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Proteger la libertad religiosa sin condiciones

Proteger la libertad religiosa sin condiciones

Proteger la libertad religiosa sin condiciones

Una experta en la protección de minorías perseguidas por su fe cuestiona la idea de libertad religiosa que emplea el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en un caso de asilo.

El pasado diciembre, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) falló por unanimidad en contra de un ciudadano iraní al que las autoridades suizas denegaron el asilo. El demandante alegaba que su condición de converso al cristianismo le ponía en grave riesgo si era devuelto a Irán, donde sería considerado un apóstata y perseguido.

En el fallo, A v. Switzerland, el TEDH sigue la línea argumental de los tribunales suizos, que, pese a tener dudas sobre la sinceridad de la conversión, no basaron en eso su decisión, sino en la idea de que el demandante (Sr. A) no correría peligro en Irán mientras viviera su fe “discretamente” y “de forma privada”, de modo que no se “expusiera en público”, ya sea ante las autoridades o ante su círculo social próximo.

Según las autoridades suizas, que evaluaron el grado de religiosidad y las circunstancias personales del Sr. A, no se daban esos factores de riesgo. Entre otras cosas, porque no había demostrado una inclinación especial por expresar sus convicciones o por hacer proselitismo, y porque no ostentaba una posición destacada dentro de su comunidad cristiana. Además, su familia en Irán no era “fanática”, por lo que parecía improbable que lo denunciara.

En un comentario publicado en Forbes, Ewelina U. Ochab, jurista especializada en la protección de las minorías religiosas y activista por los derechos humanos, critica la sentencia del TEDH, no tanto por la decisión de rechazar el asilo, sino por validar el razonamiento empleado por los tribunales suizos y su idea de la libertad religiosa.

Ochab admite que los hechos no están claros y, por eso, no se pronuncia sobre los motivos del demandante. Como ya señalaron las sentencias suizas, el Sr. A sacó a relucir su conversión al cristianismo después de que se le denegara su primera solicitud de asilo, en la que solo alegaba motivos políticos, lo que puede llevar a pensar que se trata de una conversión interesada.

Pero Ochab sí es muy crítica con la evaluación que las autoridades suizas hicieron (y que el TEDH da por buena) de la situación de los cristianos en Irán. Como explica en su artículo, son numerosos los informes que dibujan un panorama más negro del que retratan los tribunales suizos. En ellos se denuncian acusaciones arbitrarias por supuestas blasfemias o por conspirar contra los “intereses nacionales”, hostigamiento social, discriminación laboral, etc. Y no solo contra figuras destacadas, sino contra cualquier cristiano, especialmente los conversos.

Además, Ochab encuentra preocupante la idea de libertad religiosa que subyace al razonamiento de las sentencias dadas en Suiza y validadas en lo fundamental por el TEDH. Tal concepción se puede ver en el punto 44 de este último fallo, donde los magistrados explican por qué han llegado a una decisión contraria a la de un caso similar, juzgado por el Tribunal Europeo de Justicia en 2012. Entonces sí se concedió el asilo a los solicitantes, al entender que estas personas “consideraban la manifestación pública de su fe como algo esencial para preservar su identidad religiosa”; ahora, en cambio, “las autoridades nacionales (suizas), que han evaluado personalmente al demandante, no han llegado a la misma conclusión”.

Es decir, según este fallo, el derecho a la libertad religiosa solo ampararía la manifestación pública de la fe cuando el creyente considera su expresión como parte de su “identidad”. Un razonamiento que, a juicio de Ochab, sienta un peligroso precedente, al condicionar la protección de un derecho humano básico.

ACEPRENSA, 10-01-2018

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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