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Vergüenza de España

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Zapatero intriga, maniobra y presiona para cimentar la dictadura de Maduro

 

Hay situaciones en las que la corrección en el trato se hace incorrecta por obscena y radicalmente inapropiada. Como inapropiada es la cortesía otorgada a quien brutalmente la niega. El vienés Karl Kraus, gran defensor y virtuoso practicante del insulto procedente, consideraba una falta de respeto a la verdad y a la justicia mostrar respeto hacia quien había demostrado no merecerlo. Esta reflexión se impone a la hora de hablar de un expresidente del Gobierno de España que vuelve a protagonizar un vergonzoso y envilecedor capítulo de su larga, tóxica y deplorable trayectoria. José Luis Rodríguez Zapatero ha escrito una carta a los partidos de la oposición venezolana en la que demanda que se plieguen a las exigencias de Nicolás Maduro y acudan a unas elecciones el 22 de abril para legitimar al dictador, caudillo de la mafia narcocomunista que gobierna hoy Venezuela. Para gran vergüenza de España, porque el Gobierno de Mariano Rajoy le otorgó expresamente un apoyo que jamás le ha retirado, Zapatero lleva ahora años de intrigas, maniobras y oscuras operaciones con el único objetivo real de fortalecer y cimentar la dictadura. Al principio aún se podía creer que pretendía mediar honradamente y buscar una salida democrática al país. Pero pronto quedó claro con quién estaba y para qué. Muchos de los dirigentes de la oposición le han exigido que se vaya del país y no vuelva. Son cada vez más explícitos en mostrarle el desprecio a su conducta y el rechazo total a su mediación. Ni se ha inmutado. Sus viajes a Venezuela y sonrientes apariciones televisadas con Maduro son un sangrante insulto para un pueblo que se muere de hambre, falta de medicinas, desesperación y terror de policía política y sicarios del régimen.

Los españoles saben bien lo tóxico que es el personaje. En ocho años hizo daño a España como nadie nunca en tan poco tiempo. Su trágica irrupción en la historia de España propulsado al poder por un rosario de bombas, 191 muertos y mil heridos, abrió grandes heridas, hizo rezumar artificialmente un odio largo tiempo superado y generó discordia, resentimiento y mala fe como no conocía este país desde los peores momentos de sus guerras fratricidas. Y todo ello continúa como su siniestro legado. Zapatero ha sido una tragedia para España. Su obcecación en la mentira hizo dispararse el coste y el sufrimiento de los españoles en su crisis más larga desde la guerra. La catástrofe cultural del rebrote del más virulento revanchismo y la dramática escalada del odio a España, el propio golpe de Estado con la rebelión institucional en Cataluña son impensables sin él. Él generó el resentimiento que lleva a jóvenes a querer vengarse hoy de una guerra de hace 80 años de la que no saben más que mentiras.

Para desdicha del pueblo hoy más desgraciado de la tierra, que es el venezolano, Zapatero apareció por allí nadie sabe bien cómo ni por qué, allá hace ya casi tres años. En la embajada española sugirió en 2015 que tenía un mandato de Obama. Yo estaba allí. Nada más se supo. Muchos barruntaban ya entonces oscuros intereses. Hoy más. Recuerdan al Hugo Chávez triunfante en Madrid, primer jefe de Estado que celebró a Zapatero en el poder, apenas disipado el humo del 11-M. Lo cierto es que ahora Zapatero defiende con ahínco y celo los intereses de un dictador, cabecilla de una banda de delincuentes narcotraficantes, que dirigen aquel régimen. Mientras no se distancie el Gobierno de Rajoy de ese Zapatero al que avaló, la vergüenza por el daño que ocasiona Zapatero a Venezuela es vergüenza de España.

Hermann Tertsch, Articulista de Opinión. ABC, España, 09-02-2018

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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