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La estrategia que puede destronar al peronismo

La estrategia que puede destronar al peronismo

La estrategia que puede destronar al peronismo

El experto Rodrigo Zarazaga afirma que trabajadores formales, que constituyen el núcleo del peronismo, empiezan a ser receptivos “al discurso meritocrático y luminoso de Pro y cometen el «sacrilegio» de votar a Cambiemos”.

Más allá de que a unos les guste y a otros no, existe una certeza en la historia electoral argentina: el conglomerado social de menores recursos, llámeselo pueblo, clase trabajadora, pobres o sectores populares, ha sido fiel al peronismo, apoyando sus distintas expresiones a lo largo de muchas elecciones. Con su fidelidad, este sector convirtió al movimiento creado por Perón en el principal actor del sistema desde la segunda mitad del siglo XX. Esa hegemonía se encuentra ahora amenazada, luego de dos derrotas sucesivas y de la pérdida de la nación y la provincia de Buenos Aires. Pero el resultado no es una novedad: 2017 repite 1985. Ese año, el radicalismo vencía al PJ por segunda vez, luego de arrebatarle el país y la provincia dos años antes. Ahora, como entonces, se especula con el ocaso del peronismo, que perdió el Estado y carece de un liderazgo indiscutido. Se sabe que sorteó la debacle en los ochenta, lo que se desconoce es qué sucederá ahora, cuando tal vez esté recibiendo uno de los mayores desafíos de su historia.

La hipótesis es que ese desafío proviene de la estrategia de fondo de Cambiemos: arrebatarle el voto de la clase baja, quebrando con una propuesta innovadora la adhesión secular de los pobres al peronismo. Si esto fuera así, deberían repensarse ciertas lecturas, que se extienden desde el PO hasta el kirchnerismo tardío. Por cierto, Macri no les saca a los ricos para darles a los pobres, pero tampoco expropia a los pobres para dárselo a los ricos. El modo en que el Gobierno invertirá los fondos que se ahorrará con la discutida reforma jubilatoria, descoloca a más de un populista clásico. El destino de esa plata será el postergado Gran Buenos Aires, donde se halla la aglomeración más grande de pobres del país. En el relato opositor, Cristina se presenta como el justiciero Robin-Hood y caracteriza a Macri como Hood-Robin, su antítesis, sin darse cuenta de que enfrenta a una rara avis, que se parece más a Robin-Robin: le quita a ancianos pobres, que votan poco y no pueden protestar, para dárselo a otros pobres -activos, jóvenes y demandantes- entendiendo que estos, con su apoyo, contribuirán a construir una nueva hegemonía.

Razones sociológicas, antes que políticas, avalan esa estrategia. Rodrigo Zarazaga, reconocido experto en la pobreza del GBA, y Juan Carlos Torre, uno de los más avezados estudiosos del peronismo, las desplegaron con particular lucidez. En una nota publicada en este diario después de las PASO, Zarazaga esboza esta hipótesis: existe una fractura en las bases populares que afecta al voto peronista. En rigor, la escisión sería doble, lo que pone al movimiento peronista ante un abismo: arriba, entre sus dirigentes, y abajo, entre sus votantes tradicionales. La fractura social dibuja dos mundos ajenos y acaso enfrentados: el de los que tienen ocupación formal y un mayor horizonte aspiracional, y los que dependen de trabajos precarios y planes de asistencia. Es la formulación sociológica del crudo comentario que las empleadas domésticas les hacían a sus empleadores durante el kirchnerismo: “En mi barrio, somos dos grupos: los que nos levantamos temprano para ir a trabajar y los que viven de los planes”. Zarazaga afirma que trabajadores formales, que constituyen el núcleo del peronismo, empiezan a ser receptivos “al discurso meritocrático y luminoso de Pro y cometen el «sacrilegio» de votar a Cambiemos”.

El análisis de Torre está en la misma línea, pero avanza a conclusiones políticas. Afirma que la rotura en la base social dio lugar a dos reivindicaciones de distinta naturaleza, que el peronismo no logra conciliar: la de los sindicatos, que ejercen la defensa tradicional del derecho de los trabajadores formales, y la de los movimientos piqueteros, que representan a los informales y sus demandas desesperadas: planes sociales, bolsas de comida y empleos subsidiados. Torre arriesga que al peronismo le estaría llegando tardíamente el efecto que en 2001 se llevó puesto al polo no peronista. En ese trance, duda de que tenga capacidad política para suturar la fractura sociológica de su base, cuando Cambiemos ya sacó un tranco de ventaja.

Tal vez sea prematuro dar por destronado al peronismo, que se recuperó de tantas crisis. Capturar parte de su base electoral ya lo habían conseguido Alfonsín y De la Rúa. El problema es que fueron conquistas efímeras. Macri esgrime otras herramientas: un cambio cultural que su pequeño partido supo captar y aprovechar, lo cual es cierto e innovador. Y la aspiración a una economía racional y estable con política de ingresos, lo que es clásico, incierto y quizá contradictorio. En la Argentina, un país volátil e hiperbólico en pobreza y expectativas, la macroeconomía se lleva mal con la distribución. Hasta ahora esa incongruencia provocó periódicamente crisis severas, que condicionaron los cambios.

En ese contexto habrá que seguir analizando la ambiciosa estrategia de Cambiemos. 2018, que ya empieza, ofrecerá nuevos indicios sobre su factibilidad.

Columna de Eduardo Fidanza. LA NACIÓN, Buenos Aires, 30-12-2017

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