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El caso Luchsinger y Nueva Zelanda

El caso Luchsinger y Nueva Zelanda

El caso Luchsinger y Nueva Zelanda

Los problemas entre los colonizadores y el pueblo nativo fueron de gran magnitud, semejantes a los nuestros, pero los supieron superar con voluntad política, con generosidad, con altura de miras y con gestos semejantes a los que tuvo Jorge Luchsinger hace unos días.

 

¡Qué difícil debe haber sido para Jorge Luchsinger acceder a que el machi Celestino Córdova, uno de los crueles asesinos de sus padres, saliera de la cárcel para ir a renovar su rewe! Su gesto me recordó la saga neozelandesa, ejemplo para el mundo de hoy del diálogo para lograr la paz entre los maorí y los colonos ingleses durante el siglo XX.

Visité Nueva Zelanda hace un par de meses y quedé aún más impresionada de lo que esperaba con este joven país de  poco más de 4 millones de habitantes. Compuesta de dos islas de una belleza sobrecogedora, provista de ríos, montañas y lagos no tan diferente de la nuestra, sabía que ostentaba el primer lugar en el Índice de la Percepción de la Corrupción, más arriba todavía que los países nórdicos, los que siempre han sido los campeones de la transparencia y, por lo tanto, de la probidad. Pude constatar la eficacia de su sistema educacional, del que en Chile hemos escuchado bastante. El desarrollo de su tecnología no era novedad y fue una grata experiencia sentirse envuelta por su eficacia. La bendición de su amistad cívica que me rodeaba por doquier sorprendía con su gentileza inesperada hacia extranjeros diversos, siendo este factor algo tal vez menos esperado.

Pero lo que me dejó con la boca abierta fue el entendimiento y respeto mutuo con el pueblo maorí, que se palpaba en todas partes: museos, teatros, calles, restaurantes, hoteles, eventos. Mi guía en el museo, antes de saludar al grupo en inglés, lo hacía en maorí; en uno de los mejores restaurantes de Auckland, al lado mío una familia maorí era atendida con el mismo respeto; los letreros en las calles de Wellington tenían los nombres en ambos idiomas.

Comencé a averiguar. Le pregunté a nuestro embajador, Rodrigo Espinosa, a la presidenta de Transparency International N. Z., Suzanne Snively, al ex gobernador Sir Anand y su señora Lady Susan, a la académica e hincha de Chile, Kerrin Vautier. De a poco me fueron explicando que Nueva Zelanda fue recién descubierta a fines del siglo 18 por los ingleses, quienes la colonizaron, al igual que a nosotros los españoles dos siglos antes. Comentaron mucho sobre los problemas entre los colonizadores y el pueblo nativo, que fueron de gran magnitud, semejantes a los nuestros, pero, contrariamente a nosotros, los supieron superar con voluntad política, con generosidad, con altura de miras y con gestos semejantes a los que tuvo Jorge Luchsinger hace unos días. No debe haber sido fácil, pero lo lograron y hoy viven en total armonía, sin quemas, asesinatos ni terrorismo.

Creo necesario que nuestras autoridades del ramo vayan a Nueva Zelanda a vivir, a sentir y a presenciar las soluciones en carne propia. Leer y escuchar sobre ellas no basta. La experiencia es indescriptible.

Drina Rendic, ingeniero comercial y gestora cultural

Foto: AGENCIAUNO

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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