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EL INDULTADO FUJIMORI

EL INDULTADO FUJIMORI

EL INDULTADO FUJIMORI

Lillian Calm escribe: “No pude dejar de recordar que a través de las declaraciones que me hizo el ex Presidente Alberto Fujimori llegué a deducir sin mayor análisis que Kenji era lejos el preferido entre todos sus hijos. Esa cara nipona que no dejaba traslucir emociones se transformaba cuando hablaba de Kenji, el regalón (o el engreído, como dicen en Perú). Suele haber siempre, detrás de grandes hechos, una petite histoire”.

Sin duda el Presidente que más he entrevistado en mi carrera periodística ha sido Alberto Fujimori. La primera vez fue sencillamente un golpe de suerte. Los sondeos daban como seguro ganador (¡siempre los inefables sondeos!) al hoy Nobel Mario Vargas Llosa, pero los taxistas decían otra cosa. Mientras me desplazaba por Lima me confesaban una y otra vez: “Yo voy a votar por el ‘chinito’”.

De “chinito” no tiene nada porque es de ascendencia japonesa, pero dado sus rasgos orientales con el apodo de “chinito” se convirtió en Presidente en una noche electoral en que prácticamente todos los periodistas  perseguían a Vargas Llosa. Yo perseguí al “chinito” y así fue como un Fujimori locuaz ante el triunfo me habló hasta de su luna de miel en Chile.

Luego lo entrevisté en una visita que hizo a Santiago, ya Presidente. Se alojaba en uno de los últimos pisos, sino el último, del hotel Carrera, hoy la Cancillería chilena.

Y la tercera y última vez me recibió en el despacho presidencial del Palacio Pizarro, en otro viaje que hice al Perú.

Recordemos que tras su década en el poder (desde 1990 hasta el año 2000) se autoexilió en Japón, a lo que siguió un inesperado aterrizaje en Chile desde donde finalmente fue extraditado al Perú.

Durante años se especulaba si Alberto Fujimori, en la cárcel por infinidad de cargos, sería indultado por otra infinidad de males que aquejan de una u otra forma su salud y, más aún, cuando le faltan solo meses para cumplir los ochenta años.

Pero la verdad es que cuando se dio la noticia del indulto, esta sorprendió. Ni siquiera alcanzó a salir en los diarios de papel del día siguiente a la Nochebuena. Sin embargo las páginas digitales informaron que el actual mandatario peruano le había concedido el indulto por razones humanitarias, tras una junta médica que recomendó su liberación. Un comunicado de la Presidencia precisó que “el señor Fujimori padece de una enfermedad progresiva, degenerativa e incurable”.

Al menos a mí me extraña que a ancianos enfermos se los mantenga entre rejas. Y lo digo por humanidad. No me gusta utilizar ese término “derechos humanos” porque considero que los que lo enarbolan -no precisamente todos los que los respetan- lo tienen bastante viciado.

El tema fue el “cuando”, ya que mucho se ha sostenido que la decisión no fue de PPK o de Pedro Pablo Kuczynski, el Presidente del Perú, sino que el hacedor sería el hijo del indultado, Kenji Fujimori, congresista que obtuvo la primera mayoría en las últimas elecciones. Él habría liderado a una decena de parlamentarios que se abstuvieron-fue un cálculo prácticamente matemático, señalan- para que en el Congreso se salvara a PPK que, acusado de estar vinculado con el escándalo de la constructora Odebrecht, estuvo por las cuerdas. Se buscaba destituirlo por “incapacidad moral” y declarar la vacancia presidencial.

¿Hubo negociaciones? Lo cierto es que a las pocas horas de la salvada presidencial, el padre de Kenji era indultado.

No pude dejar de recordar que a través de las declaraciones que me hizo el ex Presidente Alberto Fujimori llegué a deducir sin mayor análisis que Kenji era lejos el preferido entre todos sus hijos. Esa cara nipona que no dejaba traslucir emociones se transformaba cuando hablaba de Kenji, el regalón (o el engreído, como dicen en Perú). Suele haber siempre, detrás de grandes hechos, una petite histoire.

Reconozco que en mis largas entrevistas con él había algo de surrealismo que habría estado ausente si hubiera tenido al frente a un mandatario latinoamericano sin ancestros orientales. Vuelvo sobre preguntas y respuestas:

-Usted me confidenció en una entrevista que había llegado a tener tres mil rosales cultivados con sus propias manos. ¿En qué están hoy día sus rosas?

-En Palacio de vez en cuando también tengo oportunidad de distraerme en la floricultura, pues hay aquí diversas plantas ornamentales entre ellas rosas.

-¿Y es usted, el Presidente en persona, quien hoy cultiva esos rosales?

-Sí. Los he cultivado y podado personalmente y puedo afirmar que su calidad ha mejorado en forma notoria. Con el simple manejo de la poda he llegado a tener hermosas rosas aquí en Palacio.

-Pero usted se distrae más que nada con la pesca…

-…es mi hijo Kenji quien me induce a salir a pescar. ¡Y lo gracioso es que él consume el pescado casi vivito! (…) Crudito. Sin limón siquiera.

-¿Usted siente miedo, a veces?

-No. En ningún momento.

-¿Y miedo a la muerte?

-Tampoco.

Por supuesto hubo también en esos encuentros con el ex Presidente Alberto Fujimori preguntas y respuestas nada de personales ni tampoco de orientales, pero sí de contenido político y bilateral. Pero ésas ya han quedado atrás.

Lillian Calm

Periodista

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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