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Las campañas, el lenguaje y la democracia

Las campañas, el lenguaje y la democracia

Las campañas, el lenguaje y la democracia

Un riesgo poco percibido para la democracia es que las campañas políticas se llenen de buenos slogans, pero que sean vacuas en lo que a propuestas sensatas se refiere. Peor aún es la combinatoria de pésimos slogans con pocas ideas, o planteamientos regresivos respecto de lo avanzado en derechos humanos, por citar un caso.

Las campañas políticas, hay que entenderlo en todas sus implicaciones, deben contribuir al fortalecimiento de la democracia, no a su erosión, deben desarrollarse como un debate profundo respecto del proyecto de país que es urgente construir y, no para el posicionamiento de frases que apelan  a la emotividad, sobre la racionalidad.

La política, entendida como el diálogo inteligente para la deliberación en torno a la cosa pública, exige de un lenguaje potente, que no sólo sea capaz de ofrecer argumentos a los adversarios, sino ante todo, mostrar a la ciudadanía por qué una opción y no la otra debe gobernar o tener representación mayoritaria en el Congreso.

No es aceptable, por lo tanto, que bajo el argumento de que en las campañas lo “efectivo” es lo emocional, quienes contienden por algún cargo, cualquiera que éste sea, reduzcan sus posicionamientos públicos a una retórica hueca que, hay que decirlo en la mayoría de los casos no es, sino el reflejo de la ignorancia o el desconocimiento absoluto de los temas de mayor relevancia para sus localidades, regiones o estados.

En esa tesitura, lo exigible para Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Margarita Zavala es que desarrollen una campaña no sólo centrada en propuestas serias, sino ante todo, que sean capaces de construir ejercicios de diálogo éticamente ejemplares, desde los cuales se pueda, gane quien gane, auténticamente convocar a la reconciliación nacional que tanto nos urge.

Lo anterior es relevante, sobre todo, en un sistema de partidos que, particularmente en el 2018, ha apostado por candidatas y candidatos “ciudadanos”, como si ser militante de un partido político fuese la antítesis del ejercicio pleno de la ciudadanía.

 En ese sentido, nos han colocado en el mundo al revés, porque lo que ha ocurrido es que han fracasado, en su conjunto, en su responsabilidad de

fomentar la participación política, particularmente

de la población joven, lo que ha llevado a una “crisis de cuadros” y movilidad al interior de los institutos políticos.

Por el contrario, hoy lo que se tiene son dinastías familiares que en poco abonan a la construcción democrática, pues se ha confundido el “relevo generacional” con la heredabilidad de las posiciones y los privilegios.

Ante todo esto, en lo que debe insistirse es que la relevancia de un lenguaje educado, respetuoso de la diferencia y capaz de transmitir a la ciudadanía, la tolerancia, la aceptación de la pluralidad y la lógica del mejor argumento, pues en su conjunto; lo anterior sería muestra de una comprensión de la democracia como estilo de vida y no sólo como mecanismo procedimental para la disputa y transmisión relativamente pacífica del poder.

En un país en el que la narcocultura es reina en amplias zonas territoriales, en el que la disponibilidad de libros es de las más bajas del mundo desarrollado, en el que la calidad de la educación es sumamente limitada, y en el que la existencia de servicios culturales de calidad es prácticamente nula, la clase política se enfrenta hoy al reto de no caer en la tentación del discurso fácil, y en lugar de “efectivo” políticamente, se coloque en la mera búsqueda efectista de la coyuntura del calor y el color de la brega electoral.

Estamos urgidos de políticos que sean ante todo éticos en su actuar y en su decir; que sean ejemplares y capaces de renunciar al pragmatismo y búsqueda del poder a toda costa y, prácticamente, a cualquier costo, sólo así la vida en democracia puede germinar en aras de una sociedad de bienestar y libertades generalizadas.

Columna de Mario Luis Fuentes. EXCELSIOR, México, 02-04-2018

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos (que, dados su buen humor y su bondad, no eran pocos) les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención.

El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.

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