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Suburbicon

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diciembre 14

En su segunda película como director, Buenas noches y buena suerte, George Clooney se centró en un episodio de los años cincuenta: el enfrentamiento entre un célebre periodista televisivo y el senador McCarthy. Ahora, en su sexto trabajo como realizador, Clooney vuelve a esa década, para dedicarle una mirada crítica.

 

La ciudad (ficticia) de nueva planta Suburbicon se presenta como un lugar idílico; pero el filme homónimo muestra que bajo las relucientes apariencias se esconden miserias. Por un lado, las que atañen a la familia del pequeño Nicky, que será asaltada por unos desaprensivos. Nicky verá cómo su tía Margaret toma el puesto de su hermana gemela al lado de su padre. A esta trama, desarrollada en un guion de Joel y Ethan Coen hace más de dos decenios, George Clooney y el productor Grant Heslov añaden una subtrama centrada en los ataques racistas de los habitantes de Suburbicon contra los Meyers, la primera familia de color que se instala en la ciudad.

Sin embargo, Clooney no acaba de engranar entre sí los dos argumentos, que más bien discurren sin nexo de unión. Aunque la película parece adoptar la perspectiva de Nicky, no lo hace de modo coherente. En el lado positivo se aprecia un diseño de producción muy cuidado, así como las notables actuaciones de los actores: desde Matt Damon y Julianne Moore hasta Oscar Isaac, que a pesar de tener un papel breve, queda en el recuerdo del espectador. A medida que avanza el filme se hace cada vez más visible el influjo de los hermanos Coen, quienes desde Fargo han demostrado una tendencia hacia lo macabro, hacia una cierta violencia esperpéntica debida a criminales torpes. Cuando están por medio las pasiones, y en particular la avaricia, el crimen “perfecto” está abocado al desastre.

José M. García Pelegrín. ACEPRENSA

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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