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Jóvenes, pantallas y mundo virtual

Jóvenes, pantallas y mundo virtual

Jóvenes, pantallas y mundo virtual
abril 12

Alejandro Navas: “…la adicción a los videojuegos ya figura en los manuales de diagnóstico, mientras los médicos y autoridades sanitarias discuten si hay que considerar patología psiquiátrica la dependencia de las pantallas…”.

La alarma sonó a comienzos de año, y la hicieron saltar accionistas de Apple -hay que reconocerles la sinceridad con que criticaron su propio negocio-: el uso excesivo de las pantallas hace a los jóvenes adictos, depresivos e infelices. La dependencia de las pantallas en los niños y adolescentes también preocupa en Europa. Los estudios se multiplican. Tengo a la vista tres informes: el JIM (Juventud, Internet, Multi-Media), encargado por el gobierno regional de Baden-Württemberg; el Klicksafe, una iniciativa de la Unión Europea a favor de la seguridad en la red, y el #StatusOfMind, de la Royal Society for Public Health. No abrumaré al lector con estadísticas y me limitaré a apuntar, como valor promedio, que para el tramo de edad de 12 a 19 años se estima un uso diario de tres horas y media. El 90% de los niños alemanes de 12 años cuenta con un smartphone; en España, según el INE, el 70%.

La adicción a los videojuegos ya figura en los manuales de diagnóstico, mientras los médicos y las autoridades sanitarias discuten si hay que considerar la dependencia de las pantallas como patología psiquiátrica. La Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) recibió en 2016 casi 44 mil llamadas de menores que pedían ayuda por problemas con el uso de las nuevas tecnologías (problemas nuevos para los que hay que acuñar términos nuevos: sexting, grooming, ciberbullying…).

El avance tecnológico resulta imparable. No tiene sentido demonizarlo, pues tanto jóvenes como adultos apenas podríamos vivir sin la tecnología, pero tampoco sería prudente abdicar de la propia libertad y entregarse ciegamente a su dominio. Como casi todo en la vida, esos recursos admiten un uso ambivalente. Los estudios que he citado antes han investigado la influencia que tienen en los jóvenes distintas plataformas: Facebook, Snapchat, Instagram, Twitter y YouTube. Se encuentran algunas diferencias significativas. Por ejemplo, Instagram induce sentimientos de miedo y depresión: sus fotos suelen estar manipuladas, lo que lleva a los usuarios a sentirse inferiores, pues nunca lograrán estar a la altura de esos modelos -rostros bellos, tipos estilizados, prendas elegantes-.

El peligro asociado a Snapchat es otro y ya tiene nombre propio: Fomo (fear of missing out, el miedo a quedar desplazado). El usuario se ve sepultado por una catarata de fotos y videos que reflejan la vida cotidiana de sus autores y tiende a pensar que su propia vida resulta anodina y que se está perdiendo muchas experiencias apasionantes que otros disfrutan. Se comprende que ver rostros risueños y actividades divertidas nos haga envidiar esas felices vidas ajenas. Tantos espectadores parecen incapaces de advertir el carácter ficticio de esos montajes. Crece la presión para hacerse presente en esos foros y ambientes y para que cuenten con uno, tanto que se hacen dependientes de la aprobación ajena: la esclavitud de los likes. Y al margen del juicio positivo o negativo de los demás, en el que se juega la autoestima,

el mero retraso en la respuesta a un mensaje propio genera ansiedad:

“¿Cómo es que no hay respuesta? ¿Habré dejado de importarles? ¿Es que no cuentan conmigo?”.

Los informes subrayan la excesiva dependencia que tienen los jóvenes respecto del móvil. El flujo de mensajes es continuo, y también lo es su consulta: hasta 300 veces al día, según algunas encuestas. Lo preocupante es que buena parte de esos mensajes carecen de contenido informativo, son mero ruido y trivialidad.

Todas las plataformas coinciden en producir en los usuarios un mismo efecto nocivo: les roban horas de sueño. Se trata de algo muy serio, pues los niños y adolescentes necesitan dormir. Están en juego el buen éxito de su crecimiento y su maduración como personas sanas.

¿Qué se puede hacer para combatir los efectos negativos y potenciar lo positivo de esas tecnologías? La estrategia de mera condena lleva a limitar su uso, incluso a prohibirlo: es lo que ha anunciado el gobierno francés para el próximo curso académico. Todos los colegios prohibirán el uso de móviles a los alumnos menores de quince años. Una medida así puede adoptarse en un país centralizado como Francia, pero habrá que ver cómo se lleva a la práctica. Un experto, Peter Holnick, propone enseñar a esos alumnos a utilizar el móvil de forma creativa: “En lugar de limitarse a ser meros consumidores, deberían salir fuera, al mundo, para producir entrevistas, películas y música”.

Sería un error confiar tan solo en el sistema educativo. Hay acuerdo en la importancia capital de la actitud de los padres. Como en los demás órdenes de la vida, educan principalmente con su ejemplo: de nada servirá que pretendan limitar o prohibir a los hijos lo que ellos mismos practican. Y los hijos, como los alumnos, son muy malos para escuchar y muy buenos para observar.

Alejandro Navas, Profesor de Sociología, Universidad de Navarra

EL MERCURIO, 09-10-2018

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos (que, dados su buen humor y su bondad, no eran pocos) les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención.

El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.

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