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UNA VEZ CONCORDÉ CON LA PRESIDENTA

UNA VEZ CONCORDÉ CON LA PRESIDENTA

UNA VEZ CONCORDÉ CON LA PRESIDENTA

Lillian Calm escribe: “Si bien no es fácil identificar al troll, no es difícil captar su perfil: se trata por lo general de personas que poseen una formación si bien ideologizada, apenas básica. Otra característica más bien común es que carecen de cultura. No conocen la sintaxis, menos la puntuación y no hablemos de ortografía. Y otro pecado, quizás el más recurrente: no entienden lo que leen”.

Tengo un extraño récord: una vez, me parece que tan solo una vez, durante este último mandato, concordé en algo con la Presidenta. La verdad es que aunque ella por supuesto no lo sabe, sin proponérmelo sólo he discrepado en casi absolutamente todo y he considerado cada año gobernado por ella como un annus horribilis, antigua expresión latina que vino a remozar la reina Isabel II de Inglaterra.

Pero puedo decir, hasta asombrada de mí misma, que en algo concordé con la Presidenta. Desgraciadamente no es en lo macro, sino apenas en lo micro.

¿En qué estuve de acuerdo? En el consejo que le dio a la vocera Paula Narváez cuando ésta se sumó a Twitter, como lo explicó la propia ministra “con la intención de escucharlos (me imagino que a todos los chilenos y chilenas, como dice ella hasta al cansancio) e informar sobre el trabajo del Gobierno de la Presidenta”.

Y Michelle Bachelet, quien había abierto su propia cuenta recién el 7 de octubre de 2016, le dio la bienvenida a la red y le especificó: “Sólo un consejo: no alimente al troll”.

¡Qué sesudo consejo! Si yo hubiera conocido a la señora Narváez le habría aconsejado exactamente lo mismo, pero creo no estar equivocada al considerar que el troll no es sólo aquel sujeto que se inmiscuye en Twitter sino en toda expresión de las redes sociales.

¿Qué es un troll?

Para mí un troll o trol, escrito así según la Real Academia Española, siempre había sido lo que afirma esa misma Academia: “En la mitología escandinava, monstruo maligno que habita en bosques o grutas”.

Pero luego caí en la cuenta que también se denomina troll o trol al espécimen -me imagino de pulmones bastante vírgenes, ya que pareciera sobrarle el tiempo- que se dedica a intervenir las redes sociales, insultar visceralmente desde ahí a autoridades y no autoridades y, además, la mayoría de las veces, escondiéndose en el anonimato, que puede consistir en un seudónimo o en un simple gráfico.

Su firma es más bien una chapa que no corresponde a su verdadera identidad y muchas veces se escuda apenas en un nombre de pila, omitiendo cualquier apellido ya sea verdadero o falso. Pero eso no es todo: el individuo suele contar con un mail ad hoc, que tampoco es el suyo propio, para cobardemente lanzar desde ahí sus dardos.

Muchos de estos sujetos son incluso empleados part time de partidos políticos, grupúsculos, ongs u otras entidades de fachada, que los contratan para que vayan respondiendo, a su laya pero con burda toxicidad, todo lo que va apareciendo en los medios de comunicación.

Si bien no es fácil identificar al troll, no es difícil captar su perfil: se trata por lo general de personas que poseen una formación si bien ideologizada, apenas básica. Otra característica más bien común es que carecen de cultura. No conocen la sintaxis, menos la puntuación y no hablemos de ortografía. Y otro pecado, quizás el más recurrente: no entienden lo que leen.

Por mi parte reconozco que perdí algunos minutos leyéndolos cuando recién aparecieron, pero sus nulos aportes, si es que pueden denominarse aportes, me llevaron muy luego a adoptar una máxima: por principio dejar de leer todo lo que aparezca anónimo o con nombre supuesto y como comentario a la siga de algunos artículos.

Eso me ha conferido una de mis más soberanas libertades: no entretenerme leyendo diatribas a diestra y siniestra, o comentarios peyorativos que sólo llevan a perder el tiempo.

¡Y cómo he logrado multiplicar ese tiempo, que al menos a mí nunca me sobra!

Por eso en este único caso me atrevo a escribir: bien por la Presidenta.

Lillian Calm

Periodista

Temas y Noticias, 01-03-2018

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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