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¡Eso es segregar a los alumnos!, claman los independentistas, después de haberlos segregado ellos de la forma más expedita

SI la base del nacionalismo polaco es el catolicismo, la del francés es la Revolución y la del inglés, la insularidad, la del catalán es su lengua, hasta el punto de haberse quedado como único hecho diferencial. Pues la sensatez, laboriosidad y rigor se han ido al traste en su aventura independentista, al mostrarles tan tercos, fantasiosos, irresponsables y divididos como el resto de los españoles. El idioma es su última ciudadela para poder decir que ellos no lo son. Pero nadie intenta excluir al catalán de las aulas, que sería una barbaridad, ni convertir Cataluña en monolingüe. Todo lo contrario: lo que se intenta es que continúe siendo bilingüe, evitar que el discriminado sea el español, hablado por más de 500 millones de personas en dos docenas de países, Estados Unidos entre ellos, lo que vendría muy bien a los niños catalanes. Aparte de algo aún más importante: cumplirse la ley española y catalana. Pues lo más grave es que, en una parte de España, la lengua española está excluida prácticamente de la enseñanza —dos horas semanales no pueden llamarse estudiar un idioma—, con la aquiescencia de los gobiernos del Estado. Y luego nos extrañamos de que quieran independizarse.

La normativa exige que el 25 por ciento de las materias escolares debe darse en lengua española. Pero sólo en 10 de los 948 municipios catalanes se cumple. Y eso, sometiendo a padres y alumnos a un humillante proceso. De lo que se trata es de hacerlo normal, corriente. ¡Eso es segregar a los alumnos!, claman los independentistas, después de haberlos segregado ellos de la forma más expedita: excluyendo de hecho la lengua común de las aulas. En esas estamos y Rajoy necesitará toda su maña para resolverlo sin electrocutarse. Rivera tiene una fórmula salomónica: convertir la enseñanza en Cataluña en trilingüe, catalán, español e inglés. ¿Y por qué no estudiar en todo el Estado otra de las lenguas oficiales, a elegir? Eso resolvería de un plumazo los problemas lingüístico y territorial. Un niño es como una esponja, lo absorbe todo. Lo malo es que no hay profesores ni medios ni voluntad para hacerlo.

Las lenguas son instrumentos de comunicación y entendimiento entre los pueblos. Pero lo que ocurre en España es justo lo contrario: son mecanismos para distanciarnos y enfrentarnos. Es lo que hacen los nacionalistas. Estamos, pues, ante un problema político, no educativo. Algo que no puede continuar so pena de que el problema territorial, en vez de resolverse, aumente, ahí tienen el bable. Personalmente, lamento que, en mis años de estudio en Barcelona, no llegase a dominar el catalán, sólo a entenderlo. Cuando una lengua es un tesoro y cuantas más se dominen más rico se es. Eso no es de izquierdas ni de derechas. Es de sentido común. Aparte de que un error o atropello no se remedia con otro en sentido contrario. Pero vayan ustedes con estas cosas a un nacionalista. O a un izquierdista español, que hoy es casi lo mismo.

José María Carrascal, Articulista de Opinión

ABC, España, 19-02-2018

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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