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UNAS PÁGINAS PARA ESTOS DÍAS

UNAS PÁGINAS PARA ESTOS DÍAS

UNAS PÁGINAS PARA ESTOS DÍAS

 

Lillian Calm escribe: “´¿Qué cristianos se apresuran hoy  cuando se trata de las cosas de Dios? Si algo merece prisa -tal vez esto quiere decirnos también tácitamente el evangelista- son precisamente las cosas de Dios’. Con esa frase, al menos yo, ya me siento interpelada”.

 

 

 Hay un libro que suelo reabrir en este tiempo. Más bien vuelvo a hurgar en sus páginas año a año, desde que fue publicado en castellano en 2012 y también en un mes de diciembre. Es parte de una trilogía y se titula “La infancia de Jesús”. Su autor, por ser quien es, aparece con sus dos nombres, ninguno de los cuales es seudónimo: Joseph Ratzinger y Benedicto XVI.

En este tiempo litúrgico pre Navidad, es decir en el Adviento, estas páginas interpelan. Tras narrar, con Lucas, que los pastores “fueron corriendo” a Belén, y de modo análogo que tras la Anunciación la Virgen María fue “de prisa” a ver a su prima Isabel, Benedicto pregunta:

 “¿Qué cristianos se apresuran hoy  cuando se trata de las cosas de Dios? Si algo merece prisa -tal vez esto quiere decirnos también tácitamente el evangelista- son precisamente las cosas de Dios”.

Con esa frase, al menos yo, ya me siento interpelada.

Y me detengo al azar en otro punto de este brevísimo libro de poco más de cien páginas, concretamente en una interrogante que, a la vez, es subtítulo: “¿Quiénes eran los ‘magos’?”.

Agrego otra pregunta: ¿Y la estrella?

Explica Joseph Ratzinger tras diferentes consideraciones:

“Al entrar en el mundo pagano, la fe cristiana debía volver a abordar la cuestión de las divinidades astrales. Por eso Pablo (san Pablo, claro está) insiste con vehemencia en sus cartas desde la cautividad a los Efesios y a los Colonenses que Cristo resucitado ha vencido a todo principado y poder del aire y domina a todo el universo”.

(Sin duda una reflexión profunda y a la vez maravillosa).

Y continúa: “También el relato de la estrella de los Magos está en esta línea: no es la estrella la que determina el destino del Niño, sino el Niño quien guía a la estrella. Si se quiere puede hablar de una especie de punto de inflexión antropológico: el hombre asumido por Dios -como se manifiesta aquí en el hijo unigénito- es más grande que todos los poderes del mundo material y vale más que el universo entero”.

El Papa emérito se detiene a avalar o a refutar teológica y académicamente, según sea el caso, a diversos autores, pero aquellos párrafos dedicados a Jesús niño, a la Virgen y a san José, a los Magos y a la Estrella son merecedores  de leerse y releerse antes de cada Navidad.

Y más aún de esta que es muy especial. Es la Navidad que estamos viviendo antes de ese otro Adviento, de ese antes de la venida del Papa Francisco, el sucesor inmediato del autor de este libro en el pontificado y, más que eso, el Vicario de Cristo.

¿A qué viene?  Nada menos que a vernos a nuestro país.

Por mi parte no tengo nada más que decir, salvo rogar por una feliz Navidad para todos los lectores de Temas y Noticias. Y, también, para sus no lectores.

Lillian Calm

Periodista

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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