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Ganadores, perdedores e indecisos

Ganadores, perdedores e indecisos

Ganadores, perdedores e indecisos

Y perdieron los partidos tradicionales. Se disolvieron como dos alka-seltzers en un vaso de agua. Su agonía no es nueva, viene por lo menos de 2002, cuando Álvaro Uribe fracturó el bipartidismo. Pero desde este domingo puede afirmarse, sin exagerar, que los partidos Liberal y Conservador ya no representan a nadie. Que consigan escaños en el Congreso por la vía del clientelismo es otra cosa.

 

Ganaron las encuestas, tan vapuleadas en los últimos años por no haber acertado en casos como la victoria del ‘No’ en el plebiscito y la de Trump, en Estados Unidos.

Ganó, aunque quedara de tercero, Sergio Fajardo, cuya remontada final fue la única sorpresa en una jornada en la que todo ocurrió como estaba anunciado. El profesor quedó con la llave de la presidencia, pues un guiño o espaldarazo suyo harían toda la diferencia en la segunda vuelta. Una curiosa disyuntiva para quien representó el ‘ni Petro ni Uribe’.

Ganó también Claudia López, quien ya no será vicepresidenta, al menos no esta vez, pero quedó muy fortalecida para el próximo paso que quiera dar, como, por ejemplo, aspirar a la alcaldía de Bogotá.

Ganaron Gustavo Petro y Ángela Robledo. Nunca antes la izquierda había sacado tantos votos y estado tan cerca de la Casa de Nariño.

Y ganaron, por supuesto, Iván Duque y Marta Lucía Ramírez, quienes llegan al balotaje con cierta (insuficiente) ventaja. Duque hizo muy buena campaña, con un sello personal que gustó a mucha gente y la persuadió de que él es más que ‘el que dijo Uribe’.

Perdió Humberto de la Calle, cuyo caso deberá ser estudiado por la ciencia política: no se entiende cómo alguien de su rango y trayectoria fue prácticamente ignorado por el electorado.

Perdió Germán Vargas: la tan mentada maquinaria fue, esta vez, un buldóser de papel. Quedó comprobado que los comicios presidenciales, en particular las primeras vueltas, son un fenómeno de opinión: los tres punteros, Duque, Petro y Fajardo, que concentraron el 88 % de los votos, fueron, en esencia, candidatos de opinión. Y esa es una buena noticia para la democracia.

Perdió terreno la abstención: otra buena noticia.

Y perdieron los partidos tradicionales. Se disolvieron como dos alka-seltzers en un vaso de agua. Su agonía no es nueva, viene por lo menos de 2002, cuando Álvaro Uribe fracturó el bipartidismo. Pero desde este domingo puede afirmarse, sin exagerar, que los partidos Liberal y Conservador ya no representan a nadie. Que consigan escaños en el Congreso por la vía del clientelismo es otra cosa.

En síntesis, ganó la democracia colombiana. A pesar del pesimismo de los últimos meses, de la polarización, las pullas, los insultos, la propaganda negativa, los ataques ad hominem, las noticias falsas, etc. –que ocurren en toda elección, hasta en los países más civilizados–, la del domingo fue una jornada ejemplar. Nuestra democracia está madurando. Ese hecho, menos taquillero y emocionante que los resultados de la contienda, pero más significativo a largo plazo, fue la noticia más importante del día. No sé si a alguien más le pasó, pero el domingo recuperé algo de confianza en la política al ver a tanta gente votando con tranquilidad, conociendo –rápidamente– los resultados y aceptándolos, tristes algunos, jubilosos otros, pero con la sensación general de que se había llevado a cabo un proceso justo y transparente.

Las tres semanas que siguen, sin embargo, pueden ser de una pugnacidad sin precedentes. Debemos pedirles a los candidatos que adelanten una campaña con altura, sin ataques personales, golpes bajos ni guerra sucia. Sin tuiteros prepago ni fake news. Muchas personas tienen claro por quién votaran el 17 de junio y no cambiarán de opinión. Pero muchas están indecisas, ninguno de los dos aspirantes las convencen y están a la espera de algo, alguna razón o argumento, que las ayude a tomar la decisión.

Esos indecisos, todos de centro, no se decidirán por quien presente las mejores propuestas o el mejor programa, sino por quien les parezca mejor persona. Por eso, conducir la segunda parte de la campaña de forma limpia y decente, además de ético, puede ser lo más efectivo.

Thierry Ways,  Empresario e ingeniero barranquillero.

EL TIEMPO, Colombia, 31-05-2018

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Humor

Se cuenta que durante una cacería, el rey Alfonso XIII decidió permanecer un rato sentado a la sombra de un árbol para así poder descansar un poco, mientras sus compañeros de la partida de caza continuaron con la actividad.

Poco después se paró frente a él un campesino que estaba de paso, quien le preguntó al monarca si era verdad que por allí andaba el rey y de ser afirmativo le podía indicar quién era, pues le gustaría conocerlo personalmente.

Alfonso XIII se incorporó y pidió a aquel hombre que lo acompañara hasta donde se encontraba el resto de cazadores de la montería y podría averiguar quién era el rey porque todos los presentes estarían con sus cabezas descubiertas menos él.

Al alcanzar al resto de la partida, todos se descubrieron ante el rey a excepción del campesino.

-«Ahora ya sabe usted quién es el rey» comentó Alfonso XIII

A lo que el hombre contestó:

-«Una de dos. O es usted o soy yo, porque somos los únicos que seguimos con el sombrero puesto»

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El 8 de octubre de 1881, durante la inauguración de la línea férrea que unía las capitales de Madrid y Lisboa, con paso por Cáceres, el rey Alfonso XII tuvo un despiste a la hora de pronunciar unas palabras, en las que vitoreó a la ciudad de Cáceres.

Rápidamente fue advertido de su error, ya que no era ciudad sino villa, a lo que el monarca muy digno contestó:

«Pues desde hoy es ciudad»

Y así fue, ya que pocos meses después, el 9 de febrero de 1882, Alfonso XII ratifico sus palabras y nombró oficialmente ciudad a la hasta entonces villa de Cáceres.

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