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Migraciones y abismos

Migraciones y abismos

Migraciones y abismos

“Nada se saca con cerrar los ojos a los peligros y censurar cualquier duda espetando alguna oración políticamente correcta”.

Desde 1990 se venía anunciando que las migraciones serían un gran nudo pos Guerra Fría. Ahora lo tenemos ante nuestros ojos. La decisión de Trump de separar a hijos de sus padres -que tiene un origen legalista- remeció a Estados Unidos y al mundo. Para poder hacerse una idea cabal de la situación hay que caminar entre dos abismos.

Uno es obvio, la tendencia al enclaustramiento tras un muro ficticio -físico, económico o militar- y renegar de toda responsabilidad por movimientos que han ido con la historia de la humanidad y que si a veces destruyen civilizaciones, canalizados en cierto orden devienen en fuerza fecunda que potencia a muchas naciones. EE.UU. ha tenido el genio de convertir a los inmigrantes en yankees en una generación, o menos. Sucede que ahora lo que más se escucha en nuestros días apunta a un poderoso sentimiento antiinmigrante que tiene profundas raíces y fantasmas persistentes.

El otro abismo es que no se ayuda a justipreciar este proceso cuando predomina el dogma de que se debe aceptar a todos los inmigrantes e integrarlos con un acto político-administrativo, como si de esto dependiera disolver nudos de enorme dificultad práctica y de arduas adaptaciones culturales. Nada se saca con cerrar los ojos a los peligros y censurar cualquier duda que se exprese espetando alguna oración políticamente correcta o de superioridad moral.

¿Por qué se migra? Por la crisis del Estado en muchas partes del mundo, lo que se llama “Estado fallido”, o que se encamina en esa dirección. Los casos de Siria y Libia, o de una parte de África negra, son patéticos. Es más que comprensible que masas humanas deseen escapar.

El otro motivo es la pobreza y falta de oportunidades en gran parte del mundo, a pesar de que entre la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI han sido muchos los que han logrado liberarse de sus garras. EE.UU. y Europa occidental ofrecen oportunidades y -sobre todo los europeos- garantías sociales. ¿Pueden otorgárselas a todo el mundo? ¿Qué pasaría si unos 50 o 70 millones de latinoamericanos de pronto emigran a EE.UU.? Lo mismo, si unos 200 millones de africanos o habitantes del Medio Oriente se instalan en Europa (apenas hay inmigración a Japón). El resultado en ambos casos sería el derrumbe de esas sociedades como modelo de desarrollo y de orden civilizado.

Por dos razones. Primero, sus servicios sociales y la capacidad de empleo sufrirían un colapso. Segundo, porque la inmigración requiere aculturación de los inmigrados, integración de actitudes en el nuevo medio, internalizar sus códigos, sobre todo en esa inefable ecuación de derecho y deber; se puede absorber una cantidad limitada aunque de número indeterminado. Entre tanto, cuando es racional, los inmigrantes colaboran en transformar creativamente en un grado el país donde se encuentran. Si es una masa incontrolada lo destruyen. A los latinoamericanos no les convendría que EE.UU. dejara de existir como es: una caldera que cría lo nuevo y posible. No habría dónde ir. Y se trata, en lo fundamental, en esas dos direcciones básicas, a los países desarrollados en Europa y América. Nunca nadie inmigró a un país marxista. Si no eran tontos.

En Chile, la inmigración reciente ha constituido un aporte que todos notamos y así respondemos a una deuda contraída, sin que por ello no existan prevenciones legítimas, en seguridad y en no alimentar una nueva extrema pobreza. El presupuesto inescapable, además de que sea en forma legal y en cantidades razonables, es que haya crecimiento económico para que se creen los necesarios puestos de trabajo. Es lo que ha permitido absorber a una gran cantidad, mejorando, entre otros, el sector servicios.

Columna de Joaquín Fermandois. EL MERCURIO, 03-07-2018

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—Cuando despellejes a tus contribuyentes, déjales algo de piel para que crezca de nuevo; así podrás hacerlo más veces.
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