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¿Modernización o transformación del Estado?: Cuidado con el gatopardo

¿Modernización o transformación del Estado?: Cuidado con el gatopardo

¿Modernización o transformación del Estado?: Cuidado con el gatopardo

“Esta participación amplia, lejos de constituirse en un logro político, pone de relieve algo que debe atender el gobierno con sumo cuidado: el tratamiento de las expectativas y la concreción de las tareas encomendadas”.

La semana que se nos viene, el nuevo Gobierno tendrá su primer mes. Y como suele ser frecuente, las vicisitudes diarias, las necesidades cambiantes y las expectativas que se tienen, sea de quienes lo apoyan o de quienes son oposición, tensionarán por el control de los temas que marcan la agenda del poder. Uno de estos temas se simbolizó tras el primer acto realizado por el Presidente, como fue su presencia en un hogar de menores antes de llegar a la casa de la Presidencia, lo que permite sostener que estos se anotaron un triunfo en su visibilidad, que luego se ha ido concretando en un proyecto de ley que sube considerablemente la subvención que los beneficia y en la creación de un grupo de trabajo que, con las visiones de diferentes actores, ha comenzado su tarea para proponer los fundamentos que den paso a los cambios legales y reglamentarios que sean necesarios.

Esta semana, se le dio espacio a otro tema que es de gran preocupación, la seguridad ciudadana y el funcionamiento de las instituciones que contienen las competencias operativas en la materia. Lo que llevó a la creación de otro grupo de trabajo, también con diversos integrantes, del mundo ejecutivo, parlamentario, municipal, universitario y ciudadano. La renuncia de algunos a participar en estos grupos de trabajo, por razones de conveniencia política o de cuidado parlamentario mal entendido, no logró que muchos, siendo de oposición, priorizaran la urgencia de los temas para no restarse a este propósito y concurrieran a participar en este esfuerzo.

Esta participación amplia, lejos de constituirse en un logro político, pone de relieve algo que debe atender el Gobierno con sumo cuidado: el tratamiento de las expectativas y la concreción de las tareas encomendadas. Todos quienes se suman a este llamado y quienes ven la constitución de estas mesas desde la vereda ciudadana, quieren cambios reales en el Estado (en el trato de los menores y en la seguridad ciudadana, y quizás en tantas otras materias que vayan destacándose en los meses que vienen). El costo de falla en los productos que esperan los asistentes o los espectadores, puede ser la peor de las noticias para restablecer las confianzas en nuestro país.

Si miramos esta construcción, lo que está en el fondo de la misma es un camino de trabajo en el Estado. Desde el punto de vista de quienes participaron en la última contienda electoral, todos los programas se refirieron al Estado, a la necesidad de su modernización o al reforzamiento de su capacidad, y en todos ellos, un tema especialmente tratado fue el de la seguridad de los ciudadanos. Además, en vísperas de las elecciones presidenciales, el Centro de Estudios Públicos dio a conocer el Informe de la Comisión de Modernización del Estado, bajo el sugerente título de “Un Estado para la ciudadanía”, donde se desnudaron y trataron los urgentes cuellos de botella que tiene nuestro Estado para su mejor funcionamiento.

A estas alturas, creo que conviene retener que modernizar en una de sus acepciones es “Hacer que alguien o algo pase a ser moderno”, y moderno es simplemente lo “Contrapuesto a lo antiguo o a lo clásico y establecido”. De donde puede inferirse que es irrelevante modernizar el Estado y es indispensable transformarlo. Transformación que, desde luego, no es solo un problema de tecnologías de la información o de un conjunto de aplicativos a los cuales acceder por la web o por teléfonos inteligentes; eso es solo un medio. Lo relevante es transformar la gobernanza de la toma de decisiones en un contexto donde debe haber reportabilidad, participación de ciudadanos y verdadero control de quienes ejercen decisiones públicas y administran recursos que todos aportamos. En eso lleva mucho sentido el título del informe del CEP: Un Estado para la ciudadanía.

Como decíamos anteriormente, el riesgo está en el costo de falla de la iniciativa. Que los resultados no den satisfacción a las expectativas y que hagamos un retoque para que las cosas sigan igual. En el famoso libro de Lampedusa (1958), El Gatopardo, Tancredi declara a su tío Fabrizio: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi” (“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, frase que tomó de Alphonse Karr (1849), “plus ça change, plus c’est la même chose” (“cuanto más cambie, es más de lo mismo”), que ha dado lugar a lo que se conoce como el “gatopardismo” o lo “lampedusiano”, que traduce en política el “cambiar todo para que nada cambie”.

La verdad es que las transformaciones políticas revolucionarias que terminan alterando la parte superficial de las estructuras del poder, tienen cansada a gran parte de los ciudadanos, que ahora, a través de propuestas focalizadas, profundas y con la participación de muchos, pueden despertar nuevas confianzas que al final del camino siempre requieren de la sede parlamentaria para poder transformarse en buenas leyes. En ese campo, son los parlamentarios los que deberán asumir los costos de falla de sus propias expectativas.

Columna de Ramiro Mendoza. EL MERCURIO, 07-04-2018

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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