Actualmente este espacio, que fue abierto al público en 1992, está siendo restaurado “para dejarlo lo más fiel posible a cómo estaba cuando el artista falleció”, comenta Roser Salmoral, responsable de la comunicación de la fundación. Con un índice de 60.000 visitas al año al taller no se puede acceder de manera individual sino en una entrada conjunta que permite ver todos los espacios que conforman la fundación.

La planta en L que Sert ideó para el estudio de Miró contó con los consejos de este en cuanto a las condiciones climatológicas de la zona. La estructura de hormigón contrasta con los materiales más tradicionales como la piedra o la arcilla y al igual que en Mont Roig, en el taller Sert se conservan las telas, aceites, acuarelas, lápices, pinceles, cepillos y esponjas que conviven con objetos como postales, recortes de periódicos y otros enseres que Miró utilizaba para sus esculturas.

La casa museo de Joaquín Sorolla

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Joaquín Sorolla en su estudio en 1911

Algo diferente es el caso del Museo Joaquín Sorolla. Tras su paso por diversos estudios en Madrid decidió empezar a dar vida a su gran deseo: unir la zona de trabajo con su vida familiar. En 1905 compró el primer solar en la actual calle General Martínez Campos para, cuatro años más tarde, ante el buen rumbo de su carrera artística, encargar, por recomendación de su amigo Benlliure, al arquitecto Enrique María de Repullés y Vargas erigir su estudio y su vivienda. Más tarde, Sorolla se hizo con otro solar contiguo que le sirvió para ampliar su zona de trabajo y poder unir todos los espacios mediante tres jardines diseñados por él mismo.

Cuando Clotilde murió en 1925 legó todos los bienes al estado con el único objetivo de crear un museo en memoria de su marido. Lo atractivo de este espacio es que conserva, en gran medida, los ambientes originales de la época en la que Sorolla vivió y trabajó: su despacho, el salón y el comedor. Su estudio-taller, inspirado en los que sus colegas Bonnat y Constant tenían en París, estaba repleto de antigüedades, objetos exóticos, una cama turca, un espejo rococó y obras, por supuesto.

En el Museo Sorolla, que se creó en 1932 y recibe a 255.000 visitantes al año, llama la atención la pulcritud en la que se conserva y es que, a diferencia de los artistas contemporáneos que se enorgullecen de trabajar en un estudio caótico, en tiempos de Sorolla estos eran salones donde los artistas recibían a sus invitados y actuaban como anfitriones. Un lugar, en definitiva, en el que cautivar al posible marchante. Y, ahora, a cualquier visitante.

El desbarajuste de Francis Bacon

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Reproducción del estudio de Londres que trasladaron a Dublín

Entrar en el espacio creador del irlandés Francis Bacon debía de ser tan complicado como entrar en su mente. No porque el artista fuera celoso de su intimidad sino por el aparente desbarajuste que había cuando el pintor residía en Londres. Su estudio se encontraba en la capital inglesa pero en 1998 se trasladó a Dublín. El equipo que se encargó de la mudanza fotografió y embaló cada objeto para poder instalarlo en su nuevo domicilio permaneciendo fiel al estado en el que se encontraba. Empaquetaron todo pieza por pieza, “incluyendo las paredes, el suelo, muebles e, incluso, el polvo”, sostiene Logan Sisley, comisaria de exposiciones en Hugh Lane, donde se encuentra el taller del artista.

El estudio se abrió al público en 2001 y los 7.000 objetos, entre los que se cuentan 750 libros (de T.S Eliot, Aeschylus, Shakespeare, García Lorca y W.B. Yeats), 1.500 fotografías, 70 pinturas, 100 lienzos cortados, 1.300 páginas de libros y 2.000 herramientas de trabajo, que se encontraron en él fueron catalogados y digitalizados en una base de datos. Entre la marabunta de objetos sorprende que no se encontrara ni una sola paleta, lo que lleva pensar que cualquier soporte le servía para mezclar los colores. Entre los descubrimientos más sorprendentes, según la propia página del espacio, se encuentran flechas recortables con gruesos depósitos de pintura, lo que sugiere que Bacon las usaba para pintar alrededor o para imprimir dicha forma sobre el lienzo.

“En las galerías adyacentes el visitante puede ver pinturas de Bacon y una entrevista en vídeo del artista”, añade Sisley. Este espacio, de entrada gratuita que cuenta hasta 170.000 visitantes al año, ofrece también proyecciones, conferencias y talleres relacionados con este artista que usaba incluso la misma puerta para hacer sus pruebas de color.

Brancusi, su propio comisario en su museo-casa-taller

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Estudio del artista dentro del Centre Pompidou. Foto: Georges Meguerditchian

El último atelier nos lleva a París, precisamente frente al Centre Pompidou donde se encuentra el espacio creador del escultor Brancusi. El artista rumano llegó a la capital francesa en 1904, donde permaneció hasta su muerte en 1957. Tan solo un año antes, en 1956, el escultor decidió donar su estudio al estado con el objetivo de que “sus obras pudieran ser vistas por visitantes de todo el globo”, explica Doina Lemny, que dirige el estudio del artista. El arquitecto Renzo Pianofue el responsable de acometer la reconstrucción en 1997 en la plaza que se encuentra frente a la pinacoteca francesa para dar cobijo a las 137 esculturas, 87 bases, 41 dibujos, más de 1.600 placas fotográficas y dos pinturas.

Durante su vida en París Brancusi fue añadiendo diferentes espacios a su taller hasta convertir su casa en su propio museo. El espacio cuenta con cuatro salas: “una de ellas era el espacio donde trabajaba, en la siguiente guardaba las obras en la que estaba trabajando y las otras dos las dedicaba a instalar sus obras, convirtiéndose así en su propio comisario”, cuenta Lemny. De hecho, incluso él mismo hacía visitas guiadas por su atelier no solo a otros artistas como Marcel Duchamp, Henri-Pierre Roché, Man Ray o Francis Picabia sino que acogía a escritores, estudiantes y, en definitiva, a “todo aquel que lo llamara”.

Como en los demás espacios en el taller de Brancusi, que recibe alrededor de 75.000 visitas al año, se pueden ver diversas obras como Leda, Sleeping Muse o Coq y variedad de utensilios que usaba para sus creaciones. Actualmente, además de servir para entender el proceso creativo del escultor, este espacio también organiza “exposiciones de artistas contemporáneos que reconocen la influencia del escultor rumano en su obra”.

Saioa Camarzana. @scamarzana. EL CULTURAL, España, 20-08-2018

 

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