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Roberto Ampuero, Canciller

Roberto Ampuero, Canciller

Roberto Ampuero, Canciller

El nombramiento de Ampuero en un cargo de tanta responsabilidad es importante por el reconocimiento a sus ideas y a una filosofía política que abre inmensas posibilidades, no sólo para Chile, sino para América Latina”, afirma el columnista colombiano Santiago Montenegro en el diario El Espectador

Después de su rotundo triunfo en la segunda vuelta de las elecciones chilenas, Sebastián Piñera sorprendió a casi todos los analistas políticos al nombrar como ministro de Relaciones Exteriores a Roberto Ampuero, un nombramiento simbólicamente importante, no sólo para Chile, sino para toda América Latina. Por varias razones. Primero, porque Ampuero proviene del mundo de lo que podría definir como la intelectualidad humanista, de la literatura y de la filosofía política, sin militancia partidista. No es el primer intelectual de Chile en ese cargo, pues, por ejemplo, Alejandro Foxley fue canciller en el primer gobierno de Bachelet (2006-09), pero, más que un humanista, Foxley había sido un excelente economista, con doctorado y numerosos libros, un tecnócrata convertido a la política activa en la democracia cristiana.

Segundo, el nombramiento de Ampuero es significativo por su trayectoria vital, que comenzó en su juventud como militante de las Juventudes Comunistas de Chile, su exilio en Alemania Oriental y Cuba, su desencanto del marxismo, magistralmente ilustrado en su novela autobiográfica Mis años verde olivo, su conversión en escritor, sus estudios de maestría y doctorado en la Universidad de Iowa, la creación de sus novelas con el detective privado Cayetano Brulé, su vida en Alemania Federal, Suecia, México, Estados Unidos, toda una trayectoria que recogió en una fascinante conversación con Mauricio Rojas en el libro Diálogos de conversos (Penguin Random House, 2015).

Pero, más allá de esta trayectoria vital, el nombramiento de Ampuero en un cargo de tanta responsabilidad es importante por el reconocimiento a sus ideas y a una filosofía política que abre inmensas posibilidades, no sólo para Chile, sino para América Latina. Porque, como Mauricio Rojas, su coautor en Diálogo de conversos, Ampuero es un liberal que cree en una sociedad siempre mejorable, concebida por seres humanos tal como son, con todas sus imperfecciones, sin la necesidad de crear un quimérico “hombre nuevo”. Es una visión que concibe al ser humano como un ser racional, pero con una racionalidad que no se limita a un algoritmo que lo único que hace es maximizar el beneficio costo. Es un ser racional porque es capaz de dialogar, de criticar y, sobre todo, de aceptar la crítica y, así, aprender de sus errores para no repetirlos. Es la convicción de que, con esos seres humanos, tal como son, no es posible construir y menos alcanzar el fin de la historia, la utopía de una sociedad perfecta, una solución final que prometieron el marxismo, el fascismo y que aún promete el populismo latinoamericano.

No se puede alcanzar la perfección, pero sí se puede mejorar y perfeccionar la sociedad; no se puede lograr un sistema de justicia ideal, pero sí es posible combatir y erradicar las peores injusticias, como la pobreza y la discriminación contra las mujeres, las minorías étnicas o raciales; no es posible alcanzar la igualdad de resultados, pero sí es posible obtener la igualdad de oportunidades o de capacidades, como lo planteó Amartya Sen. Más que un rígido cuerpo doctrinal, un pensamiento liberal como el de Roberto Ampuero y Mauricio Rojas es un talante dispuesto a la tolerancia, a la amistad cívica, al respeto mutuo y, sobre todo, al diálogo y el debate respetuoso. Es una filosofía política que se puede plasmar en políticas públicas concretas para una vida civilizada. Es una actitud que hace mucha falta en todos nuestros países.

Columna de Santiago Montenegro. EL ESPECTADOR, Colombia, 11-02-2018

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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