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Star Wars- Los Últimos Jedi: Ni nace lo nuevo ni muere lo viejo

Star Wars- Los Últimos Jedi: Ni nace lo nuevo ni muere lo viejo

Star Wars- Los Últimos Jedi: Ni nace lo nuevo ni muere lo viejo
diciembre 14

El director Rian Johnson se muestra tan escrupulosamente fiel a los códigos de la saga en Star Wars: Los últimos Jedi que más bien parece un niño jugando con una milenaria vajilla china de porcelana que está muy asustado de romper.

 

Desde siempre Hollywood se mueve en una tensión compleja de la que a veces sale lo mejor, a veces lo peor y otras, muchas, ni una cosa ni la otra. De esa tensión surge una película como esta octava parte de Star Wars, titulada también Los últimos Jedi, en la que la maquinaria estadounidense se ve, quizá más que nunca, entre la espada y la pared. Por una parte, en sus manos está una franquicia archimillonaria que genera muchísimo dinero, no solo en la venta de entradas, también en todo lo que la rodea, desde las figuritas articuladas hasta los menús infantiles de hamburguesería, en una cadena de valor industrial en la que la película es casi lo de menos.

En cualquier caso, lo que está claro es que la propia película no puede fallar, porque si falla, se cae todo el montaje y no conviene tomar riesgos. Al mismo tiempo, una nueva generación, que estaba muy lejos de haber nacido en esos años 70 que dieron a luz las películas originales, reclama una saga galáctica que cumpla sus expectativas. Con lo cual se trata de dar más de lo mismo sin subvertir una fórmula mágica que parece inagotable, pero también de hacer que parezca nuevo. O por lo menos, un poco nuevo.

Y el resultado de esa jugada es una película como ésta, en la que el director Rian Johnson se muestra tan escrupulosamente fiel a los códigos de la saga que más bien parece un niño jugando con una milenaria vajilla china de porcelana que está muy asustado de romper. Los últimos Jedi reivindica el espíritu más gozoso y liviano de la saga convirtiéndose en un filme de aventuras puro y duro, lo cual podría ser una decisión sabia, pero Johnson se pasa de frenada y entre esa excesiva lealtad, el miedo a equivocarse y que, probablemente, los tiempos sean más revueltos que nunca por lo que se trata de quitar carga política a la trama (¿quiénes son esos de la “resistencia”, unos rojos, terroristas o qué pasa?), le queda una película tan distraída de ver como a la postre hueca.

Hay un poco para todos los públicos. Para los nostálgicos, reaparece un resucitado Mark Hamil, sí, Luke Skywalker, viejo, claro está, con la misión de contarle los secretos de la fuerza a su sucesora, Rey (Daisey Ridley), en una función en la que la princesa Leia (la llorada Carrie Fisher) sigue siendo jefe de los rebeldes y donde el malo está interpretado por Adam Driver, como morboso nuevo Darth Vader. Y a todas estas la película cuenta lo de siempre, esta vez con un tono más agónico y apocalíptico, anunciando la traca final de esa novena parte en la que se supone que se llegará a algún tipo de conclusión.

Demasiado medida y por momentos en exceso previsible, Los últimos Jedi no es del todo ajena a la magia de una franquicia que contiene parte de lo mejor de la cultura popular, pero también renuncia a tomar partido y tener voluntad de influir en un momento en el que el público también busca respuestas en sus iconos culturales. Más Indiana Jones que Star Wars, y lejos del espíritu oscuro que impregnaba la superior El despertar de la fuerza, de J. J. Abrams hace un par de años, Los últimos Jedi por momentos desfallece en su empeño de contentar a los niños e intrigar a sus padres con una suerte de atracción fatal entre el bien y el mal encarnados por sus dos jóvenes protagonistas a los que, como a toda la película, les falta garra.

@juansarda

EL CULTURAL, España, 13-12-2017

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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