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No me llamen gay

No me llamen gay

No me llamen gay

Hace falta valor para salir del armario ideológico LGTB y proclamar: “No quiero ser llamado gay, porque soy un hombre. Me parece increíble que todavía hoy se use este término: soy biológicamente un varón”. El modisto Stefano Gabbana está harto de ser etiquetado por su inclinación sexual, como si eso le definiera como persona, y en declaraciones al Corriere della Sera explica por qué ha decidido abandonar esa identificación.

El estilista de Milán afirma que “antes que gay, hetero o bisex somos seres humanos”, y por eso quiere “ayudar a difundir una nueva cultura, no basada en los derechos de los gais, sino en los derechos humanos”. Hasta ha diseñado una camiseta con la inscripción: “I am a man, I am not a gay”. A este paso no tardarán en calificarle de “homófobo”, y hasta es posible que la policía de alguna ciudad le detenga por favorecer el “discurso del odio”.

Pero Stefano Gabbana se siente un hombre libre que no quiere vivir en un gueto: “Clasificar solo crea problemas: cine gay, local gay, cultura gay… ¿Pero de qué estamos hablando? El cine, los libros, la cultura son de todos, aunque comprendo que los lobbies nacen cuando se siente la necesidad de protegerse de un clima envenenado”. Él mismo confiesa que tiempo atrás experimentó este rechazo, pero ahora piensa que no necesita la protección de asociaciones gais: “Las siglas sirven a menudo para defenderse, pero yo no quiero ser protegido por nadie, porque no he hecho nada malo. Soy sencillamente un hombre”.

Esta postura se aparta del discurso victimista oficial del complejo LGTB, que se presenta como portavoz único de un colectivo todavía marginado, que no podría avanzar sin su paraguas protector.

Ya en 2015, los estilistas Stefano Gabbana y Domenico Dolce, unidos como pareja durante veinte años antes de separarse, lanzaron una andanada contra lo políticamente correcto. Entonces declararon que en cuanto a los modelos de familia, estaban a favor del diseño tradicional: “Si hay algo que no debe cambiar es la familia”, la familia de padre y madre. “No es cuestión de religión o estado social, no hay vuelta de hoja: tú naces y hay un padre y una madre”. De ahí que tampoco estuvieran a favor de lo que llamaban “hijos de la química”, obtenidos a través de úteros de alquiler y con gametos elegidos en catálogo.

Su postura irritó a las caras visibles de las asociaciones LGTB, que reivindican en Italia el derecho al matrimonio de los homosexuales y a la adopción y la maternidad subrogada. Hoy recuerda que entonces muchos defensores de la diversidad no aceptaron que ellos tuvieran su propia opinión: “Webs que se ocupaban de defender los derechos de los homosexuales fueron las primeros en decirnos: ‘dais pena’. También por eso estoy contra los lobbies”.

Pero, en aras de la tan invocada diversidad, habría que reconocer que también la hay entre los homosexuales. Stefano Gabbana da la impresión de ser uno de esos numerosos homosexuales que no se identifican con una militancia activista y que no se sienten particularmente orgullosos del desfile del Gay Pride.

Más allá de la elección personal, la postura de Gabbana rompe con esa identificación apresurada entre los homosexuales y el movimiento gay. Una persona homosexual puede tener una orientación sexual asumida con más o menos tensión, sin resentimiento ni una particular actitud reivindicativa. Pero no se siente definida por sus elecciones sexuales, sino por sus compromisos profesionales y sociales, por lo que piensa y le mueve en la vida. Así, Stefano Gabbana se ve como un hombre, que es modisto, no como un gay. Estas personas saben que sería incoherente con su tendencia sexual pretender contraer matrimonio o adoptar o encargar niños, porque el mejor interés del niño es tener un padre y una madre.

Ser gay tiene otra connotación. Es entrar en un estilo de vida particular. Es moverse en determinados ambientes. Es adoptar una postura reivindicativa, exigiendo una protección especial frente a la supuesta discriminación. Es afirmar el valor de una identidad colectiva, descalificando como “homófobo” a todo el que exprese alguna crítica a tus pretensiones. Es poner la bandera arco iris en todo terreno.

Paradójicamente, se da la misma distorsión social que antes, pero a la inversa. Antes, cuando se miraba con desconfianza o rechazo a cualquiera que fuera homosexual, se perdía de vista todo lo demás que podía definirle y valorarle. Ahora, la etiqueta de gay basta para caracterizar de un modo positivo al que se la pone. Antes se murmuraba de los homosexuales; ahora se los jalea y aplaude cuando salen a la luz pública. Pero nada de eso favorece ver a la persona, que queda eclipsada bajo una siglas.

Stefano Gabbana, que se confiesa católico, puede entender bien la actitud de la Iglesia católica expresada en un documento que dedicó ya en 1986 a “la atención pastoral a las personas homosexuales”, cuando Ratzinger estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Allí se decía que “la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva solo a su orientación sexual. Cualquier persona que viva sobre la faz de la tierra tiene problemas y dificultades personales, pero también tiene oportunidades de crecimiento, recursos, talentos y dones propios”. Por eso la Iglesia “rechaza que se considere a la persona puramente como un ‘heterosexual’ o un ‘homosexual’”, y subraya que “todos tienen la misma identidad fundamental: el ser creatura y, por gracia hijo de Dios, heredero de la vida eterna”.

Este enfoque, que ve a la persona que es homosexual en todas sus dimensiones, ofrece una visión mucho más digna que las que lo reducen a la etiqueta de gay. Quizá la rebeldía de Stefano Gabbana y de otros como él puede ayudar a cambiar el estereotipado discurso LGTB, que es ya una moda desvaída.

Ignacio Aréchaga. ACEPRENSA, 26-12-2017

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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