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UN HIJO DE LA TELEVISIÓN

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Lillian Calm escribe: “…no entiende tampoco de economía, menos de negocios: sí mucho de televisión. Ello hasta el punto que en algunas críticas literarias publicadas sobre esta novela breve se ha llegado a definir al protagonista como “un hijo de la televisión”.

 

Curiosamente sus palabras, solo sus palabras, le van pareciendo a muchos de sus  equivocados oyentes, como si fueran las del hombre que necesitan”.

Leí el libro pero no vi la película. Sin embargo, al correr de los últimos días, y desde Chile, he llegado a tener incluso la sensación de haber visto, o estar viendo, ese filme cuyo protagonista no tiene idea de política, menos aún de gobierno y gobernanza (este último, término relativamente nuevo),  pero sin embargo está a punto de ser catapultado como primera figura de su país.

Es el caso de Chancy o Chauncey Gardiner.

Quizás me haya decidido por este tema por mera casualidad… Aunque tal vez no. Hay motivaciones del “yo” oculto difíciles de conocer.

“Desde el jardín” es una novela breve escrita por el autor polaco-norteamericano (o norteamericano-polaco, porque si bien nació en Polonia escribió en inglés) Jerzy Kosinski. Se publicó en 1971 cuando en Chile vivíamos el primer año de la Unidad Popular.

El protagonista conoce el mundo exterior solo a través de la televisión y, como también hace de jardinero, sus respuestas se centran en flores, plantas y estaciones del año, lo que es interpretado por sus interlocutores como un análisis profundo de los  sucesos más trascendentales. Pero las suyas son ideas sin fondo y su hablar tampoco tiene fondo, aunque parezca que hace sentido.

Ejemplo: “En todo jardín hay una época de crecimiento. Existen la primavera y el verano, pero también el otoño y el invierno, a los que suceden nuevamente la primavera y el otoño. Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien”.

Y a lo anterior comenta uno de sus ingenuos interlocutores: “Debo reconocer que hace mucho, mucho tiempo que no escucho una observación tan alentadora y optimista como la que acaba de hacer (¡!)”.

Ante la pregunta de si el Gobierno puede estimular el crecimiento económico con ciertos incentivos, Chauncey no duda en responder que mientras las raíces no estén dañadas, hay buenos pronósticos… porque el crecimiento depende de las estaciones y en la primavera todo crece.

Porque Chancy o Chauncey no entiende tampoco de economía, menos de negocios: sí mucho de televisión. Ello hasta el punto que en algunas críticas literarias publicadas sobre esta novela breve se ha llegado a definir al protagonista como “un hijo de la televisión”.

Curiosamente sus palabras, solo sus palabras, le van pareciendo a muchos de sus  equivocados oyentes, como si fueran las del hombre que necesitan.

Incluso un personaje avezado en política llega a considerar: “Creo, caballeros, que si queremos mantenernos en la Presidencia… nuestra única oportunidad es Chauncey Gardiner”. A mí me parece que la trayectoria del protagonista no obedece sino a un mero golpe de suerte. A nada más.

Y una reiteración final: no sé realmente el porqué he centrado esta columna en Chauncy Gardiner en el Chile de estos días. Aunque quizás sí lo sé.

Lillian Calm

Periodista

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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