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LA FALLACI YA NO ME PUEDE RESPONDER

LA FALLACI YA NO ME PUEDE RESPONDER

LA FALLACI YA NO ME PUEDE RESPONDER

Lillian Calm escribe: “A diferencia de Mafalda que se quiere bajar del mundo, yo quiero aferrarme a él porque soy por principio optimista y una convencida de que las modas, y con ellas las incongruencias que estamos viviendo,  pasarán y todo volverá a su cauce algún día. De lo que no estoy segura es de que lo lleguemos a ver”.

 

No puedo negar que la noticia me produjo zozobra.

Leí escuetamente lo que quizás muchos han analizado in extenso: que investigadores italianos por primera vez cuentan con pruebas de la presencia de agua líquida, además de salada,  en Marte. El hallazgo habría sido realizado en un lago subterráneo bajo una capa de hielo, por medio del radar instalado en la sonda Mars Express de la Agencia Espacial Europea (AEA).

Me detuve ahí, aunque la noticia continuaba. Reconozco que a pesar de mi interés por conocer la actualidad nacional e internacional (lo que quizás se deba a mi formación periodística), esto me superó.

Quizás porque me basta con el planeta en que vivimos para no incursionar en otros mundos. Respeto mucho a los investigadores que concluyen que hay agua en Marte… pero a mí déjenme tranquila con el planeta Tierra.

A diferencia de Mafalda que se quiere bajar del mundo, yo quiero aferrarme a él porque soy por principio optimista y una convencida de que las modas, y con ellas las incongruencias que estamos viviendo,  pasarán y todo volverá a su cauce algún día. De lo que no estoy segura es de que lo lleguemos a ver.

Tal vez mi indiferencia ante lo que ocurre en otros planetas tenga en parte su origen en un libro que leí cuando aún estaba en la Universidad y que me marcó a fuego. ¿Su autora? Tan italiana como los científicos que ahora encuentran agua en Marte: Oriana Fallaci. Y aunque “Si el Sol muere” no tuvo la relevancia de otros títulos suyos, lo conservo cuidadosamente incluso forrado en plástico (aunque seguramente me veré obligada a cambiarle esa cubierta por una de material biodegradable). Para mí esas páginas constituyen uno de los mejores libros de la periodista. Fue editado en 1965 y, perdonen, pero no lo presto.

Se trata de casi 500 páginas que reviven el año en que la Fallaci reporteó en Estados Unidos, entre los científicos de Cabo Kennedy. Su objetivo era interiorizarse de la carrera espacial y del entonces próximo (eran mediados de los sesenta) viaje a la Luna.

Pero más que una crónica espacial presenta el retrato más genuino de un choque entre civilizaciones y generaciones. De la cultura italiana con la estadounidense; de la mentalidad del futuro (de ella) contra la de su propio padre. Él no cree en la Luna y ella, Oriana, a su vez tiene una crisis de identidad al caer de bruces en el pasto… y no por la caída misma, sino porque en California el pasto, según escribe, suele ser de plástico.

Quien llega a California es una muy joven Oriana Fallaci, ya maestra de periodismo pero que aún no puede atisbar los rigores que le esperan en la vida. Ella simula en las páginas un diálogo con su padre, que permanece en Italia. Los pareceres contrarios de ambos detonan con la invención del Sputnik.

“¡Papá! ¿No es extraordinario, papá?, grité.

“Tú estabas leyendo el periódico. Con exasperante lentitud bajaste el periódico, descubriste dos ojos azules y antiguos, terrenales, un rostro escéptico y antiguo, terrenal, murmuraste:

“¿Qué es lo extraordinario?

“¿Ir a la Luna, papá. ¿No entiendes lo que significa esa gota de luz (el Sputnik)? Que iremos a la Luna, a los demás planetas!

“Con una lentitud aún más exasperante doblaste el periódico, lo pusiste sobre la mesa: ‘De qué sirve ir a la Luna. Los hombres tendrán siempre los mismos problemas, lo mismo en la Tierra que en la Luna, siempre estarán enfermos y serán malos, lo mismo en la Tierra que en la Luna. Además, he oído decir que en la Luna no hay mares, ni ríos, ni peces, no hay bosques ni campos, ni pájaros: no podría ni siquiera ir a cazar o a pescar…’”.

Entre los disímiles entrevistados de ese libro, uno de ellos es el propio Werner von Braun, padre del programa espacial de la NASA (institución que cumple en estos días sus 60 años de existencia).

    “Oriana. Bonito nombre, proustiano. Fallaci… ¿Fallasci o Fallaci?

    “Ci. No Sci.

    “No se equivocaba. Buscaba la exactitud. Le di la forma exacta”, escribe ella.

    Y es entonces, en esa entrevista realizada cinco años antes del alunizaje, donde le hace a Von Braun la gran pregunta:

    “Aquí se habla del viaje a la Luna como si se tratara de un viaje desde Huntsville a Nueva York, y se repite continuamente que tendrá lugar, al menos por parte de los americanos, hacia 1970. ¿Se realizará realmente hacia 1970?”.

    La respuesta de Von Braun singularmente se centra solo en las platas:

    “Si el pueblo americano está dispuesto a pagar, sí. No le quepa la menor duda. La empresa cuesta centenares de millares de millones de dólares, o sea, miles de millares de millones de liras, y solo puede realizarse si el Congreso sigue financiándola. Mi único gran sí es precisamente éste. Un sí financiero, no técnico. No tengo previsto ningún retraso desde el punto de vista técnico. Existen, evidentemente, algunas dificultades; pero todas ellas son de fácil solución. El viaje es corto: ocho días entre la ida y la vuelta. Trasladarse a la Luna es un pic-nic”.

Me habría encantado conocer la opinión de Oriana Fallaci sobre esta agua hallada en Marte. Quizás haberla enfrentado con su padre o con Werner von Braun. Pero me resulta imposible. Ellos ya  no están en este planeta Tierra.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 02-08-2018

 

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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