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EL CONSEJO DEL PAPA FRANCISCO

EL CONSEJO DEL PAPA FRANCISCO

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Lillian Calm escribe: “Ni el Papa ni la Santa Sede subrayan puntos simplemente porque sí. Se trata sin duda de un llamado para que obispos y fieles nos centremos en Jesucristo”.

¿La respuesta para estos días que estamos viviendo?

En el documento de trabajo o de reflexión -quizás, más bien, de oración- que el Papa Francisco le entregó a los obispos chilenos en la Santa Sede, y que fue filtrado a un canal de televisión en momentos en que recién muchos de los prelados regresaban en un vuelo a Santiago, aparecen algunos puntos subrayados. ¿Por quién? No lo sabemos. Pero a mi juicio constituyen el quid.

Ni el Papa ni la Santa Sede subrayan puntos simplemente porque sí. Se trata sin duda de un llamado para que obispos y fieles nos centremos en Jesucristo.

Reproduzco textualmente el inicio de los párrafos que aparecen subrayados y que destacan esa centralidad de Jesucristo:

“Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de promover una acción evangelizadora…”.

“Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de hacer fiesta por la alegría que el Evangelio provoca…”.

“Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de engendrar en la santidad a un hombre que supo proclamar con su vida: ‘Cristo vaga por nuestras calles…’”.

“Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de convocar para generar espacios que acompañen y defiendan la vida de los diferentes pueblos que conforman su vasto territorio…”.

“Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro con sinceridad es capaz -como supo mostrarnos uno de vuestros pastores- de “confesar que, en nuestra historia personal, y en la historia de nuestro Chile, ha habido injusticia, mentira, odio, culpa, indiferencia. [Y los invitaba a ser] sinceros, humildes y decir al Señor: ¡hemos pecado contra ti!…”.

El Papa Francisco sintetiza en el documento: “Y así podríamos seguir enumerando muchos fermentos vivos de Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro”.

Aunque a estas alturas de mi columna esta pregunta resulta obvia, la formulo: ¿No nos está diciendo Francisco que la clave es poner a Jesús en el centro de nuestra vida, de nuestro ser, de nuestro actuar, de nuestro peregrinar por este mundo?

Hay muchos otros párrafos del documento que dejan pensando y mucho. Pero me quiero quedar con estos puntos que trasuntan la trascendencia que el Santo Padre concede a lo más importante: poner a Jesús en el centro. ¿Lo hemos puesto? ¿Lo pongo? (Porque la clave de estas interrogantes está en llevarlas a lo que en nomenclatura gramatical llamamos primera persona).

 Quizás no, quizás en parte, quizás sí. Cada uno debe responderse.

Porque, al menos es lo que pienso, ese desafío de poner a Cristo en el centro, no es tarea solo de los 34 obispos que viajaron a Roma a reunirse con el Pontífice en la auletta del Aula Paulo VI. Es un llamado que renueva el Papa a todos los bautizados, sean sacerdotes, religiosos o laicos. Y me la hace a mí por el solo hecho de haber sido bautizada.

Entre mis archivos digitales encontré una homilía del Papa Francisco. ¿Lugar? La capilla de la “domus” en que vive: la Casa de Santa Marta. Data de hace casi año y medio pues tiene fecha 9 de enero de 2017, es decir, es de un año y días antes de que viniera a Chile.

Dijo entonces que el centro de nuestra vida es (cito) “Jesucristo, que se manifiesta, se hace ver, y nosotros estamos invitados a conocerle, a reconocerle en la vida, en las muchas circunstancias de la vida”. Puntualizó que si es un bien conocer “la vida de ese santo, de esa santa o incluso las apariciones de allí y de allá”, no hay que perder nunca de vista el hecho de que “el centro es Jesucristo: sin Jesucristo no hay santos”.

Además sugirió la importancia de plantearse la pregunta: “¿El centro de mi vida es Jesucristo? ¿Cuál es mi relación con Jesucristo?”. Y continuó: “La primera cosa que debemos hacer es mirar a Jesucristo”.

Y nos destacó “tres tareas, para asegurarnos de que Jesús está en el centro de nuestra vida”.

PRIMERO: “Antes de nada –explicó- reconocer a Jesús, conocer y reconocerle. En su tiempo, el apóstol Juan, al inicio de su Evangelio, dice que muchos no le reconocieron: los doctores de la ley, los sumos sacerdotes, los escribas, los saduceos, algunos fariseos”. Es más, “le persiguieron, le mataron”. Luego planteó “una pregunta que todos nosotros debemos hacernos: ¿a mí me interesa conocer a Jesús o quizás me interesa más la telenovela o las charlas o las ambiciones o conocer la vida de los demás?”.

Luego la receta: “Para conocer a Jesús está la oración, el Espíritu Santo, sí”; pero un buen sistema es “tomar el Evangelio todos los días”.

Es más dijo que tenía “ganas de preguntar: ¿Cuántos de vosotros toman el Evangelio cada día y leen un pasaje? (…) Es importante, dijo, llevar siempre consigo una copia del Evangelio, quizás “el de bolsillo, que es pequeñito, para llevarlo en el bolsillo, en el bolso, siempre conmigo”. Así se puede “leer todos los días un pasaje del Evangelio: es el único modo de conocer a Jesús”, de saber “qué ha hecho, qué ha dicho”.

Es fundamental, prosiguió, “leer la historia de Jesús, sí, el Evangelio es la historia de Jesús, la vida de Jesús, es Jesús mismo, es el Espíritu Santo que nos hace ver a Jesús ahí”. Y subrayó: “Por favor, haced esto: todos los días un pasaje del Evangelio, pequeñito, tres minutos, cuatro, cinco (…) Y esto trabaja por dentro: es el Espíritu Santo quien hace el trabajo después. Esto es la semilla. Quien hace germinar y crecer la semilla es el Espíritu Santo”.

SEGUNDO: “Es necesario «adorar a Jesús”,  afirmó el Papa. “En el salmo (Salmo 96) se lee: ‘Adoremos al Señor junto a sus ángeles’”. Y si “los ángeles le adoran”, de verdad está bien preguntarse “si le adoramos nosotros también”.

La mayor parte de las veces, dijo Francisco, rezamos a Jesús para pedirle algo o darle las gracias por algo. Y “todo esto está bien”, pero la verdadera pregunta es si nosotros adoramos a Jesús.

“Pensemos en dos modos de adorar a Jesús”, propuso. Está “la oración de adoración en silencio: ‘Tú eres Dios, tú eres el hijo de Dios, yo te adoro’”. Pero luego también debemos “quitar de nuestro corazón las otras cosas que ‘adoramos’, que nos interesan más”. Y agregó: “Hay una pequeña oración que nosotros rezamos, el Gloria -“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”- pero muchas veces la decimos mecánicamente como papagallos”. Sin embargo “esta oración es adoración, gloria: yo adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

He ahí, entonces, la sugerencia de “adorar, con pequeñas oraciones, con el silencio ante la grandeza de Dios, adorar a Jesús y decir: ‘Tú eres el único, tú eres el principio y el final y contigo quiero permanecer toda la vida, toda la eternidad. Tú eres el único’. Y así también “alejar las cosas que me impiden adorar a Jesús”.

TERCERO: “La tercera tarea que os sugiero para tener a Jesús en el centro de nuestra vida -prosiguió refiriéndose al pasaje de Marcos (1, 14-20)- es seguir a Jesús”. Cuando el Señor “ve a Pedro y a Andrés que trabajaban, eran pescadores, les dice: ‘venid detrás de mí’”. Señala que junto con seguir a Jesús debemos preguntar: “Señor, ¿qué quieres que haga? Indícame el camino”.

Concluyó diciendo que debemos pedir la fuerza de hacerlo “en la sencillez de cada día porque cada día, para ser cristianos, no son necesarias cosas extrañas, cosas difíciles, cosas superfluas; no, es simple: que el Señor nos dé la gracia de conocer a Jesús, de adorar a Jesús y de seguir a Jesús”.

Son consejos del Papa Francisco no solo para los chilenos, como lo hace en el documento con que comenzaba estas líneas.

En ese momento le hablaba a la Iglesia universal.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 31-05-2018

 

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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