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EL PAPA ES EL PAPA

EL PAPA ES EL PAPA

EL PAPA ES EL PAPA

Lillian Calm escribe: “Por profesión, periodista, soy defensora de la libertad de expresión pero intuyo que este factor tiene escasísima incidencia cuando las críticas al Papa Francisco vienen de personas que ni siquiera se han dado el tiempo para leer sus intervenciones semanales (miércoles y domingos), y menos aún documentos como sus encíclicas”.

Dudé si escribir o no esta columna, pero aquí va.

Vengo oyendo desde hace algún tiempo una frase que me tiene hartada: “No me gusta este Papa”.

Por profesión, periodista, soy defensora de la libertad de expresión pero intuyo que este factor tiene escasísima incidencia cuando las críticas al Papa Francisco provienen de quienes ni siquiera se han dado el tiempo para leer sus intervenciones semanales (miércoles y domingos), y menos aún documentos como sus encíclicas.

Son meras tincadas y las meras tincadas no pueden ser consideradas con altura. Es más, yo diría que encierran desde superficialidad hasta un toque de superioridad que solo podría tildarse de soberbia

En otras palabras esa frase lanzada a voleo por un católico es lo mismo que aseverar “no me gusta la elección del Espíritu Santo”.

Un no católico puede pensar como quiera. Para el católico el Papa es el representante de Cristo en la Tierra. No es solamente un jefe de Estado (que lo es del Vaticano, donde se encuentra el gobierno de la Santa Sede); no es solamente un líder espiritual; no es solamente un visitante que llega a Chile como podría hacerlo un cantante de rock. Y sin embargo nos encontramos ante un supermercado de opiniones donde pareciera que cada uno puede elegir la suya.

Qué fácil parece lanzar diatribas y calumnias, como si resultara hasta entretenido hablar contra la Iglesia, contra el Papa, en otras palabras, contra Jesús como ya lo hicieron los fariseos y Herodes. O lavarse las manos como Pilatos. Y seguimos: que este Papa es mejor o peor, que el anterior… era así o asá.

Hay una sola manera de ser católicos: con el Papa de Roma. Y punto. Si no, no somos católicos, apostólicos y romanos como repetimos en el Credo. Pareciera que muchas veces pasamos por alto esto en el día a día.

El Papa es el Papa, es el Vicario de Cristo. Es el descendiente directo del apóstol Pedro, llámese Pío, Juan, Pablo, Juan Pablo, Benedicto o Francisco.

Hace ya más de un mes leí en “El Mercurio” una entrevista que le hizo Soledad Vial al periodista Yago de la Cierva, quien ha organizado reuniones multitudinarias con el Papa, y que vino a recorrer Santiago y Temuco.

Sus declaraciones me dejaron algo helada. Y triste. Sobre todo, triste: “Vengo de Perú, he estado en Colombia, antes en Panamá, y en todos veo gente muy esperanzada; no es esa la sensación universal chilena. Como no he visto en ningún otro sitio, el verdadero desafío es que la gente está poniendo distancia con el Papa”.

Para él, las razones de esta “distancia”, le confió a la periodista, pueden ser múltiples. Y subrayó que tal vez incluso, más que al Pontífice, los chilenos vean “a un argentino que viene a meter el dedo donde duele”.

Le sorprendió ver a “chilenos muy desconfiados, a la defensiva”, lo que no ocurrió en Colombia, un país muy dividido. Y de inmediato explicó que el Papa Francisco “viene con toda la intención de ayudar. Será muy importante lo que diga y cómo lo diga”.

Hace escasos días “L’Osservatore Romano” difundió un artículo titulado “Leer al Papa en la era de la posverdad”. ¿Su autora? La historiadora Lucetta Scaraffia, miembro del Comité italiano de Bioética y consultora del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización. Para ella la hoy tan mentada posverdad (¡quien no habla hoy en día como si supiera en qué consiste este tan tenebroso fenómeno!) es una variante más insidiosa del relativismo.

Cito a la consultora pontificia: “Hoy los propagadores de la posverdad aspiran a presentar sus hechos como los verdaderos.

Así ocurre cuando algunos medios se limitan a difundir únicamente las palabras del Papa que, a su juicio, refuerzan la imagen que de él tratan de construir. Silencian todo aquello que podría revelar un pensamiento coherente con la tradición cristiana y, en cambio, exageran las afirmaciones –quizá sacadas de contexto– que encajan en la imagen del pontífice progresista que tienen en mente y que quieren acreditar a toda costa, incluso forzando la realidad”.

Para resolver este problema, opina Scaraffia, bastaría con leer directamente “las palabras originales del Papa”. Pero “muy pocos lo hacen, porque la mayoría prefiere fiarse ciegamente de los medios y, sobre todo, de titulares chillones”.

Ella misma previene contra intervenciones que le atribuyen al Papa y que jamás han sido suyas, y que tiempo atrás, al referirme a ellas en otra columna, yo misma atribuía a la corriente New Age. Y simplemente, con todo descaro, las firman “Papa Francisco”.

Scaraffia señala que es otro intento de “construir la imagen de un Papa progresista y permisivo”, mediante la difusión de palabras que supuestamente habrían escapado a la censura de la Curia… pero que en realidad el Pontífice no ha dicho.

Años atrás el catedrático de Derecho en la Universidad Complutense, Rafael Navarro Valls (hermano de Joaquín, ya fallecido, y quien fue tan cercano a Juan Pablo II y a Benedicto XVI) publicaba en la prensa española (me parece recordar que fue en el diario “El Mundo”) una columna titulada “El complicado oficio de Joseph Ratzinger”. Saltando en el tiempo y quizás parafraseando yo la titularía hoy día “El complicado oficio de Jorge Mario Bergoglio”.

Archivé un párrafo que me permito, ahora que Ratzinger es emérito, aplicárselo a Francisco: “Su afirmación de que la Iglesia lo que necesita hoy es santidad, no management, apunta como una flecha a ese blanco. Blanco que incluye, claro está, la lucha contra la pobreza y la injusticia (…) No es fácil esta tarea, pero tampoco nadie ha dicho que el oficio de Papa lo sea”.

Finalmente una última cita. Esta vez es de George Chevrot, autor del libro titulado “Simón Pedro”, uno de los primeros libros espirituales que leí. Señala: “No cederemos a la tentación, demasiado fácil, de oponer un Papa a otro, para no otorgar nuestra confianza sino a aquel cuyos actos respondan mejor a nuestras inclinaciones personales. No seremos de aquellos que añoran al Papa de ayer o que esperan al de mañana para dispensarse de obedecer al jefe de hoy”.

Luego recuerda que el sucesor de Pedro tiene sus poderes directamente de Cristo y precisa: “Cuando hablemos del sumo Pontífice eliminemos de nuestro vocabulario, por consiguiente, las expresiones tomadas de las asambleas parlamentarias o de la polémica de los periódicos y no permitamos que hombres extraños a nuestra fe se cuiden de revelarnos el prestigio que tiene sobre el mundo el jefe de la Cristiandad”.

Quedan todavía unas pocas horas para que el Papa Francisco pise tierra chilena, donde vivió en su juventud como Jorge Mario Bergoglio. Con todo respeto le aconsejo a quienes siguen repitiendo la frase con que prácticamente inicié esta columna que, por favor, lean algo de sus muchas biografías. Incluso me atrevería a sugerirles alguna de sus encíclicas.

Lillian Calm

Periodista

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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