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Sexo, silencio y adicciones

Sexo, silencio y adicciones

Sexo, silencio y adicciones

Lo que uno se pregunta es si no sería más productivo y más barato inculcar desde la escuela y la familia una visión más sana y más digna de la sexualidad, ejercitarse en aptitudes para controlar los impulsos, clarificar la mirada para ver al otro/a como una persona y no como un mero instrumento para mi satisfacción sexual.

No pasa día sin que algún personaje famoso en EE.UU. sea denunciado públicamente, llevado a los tribunales o cesado en su puesto por abusos sexuales. Pero, más allá de los casos personales, están emergiendo toda una serie de prácticas que tanto en Hollywood como en grandes empresas han contribuido a favorecer la ley del silencio.

Microsoft ha dado un paso al frente y ha decidido eliminar en sus contratos laborales la cláusula que obligaba a sus empleados a resolver las denuncias por acoso sexual por arbitraje interno en la empresa, en vez de acudir a los tribunales. Ahora la tecnológica de Redmond piensa que la resolución de estos problemas a puerta cerrada contribuye a perpetuar los abusos. No hay que olvidar que antes de que algunas mujeres denunciaran a Harvey Weinstein en el reportaje del New York Times, ya algunos desmanes del productor habían sido arreglados con dinero en negociaciones privadas.

Pero no pensemos que la práctica del arreglo interno haya sido una peculiaridad de Microsoft. Este tipo de cláusulas son habituales en muchas empresas, sobre todo en las más grandes. Según se dice en las informaciones, 60 millones de estadounidenses no tienen opción de acudir a los tribunales porque están obligados por contrato a resolver estos litigios internamente. En la resaca de estos escándalos, los senadores Lindsey Graham y Kirsten Gillibrand han presentado un proyecto de ley para prohibir este tipo de cláusulas, en las que se pacta una compensación al margen de los tribunales.

También es curioso que después de haber criticado tanto a la Iglesia católica porque en algunas diócesis se silenciaron los abusos sexuales con procedimientos puramente internos y con indemnizaciones a las víctimas, ahora resulta que esto es una práctica habitual en las empresas americanas.

Si se trata de acabar con la ley del silencio, es inevitable preguntarse por qué la industria de Hollywood ha estado tanto tiempo callada ante los abusos de Weinstein y de otros famosos del cine. Los que antes eran uña y carne con Weinstein se han apresurado a condenarle y a asegurar que ellos no sabían nada. Junto a las denuncias del MeToo también podría calificarse de trending topic el Yotampoco sabía. Es posible. Pero actrices víctimas de Weinstein no han dudado en calificar de hipócritas a gente del círculo del productor, que al menos prefirieron no enterarse y que ahora se apuntan a la moda del MeToo. Rose McGowan no dudó en señalar a Meryl Streep, que asegura no haber sabido nada de los abusos de su amigo Weinstein. Si fuera un obispo que dijera no haber sabido nada de los abusos de algunos curas, nadie le creería. Pero tratándose de Meryl Streep, hay que respetar la presunción de ignorancia.

Sus intentos de distanciarse del productor se han visto amargados por una campaña callejera de un artista seguidor de Trump, que ha llenado lugares estratégicos de Los Ángeles con un poster en el que aparece Streep junto a Weinstein, ambos sonrientes, y ella con los ojos cubiertos con una franja roja que dice “She Knew” (Ella sabía). Este Banksy de derechas admite que no le consta que Streep conociera los abusos de Weinstein, pero, según declara al Guardian, “creo que cualquiera en la industria cinematográfica tenía una idea bastante clara de lo que sucedía”.

Los periódicos liberales han salido en defensa de la actriz icono de Hollywood. Pero cuando una ha utilizado su discurso en los pasados Globos de Oro para meterse con Trump y presentarse como adalid de los derechos de la mujer, hay que estar preparada para recibir fuego de la artillería enemiga y quizá alguno de la amiga. Y ahora que la temporada de los Globos y de los Oscar está a la vuelta de la esquina, hay que tener las espaldas bien cubiertas en la alfombra roja. Por de pronto, una campaña de actrices de Hollywood ha pedido a las famosas que pisarán la alfombra roja en los próximos Globos de Oro que se vistan de negro para concienciar al público sobre el movimiento. No han dicho de qué modistos serán los exclusivos trajes negros.

Si el negro va a ser el color de moda en los premios, la moda entre los acusados de abusos es someterse a terapia contra la adicción al sexo. Incluso lo dicen en sus peticiones de excusas como muestra de arrepentimiento y deseos de enmienda. Kevin Spacey y Harvey Weinstein son compañeros de terapia en una clínica puntera en el tratamiento de adicciones en el desierto de Arizona. Según el periódico The Arizona Republic, en el programa están prohibidos los móviles, la televisión, ordenadores, reproductores de música, videojuegos e instrumentos musicales. Vamos, una trapa. Eso sí, sus propietarios no han hecho voto de pobreza y cobran 37.000 dólares al mes a cada paciente.

Su programa de 30 objetivos en 45 días comienza por salir de la negación y entender la naturaleza de la enfermedad, para centrarse en las raíces de la adicción al sexo y tratar de recuperar el equilibrio interior. “La adicción al sexo es como cargar una gran piedra que va contigo a todas partes”, dice el director de la clínica, Patrick Carnes. “Los secretos sexuales que albergas en tu conciencia pueden hacer la vida ingobernable. Gentle Path [nombre de la clínica] es el lugar donde vas a soltar esa piedra, reivindicar sueños perdidos, y lograr un cambio profundo que dure a largo plazo”. Estupendos objetivos. En cierto modo suena como la terapia espiritual de una confesión laica.

Lo que uno se pregunta es si no sería más productivo y más barato inculcar desde la escuela y la familia una visión más sana y más digna de la sexualidad, ejercitarse en aptitudes para controlar los impulsos, clarificar la mirada para ver al otro/a como una persona y no como un mero instrumento para mi satisfacción sexual.

En definitiva, vistos los derrapajes de la revolución sexual, ¿no habría que redescubrir la templanza y probar con la castidad? Sí, esa virtud que tanto asusta a los diseñadores de los programas de educación sexual, que se considera irreal, pero que luego se pretende inculcar con terapias carísimas en el desierto de Arizona. Por lo menos, la enseñanza de la castidad ha sido tradicionalmente gratis. Quizá habría que ponerle un precio módico para revalorizarla. La Iglesia católica, que tiene una rica experiencia en este aprendizaje de la castidad, podría ofrecer sus servicios en un campo donde en estos momentos apenas hay competencia.

Ignacio Aréchaga. ACEPRENSA, 02-01-2018

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Un irlandés entra a un bar en Dublín y pide tres shops de cerveza, se sienta en un rincón y toma un trago de cada shop por turnos.

Cuando pide otros tres shops, el barman le advierte que es mejor que beba de uno solo a la vez, porque la cerveza después de servida pierde su sabor. El irlandés responde:

-Verá, somos 3 hermanos y dos se han ido a Australia. Cuando se fueron, prometimos beber en esta forma para acordarnos de los tiempos en que lo hacíamos juntos.

Esta rutina se repite durante varios meses, hasta que un día el irlandés pide solo 2 shops. Pensado en lo peor, el barman se acerca y le dice:

-No quiero inmiscuirme en su pena, pero quería darle mis condolencias.

El irlandés parece confundido al principio, pero luego replica alegremente:

-¡Ah no! Todos están bien. Lo que pasa es que yo dejé de tomar.

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