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Frankenstein en el camino

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Frankenstein en el camino

No vamos a restarle al PP ni un ápice de responsabilidad en el momento de enorme riesgo que vive España, pero la ansiedad de Rivera, la contumacia obsesiva de Sánchez y la cada vez más evidente inconsistencia de Iglesias nos abocan a una situación que la inmensa mayoría no nos merecemos.

 

En todo este circo político que vivimos, ¿creen ustedes que alguien se ha detenido a pensar en el bien común de los españoles? ¿Realmente el país necesitaba ahora una moción de censura que destroza la economía, da alas a los independentistas y provoca un serio retroceso en el juego democrático de las alternancias, vía la lista más votada? Solo a Sansón le fue permitido el privilegio de tirar de las columnas y llevarse el templo por delante junto a su vida. Pero Pedro Sánchez no es un Sansón de la política. No vamos a restarle al PP ni un ápice de responsabilidad en el momento de enorme riesgo que vive España, pero la ansiedad de Rivera, la contumacia obsesiva de Sánchez y la cada vez más evidente inconsistencia de Iglesias nos abocan a una situación que la inmensa mayoría no nos merecemos. Cada día nos parecemos más a los italianos; y en este punto no son el espejo donde reflejarse, cuando políticos de extrema derecha y aprendices de bufones sitúan a los transalpinos en un bucle de inoperancia y decadencia democráticas. Ya veremos, si tras el parto de los montes, efectivamente aparece Frankenstein.

Bieito Rubido en El Astrolabio

ABC, España, 31-05-2018

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Cuando en 1865 se realizó la autopsia al doctor James Barry, cirujano del ejército británico en la batalla de Waterloo, se descubrió que era ¡mujer! El estudio de la Medicina estaba prohibido para las mujeres en esa época.

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En 1898, catorce años antes de que el Titanic zarpara, el marino norteamericano Norman Robertson escribió una novela llamada Futilidad, sobre un lujoso barco que se hunde en su viaje inaugural al chocar con un iceberg en el Atlántico. La nave era la más grande del mundo, con un casco triple, imposible de hundir. Sus pasajeros eran la flor y nata de la aristocracia y no había suficientes botes salvavidas. ¿El nombre del barco imaginario? Titan.

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