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EL DELANTAL BLANCO MÁS OTROS INGREDIENTES

EL DELANTAL BLANCO MÁS OTROS INGREDIENTES

EL DELANTAL BLANCO MÁS OTROS INGREDIENTES

Lillian Calm escribe: “Se vaticinaba que la distancia alcanzada en el balotaje sería mínima. Que podía llegar a ser Presidente el uno o el otro. Que la contienda estaba perdida tanto para X como para Z. Y ganada, para X y para Z. ¿Qué ocurrió, ya con la perspectiva de los días, para que la diferencia entre un Sebastián Piñera-triunfador y un Alejandro Guillier-derrotado fuera de casi diez puntos y que el perdedor, muy temprano esa tarde, hidalgamente y en un discurso cuya altura nos hubiera gustado oírle durante la campaña, reconociera su fracaso?”.

A pesar de la llegada de un nuevo año, una interrogante sigue rondando en el ambiente como si se tratara de un poderoso dron que sobrevolara nuestra nación en todos sus rincones.

¿Qué pasó?

Ese ¿qué pasó? se refiere por supuesto a los resultados electorales, a pesar de que con el transcurso de los días nos hemos ido acostumbrando a ellos. Pero la pregunta sigue formulándose por moros y cristianos: ¿Qué pasó?

Se vaticinaba que la distancia alcanzada en el balotaje sería mínima. Que podía llegar a ser Presidente el uno o el otro. Que la contienda estaba perdida tanto para X como para Z. Y ganada, para X y para Z. ¿Qué ocurrió, ya con la perspectiva de los días, para que la diferencia entre un Sebastián Piñera-triunfador y un Alejandro Guillier-derrotado fuera de casi diez puntos y que el perdedor, muy temprano esa tarde, hidalgamente y en un discurso cuya altura nos hubiera gustado oírle durante la campaña, reconociera su fracaso?

Expertos de la política barajan muchas razones de fondo y de forma, y no ahondaré en ellas. El mío es solo un pincelazo desordenado de algunas que no pueden quedar en el tintero.

Primero: el candidato oficialista no era bueno. Yo diría que era un mal candidato -para no tener que decir que era un muy mal candidato- que surgió al publicitarse su récord de asistencia a las sesiones del Congreso, asistencia que puede considerarse un verdadero galardón en comparación con la de sus pares. Pero jugó al cuco: le dio por hablar de los bolsillos de los empresarios y hasta enarboló el puño con un “hasta la victoria siempre”, que quiero creer está muy lejos de lo que verdaderamente es él. No así, de sus entonces socios comunistas. Y ello naturalmente llevó, y con fundada razón, a que sus opositores evocaran al Maduro de Venezuela.

Segundo: Guillier y/o su comando eligieron entre sus más directos portaestandartes a personajes que si bien no deben ser tan mayores, se ven como tales, y así aparecían como de otra época, anacrónicos, al polemizar en televisión con contendores muchísimo más jóvenes y actuales. Y no me estoy refiriendo aquí al debate televisivo entre ambos candidatos, porque todos sabemos que esa contienda dejó a un ganador nato.

Tercero: directamente desde La Moneda procedieron una serie de desaciertos que, como una forma de ordenarlos, yo los resumiría también en tres: en el delantal, en la vocera y en doña Ángela.

Con todo respeto no creo que el apoyo explícito de la madre de la Presidenta al candidato Guillier le haya sido favorable. Desgraciadamente solo verla nos recuerda cómo estando exiliada en Australia prefirió volar a la Alemania comunista de Honecker… En fin, preferible no ahondar sobre el tema.

En segundo lugar hay que culpar de la derrota de Guillier al delantal, ese blanco delantal que identifica a los médicos y que singularmente fue utilizado por la mandataria una y otra vez con fines llamémosle extraprogramáticos. Se lo puso para salir a terreno y, para en terreno, reiterar frases subliminales y otras no tan subliminales en pro del candidato Alejandro Guillier y, por supuesto, en desmedro del otro.

En una columna anterior yo recordaba que al parecer fue en la campaña de 2005 cuando Michelle Bachelet, al acompañar a un candidato a diputado, incluso le aconsejó, como ambos eran médicos, ponerse el famoso delantal blanco para hacer campaña política. Existe una filmación de ese momento que fue rápidamente retirada de las redes sociales; no obstante quedan por ahí algunas grabaciones que pude ver.

Hago memoria: está la entonces candidata Michelle Bachelet con el padre del senador Guido Girardi, también médico: Guido Girardi Brière, quien en diciembre de 2005 fue elegido diputado en representación del PPD (período 2006 a 2010).

Se preparan para la filmación. Ella le pregunta a él si llevó delantal. Ante su negativa, Michelle Bachelet se dirige a los productores: “¿Tienen dos delantales?”. Y luego aconseja al candidato: “Yo te sugiero (que te lo pongas) porque en este país (el delantal blanco) sigue siendo grito y plata”.

Aquí no fue grito y plata, si buscaba catapultar a Guillier y sepultar a Piñera utilizando… un delantal blanco.

Y tercer punto, sin duda hay que señalar a la vocera, que agotó, que extenuó, a los chilenos y chilenas (como dice ella y no yo) con sus ataques prácticamente diarios al candidato opositor. El rechazo que ello produjo fue absoluto y se lo deberían haber advertido -porque desde la oposición se lo dijeron- los expertos comunicacionales del segundo piso (si es que realmente los hay que entiendan de comunicaciones).

Pienso llegar hasta aquí, ya que no me compete -en breves líneas- ahondar en los casos Dávalos y Compagnon, Javiera Blanco, Miriam Olate, Sename o, contrariamente, en el decisivo papel que sin lugar a dudas jugó (y en la segunda vuelta) el sólido contingente de apoderados repartidos en las diferentes mesas electorales.

Realmente ello ya ha sido analizado y no me quiero repetir.

Lillian Calm

Periodista

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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