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Gatopardismo corriente

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“El problema del PPD no es simplemente su presunta cercanía estética al cine de los gánsteres de Chicago, sino el hecho de que actualmente no sirve ningún propósito, por tanto no significa nada y por lo mismo no es otra cosa que una vulgar maquinita de poder”.

El señor Vidal, conocido político progresista con formación académica como profesor de historia de liceo y el aderezo de una versátil carrera política, incluyendo el paso por RN o el radicalismo o algo similar, le ha notificado a la nación que su actual partido, el PPD, es parte o debiera ser parte o llegará a ser parte de una “alianza natural” con el PC y el PS.

Es toda una noticia. Si los ciudadanos no recordamos mal, el PPD se fundó expresamente en calidad de “partido instrumental” para dos cosas que eran a fin de cuentas una y la misma: derrotar a Pinochet y ayudar a la recuperación de la democracia. Nada más. En dicha calidad de artefacto incontaminado por toda la historia política previa de izquierdas y derechas, flamante en su novedad, sin cargar con el peso de la historia -esto es, el peso de los desastres de las épicas terminadas con gente en las cárceles o las tumbas los de abajo, los de arriba en exilios más o menos tolerables- y envuelto en el glamoroso envoltorio de la “lucha contra la dictadura”, el PPD resultó atractivo para muchos chilenos con pocas inclinaciones por los bandos de siempre y, a la pasada, muy práctico para una resurrección de quienes provenían de las filas de las colectividades de izquierda tradicionales, pero deseosos de regresar a su profesión sin arrastrar las cruces de sus fracasos.

Cumplido el objetivo, el PPD no se desmovilizó sino siguió operando. Por momentos, durante los años de don Patricio, se benefició del simple hecho calendario de haber sido recién fundado, lo que a muchos ciudadanos candorosos les pareció equivalente a ideológicamente “nuevo” y hasta original en su propuesta. Pero, dicho sea de paso, ¿cuál era dicha propuesta? ¿En qué consistía su doctrina o su ideario más allá del cacareado eslogan “derrotar a la dictadura”? Quizás en esos años era innecesario investigarlo; se adivinaba, sospechaba o asumía un difuso izquierdismo traído en sus maletas por los próceres fundadores, vaguedad hasta el día de hoy prevaleciente pero ahora ya sospechosa, mientras que por entonces se la asumía con benevolencia. Se agregaba a esa presunción una suerte de lista de lavandería de modernidades aprendidas en Europa durante el exilio, entre ellas el legislar para que los autos prendan las luces en la carretera y otros importantes aportes para el bienestar de la nación. En lo fundamental se suponía que la ya por entonces montepiada condición de opositor de Pinochet automáticamente equivalía a la calidad de habitante o siquiera visitante del territorio de la izquierda, sensibilidad que no era sinónimo y recomendación de éxito político, pero el apocalipsis que había sufrido era muy reciente y eso, en ocasiones, equivale a una virtud porque pone en primera línea las gracias heroicas del martirologio. Bien decía alguien que a los ingleses emociona mucho más la derrota de Dunkerke que la victoria de El Alamein.

El camerino Girardi

Pasaron los años, se sucedieron las administraciones concertacionistas y el PPD fue gradualmente cambiando de giro y de textura; poco a poco dejó de ser expresión de novedad y democracia a cargo de mártires patentados para convertirse en expresión de manejos oscuros y hasta mañosos. Todo eso encontró descripción en una frase que es, en sí misma, un monumento a la cobardía y el eufemismo hoy reinante por miedo “al qué dirán” no sólo las viejas del conventillo sino las redes, las sectas, los grupos de poder y los conciliábulos. Esa frase es “las malas prácticas”.

Debido a ese afán por personalizar que constituye una de las delicias del espíritu humano, dichas malas prácticas, como también ocurre con las buenas y la consiguiente sacralización del santón o gurú a la mano, se concentraron en la persona de Guido Girardi. Por obra y gracia de su ascendencia a no pocos les pareció natural que en él se encarnaran dichos vicios con olor a cinematografía. Se habló de sus listas, de sus telefonazos, de sus amenazas, de don Corleone.

Es de dudarse que las cosas hayan llegado tan lejos como las describen sus enemigos políticos. La realidad suele ser menos exaltada que los scripts de Hollywood. Tampoco es inusual y menos aun monstruoso que una organización política -de hecho, toda organización- a poco andar desarrolle un cierto tumor oligárquico, proceso estudiado hace ya muchas décadas; nada más natural en todo orden de cosas que los fulanos más activos y sus seguidores terminen manejando todo o casi todo y los demás, los menos listos, más pasivos o simplemente no tan interesados, se descubran un mal día haciendo el papel de los “miles de extras en acción”.

El meollo

El problema del PPD no es simplemente su presunta cercanía estética al cine de los gánsteres de Chicago, sino el hecho de que actualmente no sirve ningún propósito, por tanto no significa nada y por lo mismo no es otra cosa que una vulgar maquinita de poder. Dejó de ser hace mucho tiempo colectividad instrumental para la recuperación y sustento de la democracia y no se sabe de qué podría hoy ser instrumento, qué causa específica promovería más allá de emitir las consabidas y vacuas expectoraciones de siempre sobre el progresismo y la democracia. Su propio y parcial éxito en algunas de sus causas al por menor le han sustraído razones para una posterior existencia. ¿Cuántas veces se puede salir a combatir por los derechos de los gays y cuántas veces exhumar y volver a sepultar los mismos cuerpos gloriosos? Ya aprendimos a encender las luces en la carretera y a no soltar chistes sexistas. Es en medio de todo eso que Francisco Vidal, médico y mago de turno, ha sacado el conejo de la chistera: el PPD tiene una “alianza natural” con el PS y el PC.

Significado

¿Qué puede significar esa expresión? ¿Tal vez que esa es la clase de postura predominante entre sus dirigentes, militantes y simpatizantes? No es posible: una afirmación tan obvia por ser sabida, e insignificante por lo mismo, no la haría el connotado dirigente que ha anunciado la Buena Nueva. Sólo puede significar, entonces, que como colectividad el PPD tiene misteriosas afinidades nunca antes conocidas que lo acercan a las posturas marxistas; quiere decir que el PPD cree en la aporía socialista y luego comunista; quiere decir que tal vez siguiendo el ejemplo que diariamente nos da Girardi busca materializar al “hombre nuevo”; quiere decir que, esta vez no siguiendo ejemplos, aborrece la sola idea de una sociedad dinamizada por el interés privado.

No deja de ser una declaración heroica, quizás quijotesca, porque ni siquiera los arzobispos de dicha fe creen mucho en ella. De los comunistas más enterados bien podría decirse lo que dijo Luis XVI de un cardenal que era candidato al Papado y le pedía su apoyo: “¡Pero si ni siquiera cree en Dios!”. Vidal, que sólo cree, como vuestro servidor, en una mesa bien puesta y bien provista de bebidas espirituosas, hace rato que dejó de adorar al Espíritu Santo y ha de suponerse, entonces, que su llamado tiene menos el tono de una convocatoria para asaltar el cielo que el de un sálvese quien pueda. La izquierda estará en quiebra pero existe y nunca es imposible, a lomos del respetable público, una resucitación; es entonces una sala de espera para tiempos menos malos, un espacio con algún fundamento mucho mejor que la nada en estado puro. Piénsese que el PPD está, en el fondo, en situación más difícil que la decé, la cual al menos puede evocar una larga trayectoria y una creencia con nombre y apellido, el “humanismo cristiano”.

El PPD carece de todo eso, de historia y de doctrina, de trayectoria y de épica por pobre que esta sea. Tiene entonces y con carácter de urgencia que inventarse una al modo como el historiador Eric Hobsbawm decía que las naciones se inventaban una tradición. Es la “natural alianza con la izquierda”. También se le podrá llamar gatopardismo.

Columna de Fernando Villegas. LA TERCERA, 24-02-2018

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