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La ley sensata

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La ley sensata

Joaquín García-Huidobro: “…la inmigración a Chile ha sido muy positiva, porque quienes vinieron lo hicieron con la disposición de integrarse, porque fue gradual y porque los recién llegados compartían con nosotros la herencia cultural judeocristiana. Eso marca una diferencia con el caso europeo y explica buena parte del éxito de la nuestra…”.

 

Una de las muchas diferencias entre Europa y el Nuevo Mundo tiene que ver con la capacidad de integración de nuestro continente. ¿Cuántos chilenos de origen palestino o italiano hablan hoy con fluidez la lengua de sus abuelos? Poquísimos. Esa lamentable pérdida del idioma revela, indirectamente, que los inmigrantes de ayer son hoy perfectos chilenos: Don Francisco, Arturo Salah o Manuel Pellegrini pertenecen al país tanto como las humitas o la chicha de Curacaví. Eso no pasa en Europa. Hay barrios de Colonia donde se habla turco, se come turco, y se viste como en la Anatolia; un alemán pasa por allí con la sensación de ser un extranjero.

La inmigración a Chile ha sido muy positiva, porque quienes vinieron lo hicieron con la disposición de integrarse, porque fue gradual y porque los recién llegados compartían con nosotros la herencia cultural judeocristiana. Eso marca una diferencia con el caso europeo y explica buena parte del éxito de la nuestra.

Sin embargo, la realidad de la inmigración se volvió problemática casi de un día para otro. En 2014, los extranjeros eran 416 mil. El Servicio Jesuita a Migrantes pronosticaba que recién en 2023 iban a alcanzar el millón, pero ya en 2017 superaron esa cifra. No estábamos preparados.

Admitir que podemos tener un problema, no significa negar el bien que nos hacen los inmigrantes. Es tan simple como reconocer que la sorpresiva llegada de muchas visitas a la casa en la playa exige tomar algunas urgentes medidas, porque de lo contrario la alegría por ver a esos cariñosos primos del sur puede terminar en una tragedia familiar. La inmigración mal digerida puede ser una bomba de tiempo. Varios países no lo advirtieron oportunamente, y hoy se ven enfrentados a serios brotes de xenofobia y también a disturbios ocasionados por inmigrantes que sienten que viven en un mundo que les resulta absolutamente extraño.

Nuestra ley actual, de 1975, resulta inadecuada para regular un fenómeno inédito como este. Seguir mirando para otro lado tampoco es una alternativa. Y mucho menos adoptar un angelicalismo migratorio que termina por provocar males sin número. Había que enfrentar el problema. Me alegra que el Gobierno se haya atrevido a hacerlo.

¿Qué cabe pedirle a una ley de esta naturaleza? Lo primero es que no siga modelos extremos. Es verdad que hay muchos miles de extranjeros cuyos papeles no están en regla, pero aquí no se trata de comenzar con expulsiones masivas, sino de ofrecerles un camino para regularizar su situación. Casi 80 mil lo han hecho en estos días, y días atrás se abrieron cuatro nuevos centros para agilizar estos procesos.

Lo segundo que cabe exigir a la legislación es que llame las cosas por su nombre: el turista es turista y tiene reglas de turista. Si usted viene a trabajar, dígalo claramente y siga los procedimientos que correspondan. ¿Hay alguien que pueda objetar un criterio semejante?

Por otra parte, se hace necesario distinguir a los menores de sus padres. Los niños son lo primero, y por eso, independientemente de la situación de sus progenitores, los menores tendrán acceso a la educación en los mismos términos que los chilenos.

Particularmente generosa se muestra con el reconocimiento de títulos universitarios. En una medida audaz, concede a las universidades acreditadas por más de seis años la capacidad de hacerlo. Una decisión que pone fin al largo peregrinaje al que estaban sometidos los profesionales extranjeros.

La nueva ley va acompañada por algunas medidas administrativas, que se han prestado a cierta discusión, particularmente ciertas exigencias de visa para los haitianos. Nada impide que más adelante se flexibilicen, pero resulta razonable darnos un tiempo para recibir bien a los miles de ciudadanos de ese país que han llegado a nuestras tierras. Hay que apoyarlos para que puedan aprender el idioma, conseguir una vivienda decente y que se cautelen sus derechos en materia laboral. No es discriminatorio aplicarles las mismas reglas de visa que rigen en casi todo el continente.

Hay leyes que por su carácter emblemático reciben un nombre especial. Por su oportunidad y por el carácter razonable de sus disposiciones, a esta habría que llamarla “la ley sensata”.

Joaquín García-Huidobro, Instituto de Filosofía, Universidad de los Andes

EL MERCURIO, 08-05-2018

 

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