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Mitsuo Miura, qué artista tan maravilloso

Mitsuo Miura, qué artista tan maravilloso

Mitsuo Miura, qué artista tan maravilloso
enero 11

Mitsuo Miura: Memorias imaginadas (1968-2017) Museo Casa de la Moneda. Calle Doctor Esquerdo, 36. Madrid. Comisario: Óscar Alonso Molina. Hasta el 18 de marzo

En una entrevista que Alicia Murria y yo mantuvimos hace más de veinte años con Mitsuo Miura (Iwate, Japón, 1946), el artista nos aclaraba la diferencia fundamental entre su proceder y el de sus colegas europeos: “En Europa, el poder se demuestra, el sufrimiento se muestra, esto es algo que le gusta mucho a la religión católica, parece que para conseguir algo de felicidad haya que sufrir mucho. […] Esta concepción de las cosas me es totalmente ajena. A mi me gusta introducir en la obra una parte de mi placer; […] a mí me interesa mucho más el placer de la vida y el placer que comunica el paisaje […] el placer del vacío puede ser muy fuerte, no hay riqueza, ni pobreza, no hay nada, pero a la vez está todo, digamos que es un vacío de placer. Este tipo de actitud es como un soporte de mi obra”.

Una afirmación que no ha perdido un ápice de razón en el desarrollo de su trabajo y del que da una prueba más, con su habitual y rotunda contundencia, la exposición retrospectiva que muestra, en un bucle que solo puedo calificar de prodigioso, en la Real Casa de la Moneda.

Las cuatro salas que la componen efectúan un recorrido por su trayectoria tan atractivo y ameno como lógicamente exigente para el espectador. No en vano el artista no solo rememora, sino que reconstruye imaginativamente la suma de sus recuerdos, en nuevos modos de activación tanto de la vivencia como de las obras que deparara. La primera de éstas se compone de una numerosísima serie de fotomontajes que recogen sus experiencias de las décadas de los 70 y 80 hasta mediados de los noventa, en los que su relación única es con el paisaje natural, el Paisaje silencioso, a las que acompañan siete columnas hechas con tiras de tela de color, que se corresponden con las que mostró en la galería Evelyn Botella en 2011. De ellas destacaría las series de fotografías, intervenciones y pinturas surgidas de sus estancias familiares en Almería, en la idílica Playa de los Genoveses, donde surgió por primera vez la serie Qué vida tan maravillosa. La siguiente, compuesta por grandes esculturas de pared monocromas y pinturas que se corresponden con el traslado al paisaje de la urbe y a sus iconos consumistas, que inició con obras de la serie Esta ciudad no es suficientemente grande para los dos, en 1996.

La tercera, deslumbrante precisamente por su extrema proximidad a la invisibilidad, reinstala su idea para la muestra conjunta con Pedro Calapez y Rui Sanches en la Fundación Viera da Silva, de Lisboa, 34 telas de plástico transparente que conforman un espacio mágico. La cuarta y última acoge las últimas pinturas realizadas en 2016, Memorias Imaginadas en diálogo con otras similares de los años ochenta y noventa aquí ausentes pero presentes en la memoria de quiénes tuvimos la fortuna de verlas entonces, y la medalla que ha diseñado para la Real Casa, en unos tonos del oro, la plata y el bronce que solo él puede concebir y con el ahora por distintas circunstancias aún más optimista y conmovedor lema “q v t m” en el anverso y “qué vida tan maravillosa” en el reverso.

Imprescindible también es la lectura atenta y la revisión de los textos del catálogo -del comisario, de Armando Montesinos y la reproducción de un texto de los años noventa de Alicia Murría- y del recorrido visual propuesto por el diálogo entre comisario y artista.

Si quiénes le conocemos, y somos muchos y muchos, de al menos tres generaciones, siempre le hemos considerado un maestro, ahora también hemos de considerarle, si no lo habíamos hecho antes, un maestro de vida, un artista maravilloso que nos devuelva a la luz.

Navarro. EL CULTURAL, España, 04-01-2018

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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