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Desde España e Italia

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“Hay momentos, difíciles de predecir, en que la política arruina los países más sólidos. Por algo tuvo España una feroz guerra civil e Italia a un Mussolini”.

Vengo llegando de España e Italia. ¡Qué cambios en los dos países! En España, presencié el desalojo de Rajoy. En Italia, la llegada al poder de una coalición de populistas de izquierda (el M5S) y de derecha (la Liga Norte). Es como si en Chile se juntara el Frente Amplio con la Acción Republicana de José Antonio Kast.

¿Qué lecciones hay para Chile en estos eventos? Después de todo, con los dos países tenemos similitudes. Con Italia, similitudes históricas, como la rivalidad que hubo en la Guerra Fría entre la DC y el PC. Con España, similitudes actuales. El éxito con que la izquierda logra mantener presentes las dictaduras de Franco y de Pinochet. La lucha por la memoria histórica en general. El odio tribal entre izquierdistas y derechistas, refugiados en cámaras de resonancia para ni oír lo que piensa el adversario. El ocaso de la socialdemocracia: un PSOE que abandonó el legado de Felipe González y un PS que abandonó el de Lagos. El surgimiento de una izquierda aún más radical a la vez que juvenil: Podemos y el Frente Amplio. El surgimiento en España de Ciudadanos, una centroderecha renovada, cuya contrapartida chilena tendría que haber sido el Ciudadanos de Andrés Velasco, pero que en la práctica es, creo yo, Evópoli.

Una cosa rara: a pesar de tanto cambio político, en Italia y España la ciudadanía no se siente muy afectada. La gente sigue sus vidas como si nada. No hay taxista que no diga, en ambos países, que “da lo mismo porque los políticos son todos iguales”. Pero entre Italia y España hay en este aspecto matices importantes. En Italia la aparente prescindencia es más entendible. La gente se ha sentido obligada a batirse sola debido a la cantidad exagerada de cambios de gobierno que ha habido desde la guerra, y antes de eso, por su historia de país en que, en muchas regiones, los gobiernos eran ajenos por definición, ya que los imponían imperios extranjeros. Por otro lado, gracias a esa misma historia, Italia es un país sanamente descentralizado, con una sociedad civil fuerte, liderada por ejemplares empresas familiares.

En España la complacencia ante los cambios es a primera vista menos entendible. De hecho, la gente está más politizada emocionalmente que en Italia. Pero la clave está en ese “emocionalmente”. A pesar de sus pasiones tribales, los españoles son moderados en lo práctico, y se parecen entre ellos mucho más de lo que creen. A pesar de sus conversaciones apasionadas, no quieren cambios mayores, ya que al país le está yendo bastante bien. Pedro Sánchez entendió esa esquizofrenia entre emociones y deseos prácticos, escogiendo ministros moderados parecidos a los del PP. De allí quizás la tranquilidad ciudadana, la sensación de no sentirse afectados.

En todo esto España y Chile se parecen. En Chile también combinamos pasiones tribales con moderación práctica. Sonamos apasionados, pero queremos una vida tranquila, sin sorpresas, y por tanto un gobierno que nos administre bien el país, sin pretensiones mesiánicas. A diferencia de tantos otros políticos, el Presidente Piñera sabe interpretar esa esquizofrenia nuestra.

Por supuesto no da lo mismo quien gobierne, y la complacencia de los españoles e italianos ante los cambios de estas semanas es peligrosa. Hay momentos, difíciles de predecir, en que la política arruina los países más sólidos. Por algo tuvo España una feroz guerra civil e Italia a un Mussolini. Por eso no deberíamos nunca caer en la complacencia en Chile.

El mundo está en una encrucijada en que las emociones populistas amenazan con destronar el exitoso racionalismo de la posguerra. Los países que saldrán airosos serán los que eviten el populismo. Será el caso de Chile si logra tener más gobiernos como el actual.

Columna de David Gallagher. EL MERCURIO, 22-06-2018

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Un conocido en apuros económicos acudió en busca de consejo a John D. Rockefeller sénior. Su problema era que un individuo que le debía cincuenta mil dólares se había ido a Constantinopla, y él no tenía ningún comprobante o reconocimiento de deuda que le permitiera exigir su pago. Rockefeller le aconsejó:

—Escríbale una carta reclamándole los cien mil dólares que le debe. Seguro que él le contestará diciéndole que está en un error, que no son cien mil, que sólo son cincuenta mil. Y así ya tendrá usted su reconocimiento de deuda.

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Cuando Jean-Baptiste Colbert (1619-1683) se hizo cargo de las finanzas de Francia, hizo llamar a los principales hombres de negocios del reino. A fin de congraciarse con ellos y para ganar su confianza, les preguntó:

—Caballeros, que puedo hacer por ustedes.

—Le rogamos, señor —le contestaron todos a una—, que no haga nada. Déjenos que lo hagamos nosotros.

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