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OTRO LEGADO PARA LLORAR A MARES

OTRO LEGADO PARA LLORAR A MARES

OTRO LEGADO PARA LLORAR A MARES

Lillian Calm escribe: “¡Qué importa, parecen opinar quienes organizaron y autorizaron la Fórmula E por el mismísimo centro de Santiago, si las esculturas se pueden restaurar! Pero una escultura restaurada pasa a ser eso: una escultura restaurada, y ya llevamos más de un mes con la reja de gallinero a su alrededor. Seguramente algunos seudo artistas verán en esa reja de gallinero una instalación. Como no soy ni seudo ni artista veo simplemente lo que es: la escultura de la gran Rebeca Matte dentro de un gallinero”.

Cuando prácticamente por aire, mar y tierra se nos remacha el “legado” que le deja a Chile la mandataria saliente (¡cómo habría preferido yo que nos desheredara!), no podemos olvidar otro legado para llorar a mares. A éste aludía en mi columna de hace escasas semanas: es el de la Fórmula E.

Prácticamente había logrado olvidarlo durante los días de vacaciones, pero al llegar a Santiago pasé frente al Museo de Bellas Artes y me volvió a doler el alma ver la monumental escultura de Rebeca Matte encerrada tras una reja de gallinero. Es decir, me topé de nuevo y de narices con el legado de la carrera, de esos autos eléctricos que llegaron a competir y que en su paso arrasaron hasta con los adoquines centenarios que se habían recubierto “cuidadosamente” para que resultaran inmunes.

Sabemos que no fueron materialmente los autos, pero si una máquina pesada contratada a causa de la misma carrera para dejar todo como si aquí no hubiera pasado nada, la que cercenó la escultura. ¡Qué importa, parecen opinar quienes organizaron y autorizaron la Fórmula E por el mismísimo centro de Santiago, si las esculturas se pueden restaurar! Pero una escultura restaurada pasa a ser eso: una escultura restaurada, y ya llevamos más de un mes con la reja de gallinero a su alrededor.

Seguramente algunos seudo artistas verán en esa reja de gallinero una instalación. Como no soy ni seudo ni artista veo simplemente lo que es: la escultura de la gran Rebeca Matte dentro de un gallinero.

Todo ese panorama me hizo evocar una conversación que tuve una tarde, hace ya décadas, muy cerca del lugar: fue en un departamento de la calle Ismael Valdés Vergara. Ahí una pariente cercanísima de la escultora, también fallecida, me habló sobre la autora de “Unidos en la gloria y en la muerte” y me facilitó documentos que me permitieron adentrarme mucho más en el alma de la artista.

Recojo párrafos de ese artículo mío publicado en 1978, es decir, hace precisamente cuarenta años. Las páginas, ya amarillentas, me permiten recordar a una mujer que desde muy temprano, incluso antes de incursionar en el arte, comenzó a padecer la enfermedad pulmonar que terminaría con sus días, mal que le trasmitió a su única hija, Lily Íñiguez (la autora de “Páginas de un Diario”, que refleja toda una época). Lily incluso murió antes que ella, en un sanatorio.

A su vez, la madre de la escultora era nieta de Andrés Bello, humanista y primer rector de la Universidad de Chile. Él procedía de Venezuela, cuando Venezuela aún era Venezuela.

Rebeca Bello nunca le pudo dar a la escultora cariño maternal: enfermó después del parto (1875) de una amnesia profunda que la mantuvo fuera de toda realidad, lo que no impidió el cariño que a ella le profesó la hija. El padre, Augusto Matte Pérez, se volcó en la niña, mientras que la abuela materna, Rosario Reyes de Bello, la educó en un hogar que era un verdadero centro cultural de la época.

Tras la muerte de esa abuela materna, el padre, que representaba a Chile en Europa, se la lleva a vivir junto a él y la inscribió en 1890 en el colegio de Madame Mathieu, en París. Un día él le llevó de regalo una caja de plasticina (plastilina, según la Academia de la Lengua) que ella moldeó entre sus manos y creó así una obra que Augusto Matte conservaría siempre. Esos inicios llevarían a hablar a quienes serían sus maestros de un genio “maduro desde el comienzo”.

Rebeca Matte ingresó a la gran Academia Julien y de esa primera época surgieron diversas obras. Su debilidad física no impidió que sus manos esculpieran –perdón, si la enumeración se hace larga- primero “El Horacio”, “Encantamiento” y “Militza”. Luego vendrían “Cabeza de Bautista”, “Hamlet”, “Mi hija” (obra inspirada en Lily), “El Eco”, “Un Vencido”, “Crudo Invierno”, “Santa Teresa”, “Dolor” (hoy en el Cementerio General), “A los héroes de La Concepción” (en la Alameda), “Tristeza”, “Hacia la luz” y tantas otras entre las que está “Unidos en la Gloria y en la Muerte”, hoy en espera de reparación debido a la carrera Fórmula E que se corrió en el centro de Santiago.

Sin buscárselo llegaron las distinciones internacionales: Mención Honrosa en el Salón de París (1900), Primera Medalla en el Salón de Bellas Artes, Mención Honrosa en el Salón de París (1901), Tercera Medalla en la Exposición de Buffalo (EE.UU), Medalla única de la Academia de Bellas Artes de Florencia por la mejor escultura…

Fue asimismo la primera extranjera y la primera mujer en ser designada Profesora Honoraria de la Academia de Bellas Artes de Florencia. El Gobierno de Italia, por su parte, le solicitó una escultura para el Palacio Pitti, donde se exponen obras de Rafael, Leonardo, Tiziano y Miguel Ángel, en tanto que otra de gran fuerza -“La Guerra”- se levantaría en un lugar de honor en el Palacio de La Paz, en La Haya, donde tiene su sede la Corte Internacional de Justicia. Fue un obsequio del Gobierno de Chile. Se anota que la obra llegó a La Haya en el último tren de carga que corrió libremente en Europa, antes de la declaración de la Primera Guerra Mundial.

Rebeca Matte viajó a Chile tras la muerte de Lily, después de lo cual nunca volvió a crear: se dedicaría a dar a conocer los escritos de la hija y a perpetuar su memoria. Pero regresó a Italia donde falleció en 1929, tres años después que ella.

Recién en 1931 ancló en Valparaíso el vapor “Virgilio” que repatrió a Chile los restos mortales de madre e hija.

Intuyo que los organizadores de la Fórmula E no conocen estos datos. Tampoco quienes autorizaron la carrera. Pero tampoco sé si les importarán mucho. Tal vez nada.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 08-03-2018

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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