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¿Cómo salimos de ésta?

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“Basta de declaraciones perfectamente redactadas, que van seguidas de un ‘no se admiten preguntas’. ¿El pueblo cristiano está llorando y usted no admite preguntas? Diga: ‘No sé’; diga: ‘Estoy tanto o más desconcertado que ustedes’, todo eso lo entenderemos, pero por favor no nos diga nunca más que se niega a hacer declaraciones”.

La crisis de los abusos llegó más tarde a Chile que al resto de los países. De paso, se perdió un tiempo precioso para haber aprendido de los errores ajenos y hecho las correcciones oportunas. Mientras en otros lugares ya se ha resuelto o se encuentra en vías de solución, en nuestro país las cosas parecen estar lejos de acabar.

¿Cómo saldremos de esta dolorosa situación? Las medidas son múltiples y me limitaré a señalar algunas.

La primera medida cuando uno se halla ante un problema grave es evitar las reacciones precipitadas. “La culpa es del celibato”, dicen algunos. Olvidan que: 1) el problema de los abusos se da también en las confesiones protestantes, cuyos ministros no son célibes, en una frecuencia que supera a la Iglesia Católica, según el Christian Science Monitor, una publicación de inspiración protestante; 2) los abusos no son patrimonio del ámbito religioso: la mayoría de los abusadores son los padres, padrastros y personas de entidades no religiosas que tienen relación con menores. Así las cosas, culpar al celibato no resuelve el problema, simplemente lo desplaza al lugar equivocado.

La segunda medida se relaciona con la anterior. Los casos de clérigos abusadores son gravísimos, pero en Chile oscilan, según los diversos informes, entre 32 y 45. El mínimo sentido común exige preocuparse de los 2.300 sacerdotes restantes, que están desanimados, solos, mientras sufren el repudio de una parte de la sociedad por actos que no han cometido. Esos curas fantásticos, aunque llenos de defectos, que están allí cuando se los necesita son las otras víctimas. Si no los cuidamos, los abusadores habrán tenido el mayor de los éxitos: liquidan la vida de sus víctimas directas, destruyen la imagen de todos los sacerdotes y, de paso, alejan de la fe a miles, millones de personas. Lo que se dice de los sacerdotes también vale para las monjas, que han sido mucho menos afectadas por estos problemas, pero padecen por igual.

La tercera medida tienen que tomarla los obispos chilenos. Basta de declaraciones perfectamente redactadas, donde no hay espacio al error, que van seguidas de un “no se admiten preguntas”. ¿El pueblo cristiano está llorando y usted no admite preguntas? Diga: “No sé”; diga: “Estoy superado por los hechos”; diga: “Estoy tanto o más desconcertado que ustedes”; diga: “No comprendo cómo pude ser tan estúpido”, todo eso lo entenderemos, pero por favor no nos diga nunca más que se niega a hacer declaraciones.

La cuarta medida se refiere a nosotros mismos, la gente de a pie. Usando ese espantoso pero gráfico lenguaje del Papa Francisco, está claro que no podemos seguir “balconeando”, contemplando esta horrible situación desde afuera, quizá porque no estamos dispuestos a sufrir tanto dolor. Nos gustaría pertenecer a una organización perfecta, donde todos tengan una hoja de vida impecable. De este modo, no queremos poner ni plata, ni tiempo, ni mojar la camiseta en una organización que está llena de impresentables. Y cuando tenemos la tentación de abrir el Evangelio para empaparnos de la lógica de Jesucristo, pensamos en Karadima o Barros, y con eso tenemos la excusa perfecta para mantener intactos nuestros hábitos burgueses.

Hay muchas instituciones en el mundo, pero entre ellas la Iglesia no solo es la más antigua, sino que tiene una característica notable: su infinita capacidad de reformarse. Estamos en un momento espantoso, pero si por un instante hacemos el ejercicio de ir mil años hacia atrás en el tiempo, nos encontraremos con un panorama no precisamente envidiable: veríamos un papa y un antipapa; contemplaríamos por todos lados la práctica de la simonía (sí, la venta de cargos eclesiásticos) y una corrupción que reina por doquier. Sin embargo, bastó con que unos pocos comenzaran la reforma para que llegara el siglo XIII con sus universidades, sumas teológicas, catedrales góticas y un auge impresionante de la vida religiosa. Después vinieron otros bajones terribles, como el panorama de degeneración que tuvo que presenciar Lutero. Ahora bien, ¿alguien habría anticipado en tiempos del malvado Alejandro VI que unos años después la Iglesia experimentaría una vitalidad increíble, con figuras como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila o Felipe Neri?

La crisis de los abusos pasará, como pasó la crisis arriana, la del año mil, la del Renacimiento y muchas otras. La cuestión es cuánto se demore en terminar y cuánta sea la gente que está dispuesta a dejar el pellejo para que la Iglesia supere este bache. No da lo mismo que sean años o siglos. No da lo mismo, porque hay víctimas que sufren infinitamente más que nosotros.

Columna de Joaquín García-Huidobro. EL MERCURIO, 27-05-2018

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