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Mentes libres de etiquetas

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abril 05

La superioridad moral puede adoptar muchas formas, algunas más evidentes que otras. Una que suele pasar desapercibida es la de quienes creen reunir ciertas cualidades –apertura de mente, tolerancia, empatía– por el mero hecho de pensar y hablar desde una identidad o una opción ideológica concretas.

 

La independencia de criterio es una de las cualidades más codiciadas por quienes no se conforman con repetir los tópicos de moda en una sociedad, ni las consignas de los de su mismo bando ideológico. Su atractivo es innegable: frente al rechazo que suscita la actitud acomodaticia de quienes cambian sus ideas en función de sus intereses o de lo que piensa la mayoría, la honestidad intelectual despierta admiración. Lo mismo que una de sus manifestaciones más claras: el respeto –e incluso la amistad– entre personas con distintas visiones del mundo.

En ambientes intelectuales y académicos, la independencia de criterio es vista –justamente– como fuente de autoridad: es lógico que dentro de una comunidad donde se profesa la apertura de mente, goce de más prestigio quien no se casa incondicionalmente con un partido o un líder político que quien trata de justificar todos los errores de aquellos a quienes vota.

La identidad como arma arrojadiza

Se entiende que este sea un punto de vista popular entre los intelectuales. Y, de hecho, es una buena noticia, pues revela confianza en el poder de la razón, observa el columnista del New York Times David Brooks. En contraste con la sociología del conocimiento de cuño marxista, la aspiración a pensar de forma independiente supone admitir que nadie está determinado por la posición socioeconómica desde la que piensa.

Es verdad que los modernos hallazgos de las neurociencias y la psicología sugieren que nuestra racionalidad es más limitada de lo que creemos. Pero, sesgos aparte, hasta hace poco el ideal estaba claro: en la búsqueda de soluciones a los problemas sociales, el intelectual debía hablar con voz propia, sin miedo a contrariar a los “suyos” cuando fuera necesario. En esto, básicamente, consistía la libertad de pensamiento, y hacia allí había que ir… Al menos, hasta que la política identitaria entró en escena.

Porque el nuevo ideal va por otro lado: como explica Brooks, si antes se consideraba un signo de progreso que cada miembro de la sociedad aprendiera a pensar por sí mismo, ahora muchos sostienen que lo progresista es tomar conciencia de que la pertenencia a un grupo determina las opiniones de las personas. De ahí que cada vez sea más frecuente presentar la propia identidad como aval de pureza ideológica: el “puro” sería quien logra acreditar que piensa y habla desde una identidad no privilegiada.

¿Y qué pasa con los “impuros”? Para redimirse de la culpa del privilegio identitario, explica Ricardo Dudda en El País, en Estados Unidos algunos empiezan a exigir a quien habla desde esa posición supuestamente más ventajosa (por ejemplo, “hombre, blanco, heterosexual”) que “sea consciente de su privilegio, de sus ventajas innatas y de [las] opresiones en las que participa inconscientemente”.

Aunque este mecanismo de autoconciencia puede ser útil para empatizar con los demás, añade Dudda, con frecuencia se usa para acallar al discrepante. Y lo mismo cabe decir de cualquier acusación de privilegio: “Es un buen tapón argumentativo y una herramienta efectiva para silenciar al adversario político: tu condición te impide hablar de esto”.

En este contexto, es más fácil que los epítetos sustituyan a los argumentos. Basta ponerse una etiqueta para creer que tengo razón. Y al revés, si mi interlocutor se pone una etiqueta que me desagrada –o si se la endoso yo–, sus puntos de vista perderán validez (e interés). Es uno de los efectos perversos de la superioridad moral y una de las causas más serias del deterioro de la vida intelectual de un país: “Si uno se siente esencialmente mejor, no cree que le deba razones a quienes no juzga a su altura”, en palabras de Félix Ovejero.

No todo es izquierda o derecha

Igual que hay personas que se sienten superiores porque hablan desde una identidad concreta, otras creen que la simple militancia en un partido o una ideología que ha tomado la diversidad como bandera les acredita de forma automática ciertas cualidades, como una mayor sensibilidad y apertura hacia el diferente.

La paradoja es que, también en este caso, la superioridad moral suele traducirse en un desdén velado hacia quienes no piensan como ellos, pues a menudo su aprecio por el diferente tiene truco: como dice Nicholas Kistrof, “nos llevamos bien con quienes no se parecen a nosotros, siempre y cuando piensen como nosotros”. En realidad, la verdadera tolerancia pasa por reconocer que uno no tiene el monopolio de aquellas cualidades y que también el adversario político puede aspirar a ese alto grado de moralidad.

En este caso, la superioridad moral no solo bloquea cualquier intento de entendimiento con el discrepante, sino que vicia la vida pública, politizándola hasta un extremo peligrosamente insano. Lo explicó muy bien Julián Marías: “Llamo politización a que se ponga en primer plano la política y que se reaccione políticamente a las cosas. Es decir, que, ante una persona, si uno lo que piensa es si es de derechas o de izquierdas o como se quiera llamar y es lo único que importa, eso es monstruoso”.

La monstruosidad está en querer encerrar toda la complejidad de una persona en una etiqueta, en diluir toda la riqueza de un individuo en la colectividad, en ver siempre a los demás por el prisma de la diferencia.

Juan Meseguer. ACEPRENSA, 02-04-2018

 

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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