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Bachelet: la última semana

Bachelet: la última semana

Bachelet: la última semana

“Hará falta un empeño serio y sostenido por años, para revertir el daño causado a Chile”.

He repasado en los últimos días los discursos finales de Salvador Allende, intervenciones de 45 años atrás. Es muy fácil hacerlo: con su proverbial desfachatez, son numerosas las páginas web de marxistas que promueven ese conjunto de diatribas.

Lo he hecho para tratar de entender qué ha querido decir Michelle Bachelet, cuando ha afirmado que su meta ha sido continuar y terminar la obra de Allende. El esfuerzo por dilucidar su propósito es un objetivo importante, justamente en las vísperas del final de su segundo empeño en la materia.

Allende y Bachelet, maestro y discípula, han entendido la política -y la vida- como lucha, como conflicto.

El lenguaje de Allende era belicoso: cualquiera puede comprobar su talante guerrero leyendo los últimos textos del militante socialista. Por su parte, las palabras de Bachelet han sido combativas: su aparente simpatía iba siempre acompañada de un tono rencoroso y descalificador. Allende sabía que estaba perdiendo la guerra; Bachelet ha estado siempre convencida de estar ganándola.

En contextos diferentes, ambos han disfrutado del conflicto, pero los dos han sido unos perdedores netos.

Allende condujo al país a la mayor crisis política y económica de su historia, y Bachelet ha dejado a Chile en la peor situación moral y cultural de los 200 años de su vida independiente.

De Allende ya sabemos suficiente, por lo que centrémonos en Bachelet.

El juicio es lapidario: va a entregar el gobierno este domingo con los peores índices sobre humanidad que haya mostrado la historia de Chile. Y aunque todos somos en parte responsables del resultado -porque todos hemos actuado en el día a día mediante algunos comportamientos sociales inadecuados- no cabe duda que el gobierno Bachelet II lo es especialmente, porque declaró su abierto propósito de cambiar Chile desde adentro, de darlo vuelta como un calcetín, de conseguir que no lo reconozca -y lo ha logrado- ni la madre que lo parió, según la señera expresión de Alfonso Guerra.

Uno por uno, los índices de humanidad con que nos deja Bachelet son para llorar: más violencia intrafamiliar, más hacinamiento carcelario, más niños nacidos fuera del matrimonio, más violencia política y delictual, más niños abusados y muertos en el Sename, más rupturas familiares, más consumo de droga, más analfabetismo funcional, más posibilidades de abortar… Y todo esto no se arregla con una nueva Constitución, obviamente.

¿Quería eso Michelle Bachelet como manifestación de una sociedad indigente y entonces más necesitada del Estado todopoderoso y, por lo tanto, puede irse contenta porque consiguió debilitar todas las fibras sociales y hacer de Chile un país cada día más vulnerable al socialismo?

Si así fuera, su derrota en la conciencia de la inmensa mayoría de los chilenos, gente sencilla aunque de escasa formación, sería definitiva.

Pero si consideramos la otra posibilidad, la que estima que Bachelet simplemente no tuvo la capacidad de ganarles a esas lacras, el juicio es igualmente lapidario: ya no es la maldad, sino la incompetencia lo que la condena.

A Allende, que había planteado su acción política por las armas, se lo derrotó por las armas. A Bachelet, que desarrolló durante ocho años todo un programa que buscó -o al menos permitió- el deterioro moral y cultural de Chile, se la ha derrotado en las urnas, pero está pendiente respecto de su proyecto una auténtica victoria humanitaria.

No parece que baste el desastroso resultado de su gobierno para que se vaya a producir un gran cambio. No son así las cosas.

Hará falta un empeño serio y sostenido por años, para revertir el daño causado a Chile. Mientras tanto, quizás Bachelet se crea victoriosa.

Columna de Gonzalo Rojas. EL MERCURIO, 07-03-2018

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